No son pocas las ocasiones en las que recurrimos a la
expresión 'la historia la escriben los vencedores', ya sea en el marco de una
profunda reflexión acerca de la acción humana y su relación con la temporalidad,
o en una simple conversación de café. Es una sentencia tópica pero, no por ello,
menos verdadera. Apuntamos que la historia la escriben los vencedores para notar
la imposibilidad de acceder a una lectura imparcial del acontecer histórico. No
existe un lugar desde fuera, inmune a la influencia de un contexto, capaz de
abordar la acción humana con la neutralidad de un científico. La naturaleza
misma del hombre en tanto que ser histórico impide una lectura definitiva, dada
de una vez por todas, de los acontecimientos pretéritos. Toda lectura histórica
es interpretación, el historiador dispone de unas fuentes limitadas y selecciona
en su narración los elementos que él mismo considera relevantes. Pero en esta
selección se pierde parte del contexto, y la idea de una historia como
reproducción exacta de lo ocurrido, detalle por detalle, narrando
exhaustivamente cada segundo, cada minuto, no sólo es utópica sino además
indeseable. No nos interesa la historia como mapa detallado, milimétrico, del
pasado, pues no es sólo éste lo que nos induce a hacer historia sino su
significación: el pasado es un medio para averiguar cómo hemos llegado a ser lo
que somos, y orienta al ser humano en el momento de proyectar acciones futuras.
Tampoco la filosofía es inmune al carácter
contingente de la lectura histórica, y cabe pensar que son pocos los filósofos
que han llegado a superar, siglo tras siglo, la selección del historiador de la
filosofía. No sería muy descabellado pensar que a lo largo de la historia
individuos dotados de un intelecto prodigioso para la reflexión filosófica,
equiparables a autores como Platón, Descartes o Kant, han aportado su granito de
arena al ámbito del pensamiento, aunque después hayan sido presa del olvido.
Entre este grupo de filósofos anónimos, que permanecen en lo oculto hasta que
una nueva lectura del pasado los rescata de la indiferencia, se encontraba Ernst
Portamnor, cuya obra, sorprendentemente extensa, no ha merecido desgraciadamente
la atención de los estudiosos hasta hace relativamente poco. Nacido en Dresken,
un pequeño pueblo de la Alta Engandina, mostró desde joven un gran interés por
la filología, y sus primeros estudios académicos tenían por objeto el análisis
exhaustivo de la palabra 'desencanto' y los distintos usos que ésta presentaba
en las principales obras de la tragedia griega. Pero pronto sintió el autor
deseos de abordar los problemas genuinos de la filosofía por cuenta propia, sin
renunciar por ello a la influencia de Spinoza, Kant o Hegel, que sin duda
resultaron determinantes en la elaboración de su teoría de la trasgresión
sintomática, de la cual hablaremos más adelante. Es quizá la ausencia de
seguidores, buscada por el propio autor [en numerosas ocasiones sentenció
Portamnor que allí donde se acumulan las miradas, yace un muerto
incomprendido], lo que propició que su filosofía no tuviera trascendencia
alguna a pesar de la lucidez y originalidad de sus planteamientos. El objeto del
presente estudio no es sólo el de ofrecer al lector una pequeña síntesis de
todas las reflexiones de Ernst Portamnor, sino también el de incitar a quienes
se sientan atraídos por el autor a realizar una lectura atenta de su gran obra
titulada Purificación y exégesis (movimientos bruscos), publicada
póstumamente.
A grandes rasgos, podríamos decir que la noción que
articula buena parte de las reflexiones de Portamnor, tanto en el periodo
historicista como en el monocíclico, es la de enfrentamiento desangelado.
El autor es, sin duda alguna, precedente directo de la noción sartriana de
náusea, y no sin razón se le ha ubicado en la corriente existencialista. Hay
que tener en cuenta, sin embargo, que la filosofía de Portamnor no puede
identificarse completamente con ningún movimiento o tendencia concreta, dada la
originalidad de todas sus reflexiones. El autor parte de categorías que no son
las de la filosofía tradicional, aunque se relacionen en ocasiones con ellas. La
tesis de la llama que escupe, por ejemplo, sólo podría compararse al enano
jorobado de Walter Benjamin, obviando por supuesto el contexto y el momento
histórico que separa ambos autores:
"La
llama que escupe es descarada y violenta el concepto mismo de tiempo, escupe
directamente a la esencia humana en cuanto tal, pero es imposible prescindir de
ella, es el pilar que sustenta el sentido mismo de la filosofía en tanto que
ciencia del tiempo"[1]
Es precisamente la
imagen de la llama que escupe la que introduce en Portamnor la noción de
enfrentamiento desangelado. El autor tiene una visión claramente pesimista del
ser humano, que sólo se apaciguará en los últimos escritos, en que el autor
plantea la posibilidad de una felicidad parcial nacida en la mirada hacia
atrás, fruto de la coherencia en el proceso biológico, dando por supuesto que
hace buen tiempo. Pero ya en sus primeras producciones el autor muestra una
actitud claramente negativa del ser humano en su relación con el entorno y, más
concretamente, en la vida en sociedad. La idea de un estado omnipotente, que
controla la vida del individuo y no admite alternativas vitales alejadas de la
institución social, es uno de los elementos que más desesperación causan al ser
humano. De ahí surge la necesidad de disentir y de anhelar otro modo de vida
distinto, obviando por un momento la sentencia aristotélica que describe al
hombre como animal social. Esta afirmación representa para el ciudadano un peso
difícil de sobrellevar: no hay vida alejada de la pólis, el hombre está
condenado a la dependencia eterna. Si bien la filosofía ha optado por aceptar
como un factum la condición social humana, lo cierto es que en la praxis
todas las tensiones, todas las pugnas, tienen su origen en la necesidad de
pactar con los demás y, por tanto, de renunciar a ciertos privilegios que para
muchos son indispensables (trasgresión sintomática). Pero Portamnor no pretende
elaborar una teoría alternativa, un nuevo modelo de vida para el ser humano. El
autor es muy consciente de la poca influencia que tiene la filosofía para la
vida práctica, y llega a afirmar incluso lo siguiente:
"La expresión 'filosofía práctica' es una contradicción en sus
propios términos, como lo es intentar salir de una habitación que no tiene
puertas ni ventanas, o resucitar a Leibniz y hacerle la vasectomía. Aunque de
hecho, esto último no es una contradicción, es más bien una grosería fruto del
ardor adolescente"[2]
Ernst Portamnor
ofrece la visión de un ser humano abúlico y desesperado: sabe que no tiene
escapatoria posible, está condenado a pactar y a depender de otras instancias
que no puede controlar. En este punto introduce el autor una dura crítica a la
epistemología moderna, que considera al sujeto como separado del mundo. El
sujeto no es una entidad espiritual que conoce objetos sin más, y la mediación
que existe entre sujeto y objeto es tal que de hecho no tiene sentido seguir
hablando del sujeto al margen de la inserción de éste en un contexto. Esta
separación es puramente abstracta, pero se trata de una abstracción sin
fundamento alguno, que genera disquisiciones filosóficas aisladas en sí mismas,
hablan del hombre como si hablaran de una variable cualquiera en el contexto de
un argumento lógico. No escatima Portamnor críticas al cartesianismo:
"(...)¿Cómo puede Descartes dudar de la fiabilidad de los
sentidos y llevar a su vez calzones?¿Dudaba quizá Descartes que llevaba
calzones? Y si la respuesta es afirmativa, ¿por qué salía a la calle como si
nada ocurriera? ¿Era Descartes un indecente? De nuevo, siendo afirmativa la
respuesta, habría que haberle condenado a prisión para que bebiera la cicuta"[3]
Descartada, pues, la
visión moderna del sujeto cognoscente, Portamnor pretende formular de otro modo
la teoría del conocimiento, sin dejar de atender al hombre en cuanto ser que se
relaciona y vive en una sociedad compleja. El autor desarrolla en este punto una
teoría articulada alrededor de tres principios elementales:
1. El conocimiento humano es un conjunto de
enunciados enmarcados en un contexto distorsionador.
2. No existe la inconmensurabilidad cultural, a
no ser que seas ciego o sordo.
3. No es posible hablar de progreso en un
ámbito que no sea el de la ciencia, e incluso en el ámbito científico es
posible contraer la viruela.
El autor relaciona,
además, su concepción epistemológica con la praxis humana, y pone ejemplos
prácticos, dando lugar a una original combinación entre la ética y la teoría del
conocimiento, inaudita en la historia de la filosofía. El ejemplo al que alude
más frecuentemente Portamnor es el de la ventana invisible: supongamos que una
mujer de mediana edad, aficionada a las danzas populares de Indochina, encierra
a un individuo en una habitación con paredes de hormigón y, antes de cerrar la
puerta, se la lleva para que no pueda salir. El individuo es consciente de que
no sobrevivirá más de dos días enclaustrado, de manera que empieza a pensar en
una posible escapatoria. La habitación no tiene ventanas, sólo cuatro paredes
imposibles de atravesar. No dispone el prisionero de ninguna herramienta, pues
se encuentra desnudo y con un trozo de papel en la boca. De repente escucha un
ruido atronador, seguido de una carcajada, y aparece ante él una estatua de
bronce. Portamnor establece tres posibles estrategias que puede adoptar el
individuo para salir de aquella situación:
1. Siguiendo la doctrina estoica, el prisionero
puede optar por dejar de considerar su encierro como un problema, dedicándose
a cantar coplas y a beber su propia orina.
2. Adoptando las tesis de Habermas, el
individuo enclaustrado opta por una ética dialógica, entablando conversación
con la estatua de bronce hasta que ésta, cansada ya de tanta conversación, se
convierte en un cubo de fregar.
3. El prisionero decide tomar la posición
relativista, sostiene que el hecho de que la habitación esté compuesta sólo
por cuatro paredes de hormigón es una creencia que bien podría ser falsa.
Decide que ahora una de las paredes tiene una gran ventana en el centro,
aunque no pueda ser observada por el ojo humano. Abre la ventana y sale
victorioso, pero el relativismo le hace dudar incluso de que haya escapado, de
modo que regresa otra vez a la habitación, muriendo al cabo de unas horas a
causa de un ataque de diarrea.
Evidentemente, el
ejemplo de la ventana invisible no es más que un modo de presentar, a grandes
rasgos, las principales concepciones morales y epistemológicas que los más
célebres filósofos han ido planteando a lo largo de la historia de la filosofía.
Portamnor demuestra con su ejemplo que, sea cual sea la decisión que adopte el
protagonista, acabará éste falleciendo en la habitación. ¿Qué es lo que pretende
comunicar el autor mediante esta trágica conclusión? Pues un mensaje muy
sencillo, y a su vez decepcionante: la filosofía no puede ofrecer reglas
eficaces para la acción, de manera que toda reflexión filosófica quedará
enclaustrada también, como el prisionero, en su propia coherencia interna. Es
precisamente entonces cuando aparece el pesimismo de Ernst Portamnor, que será
la base del enfrentamiento desangelado. Afirma Portamnor:
"Dos polos opuestos, no necesariamente antitéticos, no solamente
tienden a enfrentarse entre ellos hasta el extremo de la hemorragia nasal;
pretenden extender su odio hasta el más pequeño folículo piloso del quehacer
humano"[4]
Lo que pretende
dejar claro el autor es que, por muchos esfuerzos que haga el filósofo para
mejorar la raza humana, el odio será siempre un elemento irreductible. Y la
pregunta clave es, pues, la que interroga por el objetivo mismo de la disciplina
filosófica. ¿Cuál es el puesto del filósofo ahora que han quedado refutadas
tanto sus aspiraciones dirigidas a la praxis humana como su concepción del
sujeto trascendental como elemento abstracto separado de un contexto? La
respuesta es contundente y clara: pavo relleno. Por sorprendente que pueda
parecer, Portamnor introduce ahora una imagen semejante a la de la llama que
escupe, y no por ello menos idiosincrásica. ¿Qué pretende significar la imagen
de un pavo relleno? ¿Qué relación mantiene con el quehacer filosófico? Aunque no
sea del todo evidente, la respuesta salta a la vista: el filósofo debe acumular
en su seno toda la información que pueda obtener del mundo, insertándola en un
sistema con coherencia interna que no pretenda influir en la praxis y, mucho
menos, anhelar la consecución de algo parecido a la objetividad. El filósofo
queda situado ahora en un ámbito parecido al del artista, construyendo sistemas
con lógica interna que describen el mundo pero no pretenden con ello emular el
éxito de la predicción científica:
"El filósofo no debe perseguir en sus reflexiones más que el
placer sexual. De hecho éste ha sido siempre el objetivo de los grandes
pensadores a lo largo de los siglos. Quien haya leído el Lisis de Platón
o haya asistido a la despedida de soltero de Edmund Husserl habrá comprobado tal
tesis"[5]
Vemos, por tanto,
que a pesar de la visión pesimista que tiene Ernst Portamnor de la condición
humana, siendo ésta igualmente desesperante por mucho que intente la filosofía
ofrecer modelos razonables de organización social, nos encontramos que en sus
últimas obras defiende el autor una especie de liberación posibilitada por el
placer sexual e incluso estético. La posición de Portamnor parece decantarse
ahora por el escapismo, postulando lo que él mismo denominará inconsciencia
consciente de la incontinencia. Sostiene el autor en 1946, haciendo un
repaso exhaustivo de sus obras precedentes:
"Releo ahora, en mi dúplex de Beverly Hills, el ejemplo de la
ventana invisible y se me ocurre la siguiente reflexión: ¿no sería tal vez el
individuo del ejemplo una abstracción infundada, tan infudada como lo fué en su
momento la 'res extensa' cartesiana? ¿Podría darse el caso de que tal individuo
fuera encerrado por una mujer en una habitación de hormigón? ¿Cuántas paredes de
hormigón hay en Los Ángeles? El caso es que planteé un problema allí donde no
había ninguno. Ya me lo advirtió Wittgenstein aquella mañana jugando al paddle:
los problemas de la filosofía son pseudoproblemas, y de nada sirve dominar el
revés si el caucho de la pelota no es de calidad"[6]
Las reflexiones de Ernst Portamnor no solamente
ofrecen una visión realista y sensata de la condición humana, se muestran
críticas también con los intentos filosóficos de elaborar teorías incapaces de
abordar los asuntos humanos con eficacia y honestidad intelectual. La visión
escapista del último Portamnor no debería deslegitimar todas las consideraciones
anteriores, referentes a la terrible situación del hombre en su enfrentamiento
con una realidad que le es hostil. A pesar de no haber tenido la trascendencia
que merece, Portamnor influirá sin duda alguna en la filosofía venidera, dada la
innegable lucidez de todos los planteamientos que, a lo largo de una intensa
pero corta existencia, había ido formulando. El autor murió en 1966 a los 48
años de edad intentando trocear una barra de turrón de Alicante. Su legado
póstumo está aún en manos de los estudiosos, y se prevé en breve la publicación
de sus obras completas. Esperamos que este breve y sintético análisis de la
filosofía de Ernst Portamnor incite al lector a seguir estudiando su obra,
contribuyendo a su propagación, sacando de ella los mejores frutos y
adentrándose más aún en la naturaleza humana, un pozo sin fondo que ha mantenido
ocupados, desde tiempos inmemoriales, los más grandes intelectos.
Bibliografía
Purificación y exégesis (movimientos bruscos), Ernst Portamnor. Tr. Eudald Muñoz, Madrid,
Atlántida, primera edición, 1967.
Leibniz: ese hombre (quien quiera ser poeta, que se
aparte), Ernst Portamnor. Tr. María Tincalaportte, Madrid,
Mégaloprepéia, tercera edición, 1977.
El sujeto cartesiano y su influencia en el Patchwork, Ernst Portamnor, Tr. Eudald Muñoz, Madrid,
Atlántida, primera edición, 1968.
Nobody speaks about the Spanish Inquisition
(aproximaciones a la metafísica de Carmen de Mairena),
Ernst Portamnor. Tr. Javier Estratosphère, Barcelona, Éxtasis, tercera edición,
1970.
El prepucio en la historia de la filosofía. Los
campos de exterminio nazis y su influencia en el vestuario de Martin Heidegger, Ernst Portamnor. Tr. Eudald Muñoz, Madrid,
Atlántida, tercera edición, 1981.
Los juegos del lenguaje. ¿Es el paddle un juego para
pijos analfabetos?,
Ernst Portamnor. Tr. Margarita Quantotequisse, México, Ecuador, sexta edición,
1990.
Estudios
sobre la filosofía de Ernst Portamnor
Eleuteria y su traje de neopreno,
Antonio Jaén, Madrid, Máximum, primera edición, 1995.
Ernst Portamnor y el enfrentamiento desangelado, Mariana Ruiz-Pardo, Madrid, Atlántida, primera
edición, 1997.
To on to der Parmenides Pitimor,
Gustav Maliraskk, München, Fiódor Pavlóvich, segunda edición, 1969.
Notas
[1]Leibniz: ese hombre (quien quiera ser poeta, que se aparte), página
34.