Gino Riglifren, cansado de ver
cómo su hijo Yurj dormitaba perezoso en el salón sin nada que hacer, decidió
aprovechar el buen tiempo y disfrutar con él de un día entero en la playa.
Partieron temprano, a las cinco de la mañana, llevando consigo una mochila llena
de comida y refrescos. Yurj no quiso acarrear ninguno de sus juguetes favoritos.
Era su modo de protestar y de dejar claro que la playa no le interesaba lo más
mínimo. Gino, sin embargo, era un padre previsor y metió en la mochila un cubo y
una pala de plástico. Estaba convencido de que, tarde o temprano, Yurj se
decidiría a jugar con ellos en la arena como solían hacer los niños de su edad.
La playa estaba desierta, apenas se intuía la silueta de un bañista en la otra
punta. Gino extendió su toalla en la arena y Yurj, aún molesto, optó por
sentarse con los brazos cruzados, fingiendo aburrirse. Su padre decidió no
hacerle mucho caso. Se estiró encima de su toalla, cerró los ojos y enseguida se
durmió. Al cabo de un rato, le despertó el propio Yurj inspeccionando el
interior de la mochila. “¿Qué buscas?”, preguntó Gino. “El cubo y la pala. Este
niño quiere jugar conmigo a hacer castillos”, respondió Yurj señalando a su
izquierda. Gino se incorporó y miró hacia donde señalaba su hijo. Ignoraba el
tiempo que había transcurrido desde su llegada, pero constató que la playa se
había ido llenando de gente. El nuevo amigo de Yurj se acercó y saludó. “Hola”,
dijo tímidamente. “Ya tengo el cubo y la pala. Nos vamos a jugar, papá”,
interrumpió su hijo. “Muy bien. Pero poneos aquí delante, no os alejéis”,
advirtió el padre. Los dos niños empezaron a cavar en la arena rítmicamente.
Gino volvió a estirarse y cerró nuevamente los párpados. Imaginó extrañas formas
geométricas de color azulado que, moviéndose al ritmo de las palas, iban
adentrándole progresivamente en un apacible sueño.
Tres horas más tarde, su hijo volvió a despertarle. “Hemos decidido parar para
comer. Los chicos están cansados”, sentenció Yurj. “¿Los chicos?”, preguntó Gino
atontado por el sueño. “Sí. Han venido más niños con más palas. Mira qué
castillo estamos haciendo”. Gino levantó la vista y vio que frente a él se había
erigido un castillo de arena de unos seis metros de alto. Varios niños de
distintas edades trabajaban incansables con sus palas, trasladando cubos de
arena húmeda y consolidando las paredes de la magnífica fortaleza que estaban
levantando. Parecían muy bien organizados. A cada uno se le había asignado una
tarea precisa. Unos se limitaban a transportar cubos, otros aplanaban la arena y
su hijo, al frente de todos, iba diseñando la estructura conforme se estaba
construyendo. Los padres de los demás niños se habían instalado cerca e iban
siguiendo el progreso de la edificación emocionados. “Es formidable lo que
estáis haciendo, chicos”, observó Gino. “De hecho, me parece algo increíble”.
“El padre de Klieder ha ido a comprar diez bocatas de jamón y queso para
abastecer al regimiento”, apuntó Yurj, “pero se han unido después cuatro niños
más, de modo que, si no te importa, cogeré los bocatas que has preparado tú y
más tarde si hace falta ya iremos a por más”. Su hijo hablaba como un militar al
mando de todo un ejército. “Abastecer al regimiento” había dicho, imitando
probablemente el diálogo de alguna película. “Como quieras, Yurj, pero no te lo
tomes tan en serio, que tus amigos han venido a jugar”, afirmó Gino. “Están
encantados, papá”, aseguró el niño.
Apenas había dormido la noche anterior, de modo que ni siquiera las voces de las
criaturas ni los comentarios de sus respectivos padres pudieron evitar que Gino
volviera a quedarse completamente dormido al cabo de pocos minutos. Una hora más
tarde, se disparó el flash de una cámara y Gino se incorporó sobresaltado. Ahora
el castillo tenía unos treinta metros de alto y el ancho cubría casi toda la
extensión de la playa. Alguien había provisto a los niños de escaleras y
andamios para que pudieran trabajar desde lo alto.
El Castillo Yurj Riglifren.
Vista de la torre oeste.
Gino quedó estupefacto ante
aquel monumento gigantesco. Era algo prodigioso, alucinante. “¿Es usted el padre
de Yurj?”, preguntó alguien a su espalda. Gino se giró para responder y vio que
justo detrás de él había unas seiscientas personas observando el espectáculo,
casi todas de pie y unas pocas sentadas en tumbonas o en sillas dispuestas para
la ocasión. La gente hacía fotos, animaba a los niños como si se tratara de
futbolistas en una gran final, proporcionándoles el material que hacía falta
para levantar aquella fortaleza de arena. “¿Dónde está mi hijo?”, preguntó Gino
al ver que no podía distinguir a unos niños de otros. “Creo que está en el ala
oeste, supervisando la construcción de uno de los contrapesos”, aclaró un señor
con bigote que parecía estar al tanto de todo. “Su hijo es increíble, señor, si
me permite la observación. Ha conseguido reunir a casi todos los niños del
pueblo y sus alrededores. Todos se pelean por participar en la construcción. No
he visto nada igual en todo el tiempo que llevo viviendo aquí, se lo aseguro”.
“Bueno, gracias, pero de todos modos creo que esto se está saliendo de madre.
Debo hablar con mi hijo”, sentenció Gino. El caballero del bigote le acompañó
hasta el ala oeste. Yurj estaba discutiendo con un grupo de subordinados, que al
parecer trabajaban con arena demasiado seca. “Yurj, ven”, ordenó Gino. “Ahora
no, papá, tengo cosas que hacer”. “¡Haz el favor de venir ahora mismo!”, gritó
su padre. “Yurj, lo mejor será que volvamos a casa. Es tarde y creo que el juego
del castillo se ha llevado al extremo. No sois más que niños”. “¡Con qué me
vienes tú ahora!”, interrumpió el niño, “llevo más de ocho horas levantando el
proyecto, coordinando equipos, supervisando el material. ¡Y tú me hablas de
juegos! ¡He asumido unas responsabilidades! ¡Aquí hay gente que depende de mí!”.
La multitud se acercó al ver a Yurj tan enfadado. “¿Qué hace molestando al
crío?”, gritó una señora. “¡Es mi hijo! ¿No se dan cuenta de que todo esto es
absurdo? ¡Son sólo niños!”. La multitud rodeó a Gino, que era visto como un
traidor, un necio saboteador del proyecto. “Acompáñeme. Apuesto a que no ha
comido nada y está un poco cansado. Le invitaré a algo y verá como después lo ve
todo más claro”, dijo el hombre del bigote, empujándole lejos del gentío. Yurj
volvió a sus quehaceres y su padre, acobardado por la masa, siguió a su
acompañante pensando en lo mucho que iba a costarle resolver aquella extraña
situación.