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Filosofía de la mente | Metafísica | Ética | Estética Ética
Las distintas teorías éticas, que se han dado a lo largo de la historia, resultan defectuosas a la hora de abordar cuestiones de especial importancia para la vida cuotidiana de la mujer. Gracias a la filosofía femenina, esta laguna ha ido menguando y, por fin, encontramos directrices para nuestra acción.
La mujer virtuosa, por Alejandra Mit
Si en el fondo del carácter se halla, ante todo, el temperamento, apenas uno se eleva sobre este primer factor más físico y generalmente transmitido por herencia, se encuentra como base del carácter la conciencia moral, y, en consecuencia, las cualidades espirituales que de ella se derivan. Estas cualidades, a su vez auténticas bases del carácter, son múltiples y de índole e importancia diversa. Si se quisieran condensar, por ejemplo, en una docena solamente y formar con ellas a una mujer de carácter ideal , podrían enumerarse del siguiente modo: I.ª Piedad. Basta recordar el primer mandamiento de la Ley de Dios. Un espíritu sinceramente cristiano que cumpla al pie de la letra el precepto de “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”, ¿para qué necesita más? Pero no siempre se está debidamente penetrado de este espíritu. 2.ª Bondad. Algo que todos sabemos lo que es y que suele definirse como “inclinación natural a hacer el bien”. Es el mejor adorno de una mujer, y a la que plenamente la posee, lo demás se le suele dar de añadidura. 3.ª Abnegación. Se deriva, naturalmente, de la anterior, y su esencia es el espíritu de sacrificio para el bien del prójimo; la ausencia absoluta de egoísmo... 4.ª Generosidad. Emparentada asimismo con las anteriores, esta cualidad halla su premio en el placer de dar que goza quien la posee. Y no sólo se refiere a los bienes materiales; se puede ser generoso de tiempo, de compañía, de saber, del propio cuidado por el bien de los demás... 5.ª Voluntad. Precísese esta cualidad para hacer efectivas las otras. Un carácter sin voluntad es “pluma al viento”, imagen que suele emplearse en relación con las mujeres que un aire trae y otro lleva. Ahora bien; no debe confundirse jamás voluntad con terquedad. Hay que emplear siempre la voluntad en buenas causas: voluntad para el bien, voluntad para el estudio y el trabajo, voluntad para el perfeccionamiento, etc. 6.ª Firmeza. Es hermana gemela de la anterior y su mejor servidora. La sigue y la afianza. Sin firmeza, el carácter se blandea y se relaja. Sin firmeza se pierden en el vacío los mejores propósitos. Es hermosa, sin duda, la firmeza en las buenas decisiones, como la firmeza en la amistad, la firmeza en el amor... 7.ª Sinceridad. Es importantísima entre las bases del carácter y factor primordial en el conjunto de la personalidad. En un carácter falso, fingido o, simplemente, artificioso, se esfuman y malogran todas las otras buenas cualidades. Las que antes se indicaron: piedad, bondad, abnegación, carecen de valor y eficacia cuando no son sinceras, cuando no son la virtud en sí, sino únicamente su apariencia. En cuanto a la personalidad, no es tal si no es autentica. 8.ª Comprensión, ductilidad. La voluntad puede ayudar a comprender a los demás: su carácter, sus móviles y sus reacciones. La comprensión impide ser intransigentes, intolerantes y quién sabe si crueles. Y otro tanto puede decirse de la ductilidad, que con ella se hermana. Una mujer precisa ser dúctil, pues nunca “ha de ser sola” ni en las decisiones ni en la forma de vida, si tiene padres, marido, hijos con quienes convivir. Es la ductilidad de la mujer la que, en muchas ocasiones, salva, no ya una situación difícil, sino un hogar amenazado. Cosa curiosa: la ductilidad no es enemiga de la firmeza, sino todo lo contrario. 9.ª Delicadeza. Puede ser innata o adquirida, pero también es indispensable como una de las bases del carácter. La más profunda tiene, claro está, su raíz en la bondad, que instintivamente lleva a evitar disgustos, malos ratos y molestias a los demás; pero, aún así... ¡cuántos buenos deseos, cuántas loables intenciones se malogran por poca delicadeza, brusquedad, falta de tacto! I0.ª Confianza, alegría. En principio tal vez no parezca demasiado importante, pero lo es ¡y hasta qué punto! Tampoco, a primera vista, dijérase que estos dos factores del carácter sean indispensables, ni que hayan, por lo tanto, de ir juntos. Lo son, a no dudar, pues la primera condición para estar alegre es tener confianza en uno mismo, en los demás, en la Vida... con mayúscula. De la desconfianza en uno mismo se originan los complejos de inferioridad tan nefastos para las mujeres; la desconfianza en los demás; los temores y recelos, que pueden amargar toda convivencia; la desconfianza en la Vida, las angustias y desesperaciones. (En este último aspecto es salvadora, claro está, la virtud teologal de la Esperanza.) Confiemos y la alegría se nos dará de añadidura. II.ª Serenidad, equilibrio. Es hermana gemela de la anterior... o quizá nace de ella. Es la corona del buen carácter, o, tal vez, el resorte que permite actuar debida, oportunamente, a todas las otras “mayores” cualidades. En sí misma la serenidad de carácter no suele ser innata: es más bien fruto de la educación y las experiencias vividas. Así, muy rara vez, la serenidad – y el equilibrio que de ella se desprende- son atributos de la primera juventud; corresponden por derecho propio a la madurez, a la que suman belleza y atractivo. Mujeres hay, no obstante – y hombres también, es claro-, que con los años, dejándose dominar por las contrariedades, la enfermedad, los nervios, pierden la poca serenidad y el escaso equilibrio que poseían... Es lástima; toda mujer mayor de treinta años debiera ingresar en la “escuela de la serenidad”... aunque no fuese más que por coquetería. I2.ª Amor. Es algo que lo resume todo. Ya se ha indicado cómo, en su aspecto más sublime, lo condensa en el Decálogo la Palabra Divina.”
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