“El uso de esta máquina,
como así también cualquier producto eléctrico, comporta la observación de
algunas reglas fundamentales:
- No tocar el aparato con manos o pies mojados o húmedos.
- No tirar del cable de alimentación para desconectar el enchufe de la toma, no
tirar del cable de alimentación para comprobar que esté fuertemente acoplado, no
tirar, en general, del cable de alimentación para comprobar nada.
- No rociar el aparato con líquidos inflamables (gasolina, alcohol, etcétera).
Podría prender.”
Lavadora Fagor f1905, Septiembre de 1960.
“La fuga del ácido de batería puede causar daño personal y daño a su control
remoto. Mantenga el ácido de batería lejos de sus ojos y boca. Las baterías que
tengan una fuga pueden hacer ruidos como "pop"”.
Consola Nintendo Wii, Enero de 2006.
Cuarenta y seis años separan
el primer texto del segundo, pero en ambos permanece el sello inconfundible de
su autor: Henry R. Ipnice. Su obra ha sido ampliamente difundida y traducida,
pero no ha recibido el reconocimiento que, sin duda alguna, merece. Ipnice ha
dedicado su vida a la redacción de instrucciones para todo tipo de aparatos
eléctricos, procurando combinar la claridad expositiva con un estilo personal y
una concepción particular de lo que él mismo denomina “literatura preventiva”.
Sus textos, analizados adecuadamente, son el reflejo de una época marcada por la
relación, en ocasiones conflictiva, del hombre con la tecnología. Les ofrecemos
a continuación el fragmento de una entrevista que será publicada próximamente en
la revista Coolture:
P. Hay quien dice que sus
primeros textos son asombrosamente ingenuos. Nadie en sus cabales rociaría su
lavadora recién estrenada con un líquido inflamable.
R. Es un error analizar estos primeros escritos desde la perspectiva actual. El
consumidor de hoy no es el de entonces. La sociedad ha cambiado mucho. El buen
crítico literario tiene siempre en cuenta el contexto.
P. También se dice que parte de su ingenuidad tenía fines más bien cómicos.
Le recuerdo aquellas instrucciones de un gorro de ducha que rezaban “vale para
una sola cabeza”.
R. Aquel modelo era cuatro centímetros más ancho que el anterior. Quise dejar
claras las cosas, cualquier cambio sugiere nuevos riesgos, nuevas posibilidades
de usar mal el producto. Mi trabajo es acotar, marcando siempre el límite.
P. En los años ochenta, fue muy criticado por incluir la frase “no voltear el
envase” justo en la parte de debajo de los envases. Es decir, cuando el
consumidor leía la inscripción el producto ya había sido…
R. Lo sé, lo sé. No es que quiera liberarme de toda culpa, pero en este caso
debo aclarar que yo redacto las instrucciones pero no soy quien decide dónde se
insertan. A veces existe una falta de comunicación entre el autor y el editor,
si me permite la analogía. El resultado es un sinsentido, pero yo no puedo
predecirlo.
P. ¿No está dispuesto a admitir que llegó a extremos un tanto paternalistas?
El paquete de frutos secos con la frase “abrir el paquete, comer los frutos
secos” fue interpretado como un insulto.
R. Póngase en mi lugar. Le encargan unas instrucciones para una bolsa de frutos
secos. Tiene que usar su imaginación pero dispone de poco tiempo. ¿Qué demonios
habría puesto usted? La bolsa era muy pequeña como para ahogar a un niño. No
pude usar las fórmulas más típicas.
P. Dicen que la gente cada vez lee menos las instrucciones de los aparatos.
¿En qué medida afecta esto a la literatura preventiva? ¿Cree que su trabajo va a
resentirse?
R. La gente cada vez lee menos, en esto tiene usted toda la razón. Es
descorazonador, pero hay que ser realista. El otro día estaba en mi mesa de
trabajo redactando y me llamó mi superior. Quería que habláramos en su despacho.
El tipo me miró fijamente y me dijo: “Henry, hombres como usted ya no quedan”.
Le pregunté qué quería decir con aquello e insistió: “Cada vez es más difícil
encontrar a gente como usted, Henry”. Y así todo el rato. Hasta que finalmente
dijo: “¿Y por qué será eso, Henry? ¿Por qué será que cada vez quedan menos
hombres como usted, Henry? Me lo pregunto cada vez que le veo allí, tan
concentrado, escribiendo. La gente como usted ha ido desapareciendo y, sin
embargo, usted sigue aquí, sentado en su mesita. ¿Por qué, Henry?”. Aquello me
dio mala espina. Parecía que quería decirme algo pero no acababa de soltarlo. No
sé, tuve una intuición. De repente pensé que no todo es para siempre. Un día
estás aquí, otro día allí y, finalmente, ya no estás. Y es bueno verlas venir,
es bueno que las cosas no le sucedan a uno de forma inesperada.