Hacía diez años que Jessica
Hylen trabajaba para la revista “Coolture”. Muchos de sus reportajes
fotográficos habían dado la vuelta al mundo y eran alabados frecuentemente por
su originalidad y atrevimiento. Aquella misma mañana, mientras tomaba un baño,
Jessica había tenido una idea para otro reportaje y ahora se la explicaba
eufórica al editor de la revista: “Jerry, será lo mejor que habré hecho en todo
este tiempo. Si me consigues los contactos, vamos a arrasar. La idea es muy
simple: tenemos que fotografiar a los intelectuales más célebres del momento
realizando tareas del hogar. Me da igual de quién se trate. Pueden ser
escritores, poetas, teóricos. Lo importante es que sean reconocidos”. En un
primer momento, Jerry se mostró escéptico, pero Hylen sabía vender bien su
producto: “el feminismo está de moda, Jerry. El ámbito intelectual ha sido
siempre un territorio masculino. Ya es hora de romper con esto, es hora de
invertir los papeles, Jerry. Quiero fotografiar a Noam Chomsky pasando la
aspiradora y no me moriré sin haberlo hecho, ¿entiendes?”.
Autoretrato de Jessica Hylen.
Había pasado un año desde el
día en que Hylen tuvo su brillante idea, y prácticamente todos los intelectuales
que se habían añadido a la lista habían posado ya ante la cámara de aquella
periodista intrépida, incluyendo a Chomsky con su aspiradora. Sólo quedaba
pendiente uno de los escritores previstos: Umberto Eco. El agente de Eco había
accedido a la oferta en un primer momento, básicamente porque el autor recibiría
mucho dinero a cambio de una simple foto. Hylen escribió al agente explicando lo
que tenía pensado fotografiar exactamente, y fue entonces cuando se le comunicó
que Eco no quería ser fotografiado bajo ningún concepto. Sin embargo, Hylen no
aceptaría un no por respuesta. Ofreció el triple de lo que la revista estaba
dispuesta a pagar inicialmente, y se mostró tan insistente que, al fin, su
petición fue aceptada.
Umberto Eco.
Hylen viajó a Italia al cabo de unos días y
fue invitada a la residencia de Eco. Tras charlar durante media hora sobre temas
banales, la fotógrafa empezó a preparar el material y le preguntó al escritor
dónde estaba el dormitorio. “¿No sería más divertido que me sacaras haciendo
otra cosa? Pintando una pared o regando las plantas…”, sugirió Eco. “Eres el
último personaje de la serie y hasta ahora ninguno ha salido haciendo la cama. Y
es una tarea tan cotidiana que tiene que aparecer en el reportaje”. Eco accedió
a regañadientes y acompañó a la mujer al dormitorio. La cama estaba por hacer y
había ropa en el suelo. Eco parecía nervioso. Su rostro estaba bañado en sudor,
y aún no se habían encendido los focos. No dejaba de hacer preguntas:
- Bueno, ¿me pongo aquí? ¿Hago como que estiro las sábanas?
- Tú ve haciendo la cama tranquilamente y yo iré fotografiando las distintas
fases del proceso. Lo iremos haciendo hasta que tenga material suficiente.
- Es que estoy agotado. Me duele la espalda y si mi tengo que agachar
continuamente…
Eco no paraba de lamentarse y Hylen finalmente tuvo que ponerse seria. La
revista pagaría mucho dinero por aquello, ella había viajado desde Nueva York y
no estaba dispuesta a tolerar aquella actitud. De repente, Eco se sentó en su
cama, se tapó el rostro con las manos y empezó a sollozar como una criatura.
Hylen se asustó, después sintió pena y se le acercó, rodeando al filósofo con el
brazo derecho. “No te lo tomes así. No quería estresarte. Si quieres lo dejamos
para más tarde”. Eco se levantó llorando desconsoladamente y le confesó a la
periodista entre gemidos que no sabía hacerse la cama, que nunca se la había
hecho y que le parecía ridículo hacerla para tener que deshacerla al cabo de
unas horas.
- Me estás diciendo que en toda tu vida…
- ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Qué sabrás tú de mi vida! – interrumpió Eco, furioso y
desesperado.
Hylen se sintió conmovida y abrazó a Eco con todo el cariño que fue capaz de
exteriorizar. Como un niño arropado por su madre, el hombre se fue
tranquilizando. La periodista le acarició tiernamente, Eco la besó en el cuello,
luego en la boca, y sus cuerpos se fundieron en uno encima de la cama deshecha.
Después de hacer el amor, Hylen sonrió y, vistiéndose con calma, dijo:
- Tranquilo, Umberto. Hoy te enseñaré a hacer la cama. Voy a hacer contigo mis
mejores fotografías…
Al oír sus palabras, Eco se levantó airado y empezó a bramar como un poseso:
- ¡Puedes meterte la cama donde te quepa, coge tu camarita y vuelve a tu ciudad
de mierda, maldita puta, estúpida zorra degenerada! ¡Tú y todos los periodistas
me vais a dejar tranquilo de una puta vez! ¡Y ahora lárgate de aquí! ¡Lárgate!
¿Lo has entendido ahora o quieres que te diga cómo hay que interpretarlo?
Hylen era una mujer con carácter y no estaba dispuesta a aceptar aquella
humillación:
- ¿Has follado conmigo porque no querías que te obligara a hacer la cama? ¿Cómo
puede alguien llegar a ser tan mezquino e infantil? ¿Cómo coño has podido…?
- ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate de una puta vez, zorra gilipollas! Yo he escrito
muchos libros que ni siquiera habrás leído, no me llegáis a la suela del zapato
ni tú ni todos los periodistas de mierda que publicáis revistas de mierda con
fotos de mierda. ¡Qué más me da no saber hacer la cama! ¡Me importa una mierda
la cama! ¡A la mierda con la cama!
Totalmente fuera de sí, el escritor empezó a desgarrar las sábanas, lanzándolas
al aire entre gritos de histeria. Indignada, Hylen recogió su material y
abandonó la casa del escritor. “¡Ojalá te pudras en el jodido infierno,
inútil!”, gritó desde la calle, impotente y rabiosa al constatar que no podría
acabar su reportaje tal como lo había planeado.