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Primeras epístolas Primeras epístolas
De Sócrates a Justine
Londres, 4 de enero de 1929. Querida Justine, ¡Qué alegría tu última carta! Me gusta saber que todo va bien por los Estados Unidos y que tus, ¡ya quince!, años de vida matrimonial con el Sr. Wilkes no han disminuido tu amor por él (¡ni tu joven apetito sexual!), sino todo lo contrario. ¡Felicidades! Estoy enterado, también, del éxito de tu segundo libro que, hace poco, llegó aquí. Evidentemente, ya tengo mi ejemplar y no puedo esperar a encontrar el momento para sentarme a leerlo. En serio, tu carta ha sido como un soplo de aire fresco en mi vida, pues no sabes lo sólo que me siento últimamente. A menudo, paseo por los parques donde solíamos reunirnos los del círculo: los gritos y las risas, los bailes y los juegos, los planes, las fiestas... todo se lo llevó el viento. No queda nada. Sólo el feliz recuerdo que, día a día, se hace más tenue. Saber de ti, y de las demás, evoca la memoria de esos tiempos felices y la nostalgia se apodera de mi. Lo cierto es que me hago viejo... y estoy sólo. Adam, mi último amante, me ha dejado. ¡Nunca tuve tu vista para los hombres! Ha sido un duro golpe, que he ido asimilando poco a poco, pero me he dado cuenta de algo: ya no tengo la edad que tenía cuando nos conocimos. Es hora de que pase pagina y dé por terminada esa alocada época, ¿no crees? Quiero encontrar a un hombre con quien pasar apaciblemente el resto de mis días, como tú. ¡Sólo espero que no sea demasiado tarde! Te deseo todo lo mejor, querida, Sócrates.
De Justine a Sócrates
Filadelfia, 26 de marzo de 1929. ¡Querido Sócrates!, Muchas veces nos reunimos, confirmando el antiguo proverbio, unos cuantos, próximamente de la misma edad; y entonces la mayor parte de los reunidos se lamentan echando de menos y recordando los placeres juveniles del amor, de la bebida y los banquetes y otras cosas tocantes a esto, y se afligen como si hubieran perdido grandes bienes y como si entonces hubieran vivido bien y ahora ni siquiera viviesen. Algunos se duelen también de los ultrajes que su vejez recibe de sus mismos allegados, y sobre ello se extienden en la cantinela de los males que aquélla les causa. Y a mi me parece, Sócrates, que éstos inculpan a lo que no es culpable; porque si esa fuera la causa, yo hubiera sufrido con la vejez lo mismo que ellos, y no menos todos los demás que han llegado a tal edad. Pero lo cierto es que he encontrado a muchos que no se hallan de tal temple; en una ocasión estaba junto a E.A. Robinson, el poeta, cuando alguien le preguntó: “¿Qué tal andas, Edwin, con respecto al amor? ¿Eres capaz todavía de estar con una mujer?” Y él repuso: “No me hables, buen hombre; me he librado de él con la mayor satisfacción, como quien escapa de un amo furioso y salvaje” Entonces me pareció que había hablado bien, y no me lo parece menos ahora; porque, en efecto, con la vejez se produce una gran paz y libertad, en lo que respeta a tales cosas. Cuando afloja y remite la tensión de los deseos, ocurre exactamente lo mismo que Robinson decía: que nos libramos de muchos y furiosos tiranos. Pero tanto de estas quejas cuanto de las que se refieren a los allegados, no hay más que una causa, y no es, Sócrates, la vejez, sino el carácter de los hombres; pues para los cuerdos y bien humorados, la vejez no es de gran pesadumbre, y al que no lo es, no ya la vejez, ¡oh Sócrates!, sino la juventud le resulta enojosa.[1] No desesperes pues, querido amigo, encontrarás el hombre que mereces, como yo he encontrado al mío. Atentamente, Justine -------------------------------------------- [1] Platón, República, III, 329, a,b,c y d.
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