Me llamo Agnesio Maldren y soy
pediatra. He dedicado diez años de mi vida al cuidado de los niños y creo que
los conozco bien. Digamos que sé manejarlos. No creo que me costara educar a uno
de ellos. Simplemente les daría tres o cuatro instrucciones importantes para
andar por la vida. Algo así como que no se metieran en líos, que no andaran
jodiendo y, ante todo, les diría que no hicieran promesas sin estar dispuestos a
cumplirlas. Porque prometer cosas es jodido y a la larga puede amargarte la
existencia. Esto es algo que aprendí hace poco más de un año. Leo Mandrini, ni
más ni menos, es quien me lo enseñó. El Gran Mandrini, ese gordo hijo de puta
que habrán visto mil veces fotografiado en los periódicos.
Lo crean o no, yo crecí con Leo Mandrini. Se podría decir que nos criamos
juntos. El Gran Leo, el delincuente más buscado, llegó a bañarse en mi casa
cuando ni siquiera tenía pelillos en los huevos. Solíamos pasar las tardes
juntos cometiendo todo tipo de fechorías. Nada del otro mundo, tampoco hay que
exagerar. Cosas de niños aburridos y cabrones. Pero sí es cierto que el chaval
mostraba ya entonces un talento innato para aquello. Se le daba bien joder al
personal. Y siempre, absolutamente siempre, sin excepción, acababa saliéndose
con la suya incluso en las situaciones más jodidas. Es muy difícil dejar de
hacer aquello para lo que has nacido. Éramos muchos los niños gamberros del
barrio, pero todos acabamos madurando, sentando la cabeza. Sin embargo, Mandrini
ya había encontrado profesión. Tenía claro que se dedicaría a joder a la gente,
y sabía que de algún modo aquello acabaría siéndole rentable.
Mandrini es el del centro y yo
el de la derecha.
Poco más hay que añadir al
respecto. Seguro que todos ustedes están al tanto de su carrera delictiva. El
timo de los implantes mamarios, las carreras ilegales de viejos o la
Thermomix son algunas de las putadas que le han hecho famoso. Finalmente,
como sabrán, acabó mudándose al extranjero por la presión de las autoridades. Le
perdí la pista totalmente y hasta hace poco ni siquiera recordaba lo que le
había dicho el día en que nos despedimos. Pero lo jodido, lo realmente jodido,
es que el gordo de Mandrini, con su maldita memoria de elefante, sí fue capaz de
recordar palabra por palabra la conversación que mantuvimos, y el muy cabrón me
la reprodujo literalmente en la carta que recibí hace un año. “Maldren, me
dijiste que podría contar contigo para lo que fuera, que era como un hermano
para ti. Me prometiste fidelidad absoluta. Dijiste que éramos hermanos de
sangre, Maldren. Cómo olvidar algo así”. Cómo olvidarlo, claro. Cómo olvidarlo,
cabronazo, especialmente cuando necesitas algo de mí. Porque aquello no era un
mero ataque de sensiblería barata. Mandrini necesitaba algo de mí y ese era el
motivo de su carta. Su madre había muerto, decía, y ahora tenían que esparcirse
sus cenizas en el jardín de la casa en la que había nacido. Pero Mandrini no
podía regresar a Europa, de modo que el muy listo, el muy cabrón, había decidido
enviarme las jodidas y asquerosas cenizas en un pequeño sobrecillo de mierda
para que yo mismo, su amigo de la infancia del que no sabía nada desde hacía más
de veinte años, se dedicara a esparcirlas con cariño y esmero. Qué asco y menuda
mierda de favor me estaba pidiendo el gordo hijo de puta. Pero había que
hacerlo. No se trataba sólo de un compañero de colegio. Aquel cabrón era un pez
gordo, un asesino, de modo que salí a la calle con las cenizas y fui a la
dirección que me había dado para cumplir la misión. Sin embargo, cosas que tiene
la vida, allí donde en teoría se encontraba la casa de mamá Mandrini, alguien
había construido un jodido edificio de diez plantas, la sede de un banco
internacional. Y no había manera de decírselo al Gran Jefe porque la carta no
tenía remitente. ¿Qué hice entonces? Podría haber tirado las malditas cenizas en
una cuneta. Nadie se habría enterado. Pero Agnesio Maldren tiene sus principios,
de modo que decidí esparcir el contenido del sobre en un parque cercano. En un
estanque, concretamente. Un lugar digno, o más o menos digno.
Me olvidé de aquel asunto y no recibí más cartas de Mandrini. Pero justo cuando
creía que me había librado de él, el muy cabrón llamó a la puerta de mi casa.
Mandrini en persona estaba en mi dulce hogar con su gabardina, sus gafas de sol
y su estómago de gordo insaciable. Después de la típica escenita de reencuentro
y sentados en el salón con los labios empapados de whisky, dijo por fin lo que
le había traído a mi casa. “Todo está más tranquilo por aquí, Maldren. Con esto
del terrorismo digamos que he dejado de ser una de las principales amenazas para
la sociedad. Y aunque me joda no figurar en el Top Ten, lo cierto es que pienso
aprovecharlo. Hace un tiempo que llevo practicando algo revolucionario en los
Estados Unidos de forma clandestina. Las peleas de niños”. “¿Peleas de niños?”,
pregunté intrigado, sabiendo que era lo que me tocaba hacer. “Digamos que
organizamos peleas de gallos, pero con niños. No es tan bestia como parece.
Quiero decir que no muere nadie. Simplemente contactamos con gente que nos
presta a sus hijos para que se peleen públicamente entre ellos. Son combates de
boxeo en el fondo. El que gana recibe todo tipo de regalos. Incentivos para
motivar al crío, ya sabes. Y el padre se lleva también lo suyo. Es acojonante
ver cómo se pegan, de veras. A esa edad aún son puro instinto, puro nervio”. No
pude reprimir una expresión de horror. Soy pediatra, joder, aquello me parecía
jodidamente aberrante. “Tú sabes mejor que nadie que a esas edades son como de
goma, Maldren. Dirías que están muertos y entonces se levantan y siguen
revolcándose, pataleando y gritando como fierecillas. Habrás visto El club de
la lucha. Es algo por el estilo. Y te puedo jurar por la memoria de mi madre
que no ha muerto ninguno. De verdad. No iba a permitirlo”. El muy desaprensivo
pretendía extender aquella locura en Europa, pero había que crear la estructura
necesaria. Y, dentro de esta estructura, el puto Mandrini contemplaba la
presencia de un médico que se hiciera cargo de los niños cuando no podían ni
siquiera levantarse. Una especie de alma caritativa que los dejara a punto para
la siguiente masacre.
Me negué, claro está. Aquello era más que inmoral. Era vomitivo. Pero Mandrini
es un gato viejo y tenía una bala en la recámara. “Por cierto, Maldren, he visto
que ya no existe la casa de mi madre. Nadie me avisó, joder. Han puesto un puto
banco allí. ¿Qué hiciste con las cenizas?”. Se lo expliqué, claro. Y se mostró
bastante comprensivo. Interesadamente comprensivo. “Lo entiendo, Maldren, lo
entiendo. No podías consultarme. Pero podrías haber guardado las cenizas en vez
de tirarlas por ahí, joder. Pero bueno, yo te perdono porque somos amigos. Y los
buenos amigos se comprenden y se ayudan. Y espero que puedas ayudarme en esto de
los niños. No vayas a decepcionarme, amigo mío, hemos compartido muchas cosas
juntos”.
Por supuesto, si alguien me pregunta me haré el loco. Si me hablan de peleas
entre críos de once años, de tugurios de mala muerte repletos de enfermos
mentales sudorosos y de dientes de leche saltando por los aires, yo diré que no
sé nada. Diré que ni siquiera conozco al capullo de Mandrini. Pero si alguna vez
me piden un consejo, Agnesio Maldren tiene clara la respuesta: no hagan en su
puta vida una promesa que no estén dispuestos a cumplir.