Illiterates eat apples | Cogito ego masculinum

Illiterates eat apples

 

 

Illiterates eat apples es la obra con la que Justine Sisan se dio a conocer, a la temprana edad de 27 años, y que la convirtió, para siempre, en un icono de la lucha feminista. Este polémico ensayo, publicado en 1917, tiene una clara, y hasta descarada, intención provocadora, que no pasó desapercibida. Su revolucionario escrito fue fuertemente criticado por los sectores más conservadores y evidentemente, mal recibido por parte del género masculino. Sin embargo, éstos no lograron evitar que Illiterates eat apples se convirtiera en la Biblia del movimiento feminista, y que sus tesis fueran asumidas por la gran mayoría de las mujeres americanas de la época.

Al margen de la polémica suscitada por el apasionado y, frecuentemente, radical estilo sisaniano, Illiterates eat apples supone un punto de inflexión en la historia de la filosofía: por primera vez, la obra de una mujer es estudiada y contestada, generando un acalorado debate, todavía por clausurar.

Illiterates eat apples es, según la misma Justine Sisan, una “necesaria relectura de la Biblia, desde el punto de vista de la mujer”. Así, la autora, centrándose en el Génesis, argumenta la superioridad natural (y divina) de la mujer, y denuncia a los hombres, quienes habían conquistado, con su fuerza, el terreno cultural, por la manipulación que, en su provecho, habían hecho del Texto Sagrado. Sin embargo, Justine achaca esta trasgiversación, no a una mente calculadora, y hasta maquiavélica –pues esto atribuiría a los hombres cierta inteligencia-, sino a un mero analfabetismo (como deja bien claro el título de su obra).

Para intentar reproducir el razonamiento que sigue la autora, nos centraremos en un fragmento que resulta paradigmático a la hora de entender las conclusiones a las que llega Justine Sisan en su análisis bíblico. Dice así:

“La serpiente era el más astuto de los animales del campo que Yahwéh Elohim había producido, y dijo a la mujer: ¿Con que Elohim ha dicho: “No habéis de comer de ningún árbol del vergel”?. Y dijo la mujer a la serpiente: Del fruto de los árboles del vergel podemos comer, pero respecto al fruto del árbol que está en lo interior del vergel ha dicho Elohim: “No comáis de él, ni lo toquéis, para que no muráis”. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis, por supuesto; es que Elohim sabe que el día en que comáis de aquél se abrirán vuestros ojos y os haréis como Dios, conocedores del bien y del mal. Viendo, pues, la mujer que el árbol era bueno de comer y un deleite a los ojos, y que era apetecible para lograr la inteligencia, tomó de su fruto y comió, haciéndole también partícipe a su marido, el cual comió. Abriéronse entonces los ojos de ambos y comprendieron que estaban desnudos, por lo cual entretejieron hojas de higuera e hiciéronse unos ceñidores”.[1]

En primer lugar, Justine destaca el papel que, en esta crucial escena de la supuesta caída, desempeña el animal “más astuto” de la Creación, es decir, la serpiente. Tradicionalmente se ha interpretado a la serpiente, en lo que Justine denomina “simbología estratégica”, como una suerte de genio maligno, enviada de Lucifer y avidosa de engaño. Un animal que, para su misión, escoge a conciencia su presa: la mujer que, por su debilidad y perversión, se dejará seducir fácilmente, arrastrando consigo a su noble partenaire.

Sin embargo, Justine muestra la insostenibilidad de esta interpretación, falsando sus principales puntos de apoyo para, después, exponer su propia tesis, que no incurrirá en estos errores. Para empezar, y de forma casi simbólica (denotando el analfabetismo al que hace referencia el título de la obra), Justine recurre a la definición del diccionario de la palabra ‘astuto’: “Dícese de la persona hábil para engañar o para evitar el engaño”. Para Justine, esta sencilla definición resulta muy indicativa a la hora de poner algo de luz a un relato oscurecido por la ineptitud de sus intérpretes (del género masculino).

Así, la premisa de la que se parte en la interpretación tradicional del Génesis bíblico, por lo que respecta a la maldad de la serpiente, es puramente arbitraria. De hecho, Justine asegura que sería más acertado creer que, como permite la acepción del término, la serpiente obrara movida por el bien y no por el mal.

Es sabido que el relato bíblico recoge tradiciones mitológicas del continente asiático que se remontan al segundo milenio antes de Cristo. En ellas, como en muchas otras que encontramos (¿casualmente?) en las demás civilizaciones primitivas, la serpiente simboliza la sabiduría divina, que se sitúa por encima del bien y del mal. Es pues, por excelencia, el animal reflexivo, conocedor del bien y del mal y, por lo tanto, consciente y mesurado.

Por todo ello, parece mucho más sensato pensar que en la Biblia se conserva esta simbología y no, por lo contrario, postular que se invierte. De hecho, Justine nos muestra, apoyándose en el mismo texto, que realmente la serpiente evita un engaño: el engaño producido por Elohim, que hace creer  al hombre (curiosamente, ahora es él la “víctima”) que morirá al probar la manzana[2], cuando esto, ciertamente, no ocurre.

Con todo, Justine ha establecido un nuevo y complejo esquema de relaciones entre los protagonistas de este importante pasaje, que se contrapone a la plana visión tradicional, introduciendo nuevos e interesantes elementos, dignos de ser tenidos en cuenta. El siguiente cuadro recoge dicho esquema:

Vemos, como hemos dicho, que la “Serpiente” (a partir de ahora, Justine la entrecomillará para recordar que se trata de un símbolo que quiere representar al Ser Primero) se sitúa en la cúspide del esquema. Bajo ella, y sin explicitar relación causal alguna, encontramos al Bien y al Mal, encarnados en Dios y Lucifer. Ambos se hallan unidos por una flecha que sale de Dios (pues Él desterró al Mal de Su Reino). En este sentido, Justine no se desmarca de la tradición, estos puntos resultan contingentes para su explicación y, probablemente por ello, no se detiene en ellos.

Tampoco cuestiona, por el mismo motivo, la Creación. Sin embargo, Justine no cree que el ser humano ocupara un lugar privilegiado en dicha Creación, al menos antes del episodio con la “Serpiente”, oponiéndose así, aparentemente, al conocido versículo en que Dios dice al hombre y a la mujer: “llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra[3].

Según Justine, era necesario, para el cumplimiento de este mandato, que comieran el fruto prohibido que les ofreció la “Serpiente”, ya que en el jardín del Edén, eran como cualquier otro animal. Una prueba de ello puede ser la falta de moralidad, plasmada el versículo 2:25 “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban”. En el esquema, Justine representa esta intervención de la “Serpiente” con la gran flecha central que cae sobre el destino de los seres humanos, partiendo por la mitad la horizontal Bien-Mal.

Hay que destacar, aquí, dos elementos significativos. En primer lugar, la cruz (típicamente cristiana) que se forma con los ejes “Serpiente”-Ser humano, por un lado, y Bien-Mal, por el otro. Así, el “Padre” pasa a ser la “Serpiente”, el “Hijo” la Humanidad y el “Espíritu Santo”, Dios. Esta nueva significación resulta crucial (nunca mejor dicho) en el planteamiento de Justine.

Para empezar, ya no nos encontramos frente a un patriarcado sino que estamos ante un matriarcado. La “Serpiente”, divinidad básicamente femenina, se encuentra por encima de Dios, un elemento (masculino) igualmente sagrado, pero de inferior categoría. Es por ello que, en Dios, podemos encontrar esas incongruencias que no se darán en la “Serpiente”. Al fin y al cabo, Dios es el mentiroso[4] y, como demuestran otros pasajes de la Biblia, el rencoroso, castigador, vengativo…

Recordemos, además, que, cuando Adán y Eva son expulsados del Edén (después de ser castigados debidamente, por haber probado el fruto del árbol del Bien y del Mal) para que, con su osadía, no prueben el segundo fruto prohibido, el del árbol de la Vida, dice Dios: “He aquí el hombre que es como uno de nosotros[5]. Dios no es más que un “Espíritu Santo”, entre tantos. Esto explicaría, además, los distintos cultos que se dan en las diferentes religiones de la Tierra que, no obstante, tienen un punto en común: todas surgen de la misma fuente, la “Serpiente”. Y esta misma fuente, la madre, es la única que podía hacer del ser humano, su hijo, lo que es. Es por ello que Justine, en el esquema, dibuja una flecha que va del Ser humano hasta Dios, como consecuencia de la intervención directa de la “Serpiente” sobre los hombres.

El segundo elemento a destacar es el punto de unión de las dos rectas que forman dicha cruz (representado, en el esquema, con una equis). Por la intervención de la “Serpiente”, el Ser humano, decíamos, sube al nivel de Dios, pero se sitúa entre el Bien y el Mal, exactamente en el medio de la horizontal que forman estos dos polos en el esquema de Justine. Esto explica, según la autora, la libertad, propia de los seres humanos, para decantarse por uno u otro lado, para decidir sus actos.

Tras dilucidar la verdadera simbología de la “Serpiente”, Justine sigue con su análisis bíblico, centrándose en los dos protagonistas humanos de este mismo pasaje. La casi-literal interpretación de lo descrito en el Texto Sagrado reforzará, aún más, sus tesis supuestamente feministas.

Para empezar, dice Justine, el primer ser de la Creación que consigue elevarse, en inteligencia, al nivel de Dios es la mujer, por ser la primera en probar el fruto prohibido. Este factum no es despreciable: la mujer es el primer ser inteligente de la Tierra (considerando a Dios como ser ultramundano) y jamás perderá este estatus. La mujer, considerada históricamente como el sexo débil, es en realidad el fuerte: ella se procura la inteligencia y descubre el camino de la sabiduría. La mujer es un ser capaz, apto, autónomo y hasta modélico. De hecho, ella guía al, todavía torpe, hombre en este camino emancipador, pues la mujer decide compartir con él su privilegio y le da a probar la manzana. Este gesto muestra, según Justine, la nobleza de la mujer quien, al contrario de lo que ha venido haciendo el hombre hasta nuestros días, trata a su compañero por igual.

La falta de consideración y agradecimiento del hombre, a lo largo de la historia, hacia la mujer tiene también, según Justine, su explicación. Cuando la mujer prueba el fruto del Bien y del Mal crece intelectualmente y se hace responsable. Así, carga con el destino de su compañero, “menor de edad”, y se ocupa de él, como haría una buena madre. El hombre, pues, crece a instancia y gracias a la mujer. Una vez alcanzado un cierto nivel de madurez intelectual, el hombre se rebela contra la mujer, de la misma forma que los hijos se alzan contra sus padres. Esta natural reacción de adolescente, nos dice Justine, muestra que el hombre no llega al nivel intelectual de la mujer. Esta observación no es fruto, como algunos han querido creer, del orgullo feminista. Justine justifica esta última afirmación recurriendo, una vez más, a los textos.

A diferencia de la mujer, Adam no llega a tragarse la manzana. Ésta, según la tradición que todos conocemos, se le atraviesa en la garganta. Así pues, el hombre no asimila, no digiere en su totalidad, el fruto del Bien y del Mal. Por lo tanto, el hombre no llega a alcanzar el nivel de madurez intelectual de la mujer ni, por lo tanto, a distinguir como ella el bien del mal. Es por ello que, al abrir los ojos y apreciar la superioridad de la mujer, el hombre se siente vulnerable, y por consiguiente amenazado. Al mismo tiempo, sin embargo, el hombre se hace consciente de su aventajada condición física y gracias a ella se impone sobre la mujer que es vista como una amenaza. Justine muestra como estas atribuciones básicas de carácter se han imprimido en las generaciones posteriores con un ejemplo histórico. En las sociedades primitivas (post-Edén) el hombre es, por su mayor fuerza física, el encargado de la caza y la obtención de alimentos. La mujer, por su lado, es la encargada de la gestión y de la economía doméstica, tarea intelectual que desembocará en la invención de la escritura, herramienta necesaria para el desarrollo de la cultura.

Una vez expuesta su teoría del Génesis, brevemente pincelada aquí, Justine dedica el último capítulo de Illiterates eat apples a terminar con estúpidas creencias recalcitrantes. Respecto a la creencia de que la mujer fue creada para el gozo y el disfrute del hombre, a partir de una de sus costillas, por poner un ejemplo, dice Justine: “Invito a todos esos ilusos a leer, si saben, un sólo versículo, el vigésimo séptimo del primer capítulo, que reproduciré aquí por si no entienden la codificación bíblica: ‘Y creó Dios al hombre –género humano- a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó’. Para aquellos que no comprendan el claro sentido de estas palabras, sólo una consigna: de lo que no se puede hablar, hay que callar”. De este concluyente modo, terminamos también con nuestra exposición.

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[1] Génesis 3:1-7.

[2] Génesis 2:17.

[3] Génesis 1:28.

[4] Recordemos que Él asegura a Adán que morirá si jamás se atreve a tomar el fruto del árbol del Bien y del Mal (Génesis 2:17).

[5] Génesis 3:22.

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