Justine Sisan nació, en el
seno de una familia adinerada y tradicional del centro de Filadelfia, en enero
de 1890. Su padre, alto cargo político, le procuró los mejores tutores del
Estado, recibiendo, así, una envidiable formación humanística. Por otra parte,
su madre, que fue su mayor fuente de inspiración, junto con su marido, la
instruyó personalmente en los nobles y severos deberes y tareas de la mujer, así
como en las normas de protocolo.
Al cumplir 18 años, Justine
ingresó en el Watford Women College, una prestigiosa escuela
superior, en las afueras de Londres, lugar de procedencia de su madre y donde
residían aún sus abuelos maternos. Dedicó tres años al estudio de la literatura
francesa, antes de diplomarse, y regresó a Filadelfia, tras un año sabático.
Durante estos años, y a
pesar de estar internada en el colegio, se permitía a Justine ir a Londres los
fines de semana para visitar a sus abuelos. Allí, entró en contacto con un grupo
de jóvenes sufragistas que la introdujeron en este movimiento feminista que
luchaba por la liberación de la mujer.
Justine ingresó en este grupo, autodenominado “Sister Suffragette”, cuyo lema
era: “Though we adore men individually, we agree that as a group they're
rather stupid”. Pronto se convirtió en un
destacado miembro e, incluso, redactó el primer y célebre manifiesto de la
asociación:
“(…)From
every corner of the land womankind arise!
Political equality and equal rights with men
Take heart for Mrs. Pankhurst has been clapped in irons again
No more the meek and mild subservience we
We're fighting for our rights militantly!(...)”.
Sin embargo, este grupo era
mucho más conocido por sus salvajes y desenfrenadas fiestas y orgías en las que
Justine participó, al menos, los dos últimos años de su estancia en Londres.
Fueron unos tiempos de desenfreno sexual, donde abundaban las drogas más
variopintas y litros de alcohol.
Al volver a Filadelfia,
Justine retomó el recto y duro ritmo de vida al que su familia y deberes la
sometían. De este círculo londinense, sólo conservó sus ansias revolucionarias
y el contacto con uno de sus miembros más alocados, Sócrates, su amigo gay, con
el que mantuvo correspondencia a lo largo de su vida, y cuyas cartas
constituyen, hoy en día, un documento sin precio.
Dos años después de su
regreso, a los 24 años, Justine contrajo matrimonio con un amigo de la familia,
Ashley Wilkes, que tenía 30 años y que, siguiendo los pasos del padre de Justine,
llegaría a Senador. Este hombre compartía las alocadas ideas de su mujer y la
animó a seguir estudiando y a escribir sus teorías. Otras fuentes sugieren que
Ashley Wilkes no podía oponerse a las excentricidades de su mujer pues ésta lo
engatusaba con su delicioso pastel de zanahorias, receta secreta que Justine
había heredado de su querida madre.
Justine publicó su primer
ensayo en 1917, Illiterates eat apples, que abrió una terrible polémica y
que fue objeto de numerosas críticas por parte de los sectores más
conservadores. Sin embargo, la fama que consiguió esta obra, de éxito
indiscutible, permitió a Justine continuar con su lucha y reivindicaciones
abriéndose, cada vez más, a un público más numeroso. Así, aparecieron en
distintas revistas, varios artículos, no menos polémicos, y otras obras
consideradas menores. No fue hasta 1928 que apareció la primera edición
de su más completo y complejo ensayo, Cogito ego masclinum. En él, se
revisaba toda la historia de la filosofía y se proponía un modelo alternativo,
que constituiría las bases del pensamiento femenino, incorrectamente denomido
“filosofía feminista”.
Estos fueron los años más
productivos y activistas de su vida, y a los que debemos su obra. Poco después
de la publicación de este último ensayo, el marido de Justine cayó enfermo y la
pareja se retiró a una apacible localidad de Virginia. Allí, Ashley Wilkes,
apartado de la actividad política, y Justine, dedicada enteramente a su deber de
devota esposa, vivieron, entre médicos, los últimos años de éste. Wilkes murió
en 1934 y Justine nunca pudo soportar su pérdida. Nueve meses después, de los
que prácticamente nada se sabe de ella, decidió poner fin a su vida cortándose
las venas. La madre de Justine, única persona a la que ésta permitía visitas, la
encontró en la bañera y, misteriosamente, había, en la cocina, un pastel de
zanahorias recién horneado.