Aforismos del enfrentamiento. Tres
conclusiones lacrimógenas.
Primer enfrentamiento. La génesis del odio.
Me propongo visitar este gran cementerio que es la humanidad para
encontrar en ella el más pequeño rastro de materia cadavérica. No hay nada
más frío y desolador que lo que avista la mirada en esta interminable
colección de tumbas. Nada más tétrico que la visión del hombre mismo, nada
más estremecedor que sus propias intenciones, nada más doloroso e hiriente
que ser un cuerpo más enterrado bajo capas y capas de odio reprimido. Somos
la historia del hambre y la miseria, bajo la más inocente carcajada yace la
mueca insípida de un muerto.
Nació el hombre envuelto en llagas, sangre y dolor,
y ahora clama venganza y busca a quien le condenó a la muerte. ¿Has
encontrado ya a tu verdugo, pequeña criatura frustrada? No resbales, estás
pisando sangre antigua que ni el paso del tiempo ni la brisa persistente
consiguen coagular.
Como no encuentra culpable más allá del
horizonte, se mira el hombre al espejo y escupe [llama insoportable]. Una
primera hemorragia se convierte en un torrente, ahogado el hombre en su
propia sangre llama por teléfono y se prepara un café con leche.
Segundo enfrentamiento. La mirada del otro y la
hondonada agresiva.
Me inundo de vacío al entregarme a la
interioridad humana. No hay nada dentro de uno mismo. Sólo un espacio
inacabable que produce abulia y desespero. El aire me congela las venas,
alguien no ha cerrado bien la puerta. ¿Podrías cerrarla tú, Maria? Ah,
gracias, eres un sol. Pero del sol a la negra noche, y un búho pardo me
mastica la lengua.
De repente salgo del vacío y alguien me roza la
espalda. Dos vacíos infinitos se tocan y se funden. Dejo de estar solo y el
odio bulle en mis entrañas. El mundo deja de ser mío, un contrato de
alquiler se desploma en mi cabeza.
La presencia del otro inunda su vacío, el hombre
extiende la semilla del odio. Quiero aplastarte, convertirte en sufrimiento
puro. Deseo que no exista nadie, estoy harto de las colas en la seguridad
social.
Tercer enfrentamiento. Trasgresión sintomática.
Cierro mis párpados y contemplo la existencia
desde fuera. Estoy enjaulado. He nacido en un barril lleno de carne. Me
sumerjo en mi desgracia, convierto a mi mujer en una pastilla de jabón y
pronuncio una palabra acabada en erre.
Me aproximo al límite de lo pensable y miro qué
hay afuera. Un poco más arriba dos enanos fabrican una bomba con
nitroglicerina. Me propongo saltar al vacío, pero está en obras. La mala
suerte me persigue. Quiero trabajar de secretaria en una multinacional.
Nace el estado omnipotente y padezco un ataque de
tos. El cumplimiento de la ley sabe a lejía. No recuerdo nunca qué viene
antes, si el trueno o el rayo. Por si acaso compraré un paraguas de cristal.
Me enamoro de ti y de la palabra manteca.
Primera conclusión provisional.
El peso de mis pensamientos me curva la espalda.
Me detengo en un rincón para escupir barbarie. Si es el hombre un animal, ¿por
qué compra trajes de marca? Anduve meditando largo tiempo sobre esta cuestión y
un perro adiestrado me robó los calcetines. Cazo una reflexión al aire de Martin
Heidegger:
"En el 'Se' del 'Se da el ser' habla un estar
presente de algo que está presente, por tanto en cierto modo un ser. Si ponemos
esto en lugar del Se, entonces la proposición 'Se da el ser' dice tanto como 'El
ser da el ser'"
Sustituyo la palabra ser por la palabra
mequetrefe, el término Se por la expresión bofetadas a miles y se abre un mundo:
"En el 'bofetadas a miles' del 'bofetadas a miles
da el mequetrefe' habla un estar presente de algo que está presente, por tanto
en cierto modo un mequetrefe. Si ponemos esto en lugar del bofetadas a miles,
entonces la proposición 'bofetadas a miles da el mequetrefe' dice tanto como 'El
mequetrefe da el mequetrefe'"
Pero ello no responde a la pregunta que interroga
por la naturaleza misma del odio. ¿Es el hombre un ser capaz de odiar? ¿Por qué
odia el ser humano, si es que efectivamente odia? ¿Es el odio una consecuencia
del estado-de-arrojado heideggeriano o simplemente algo derivado del
estado-de-patitas-en-la-calle? Imaginemos por un momento que estamos
presenciando el parto de nuestra hermana gemela. Justo cuando el bebé sale a la
luz, la comadrona lo coge en brazos y le da una palmada en el trasero, para que
aprenda lo que es el dolor terrenal. Pero al darle este pequeño golpe, el niño
se le resbala de las manos y cae al suelo, convirtiéndose en un pisapapeles.
Imaginaos ahora la reacción de la madre, que ni siquiera ha tenido tiempo de
verle el rostro a su hijo. Esto es lo más parecido al odio, quizá cabría
añadirle un poco más de pimienta. El odio es inherente a la condición humana, y
no tiene sentido analizar este hecho en términos morales, no es algo que dé buen
resultado, y menos en invierno. Consideraremos la cuestión como un factum, como
algo que hay que interiorizar desde una postura axiológicamente neutra, si puede
ser también impermeable. Es turbador mirar al ser humano directamente a los
ojos. ¿Veis en él la expresión del odio? Sí, sobretodo un lunes por la mañana.
¿Pero por qué la felicidad no es más que un nadar contra corriente, intentando
fingir que no nos damos cuenta de que existe el inspector de hacienda? ¿Es
verdaderamente esto la vida humana? Pero no hace falta pensar más: mirad al
hombre mismo, en su lucha diaria. Veréis la expresión desangelada del animal
confundido. Se trata de una constatación típicamente filosófica, en el sentido
en que podría decirlo Spinoza si no estuviera ocupado haciendo otras cosas. ¿Qué
sería del mundo sin el odio? Quizá el precio de las verduras descendería, o la
leche nos produciría alergia. El caso es que, habiendo aceptado el odio como un
factum, no tiene sentido considerar mundos posibles. Interesa sólo el mundo que
el odio nos abre, y cabe aprovechar la ocasión, porque algún día podríamos
encontrarlo cerrado. ¿Por qué odia el ser humano? ¿Por qué odia la hermana
gemela a aquella comadrona, en vez de regalarle una caja de bombones? Ello es
algo que nadie (digo nadie en el sentido augustiniano) podrá explicar sin antes
recurrir al puesto del hombre en el cosmos.
Cuarto enfrentamiento. La invención del látigo y
la superestructura.
El hombre nació muerto pero no se pudre. Por eso
existen las brigadas de limpieza. Pero denle un caramelo a un ciego y verán
que se lo come igual. Un sí, un no, una línea recta, una meta... un Happy
Burguer con doble de queso... Entro en terreno pantanoso y con la ropa
interior sucia.
¿Existe algo que pueda ser denominado alma?
Y no me vale el nombre de una niña. La mujer nació de una costilla y, acto
seguido, inventó el látigo. Soy consciente de mis limitaciones y pido una
hipoteca.
Recuerdo al ser humano desnudo, recorría
apresurado los pasajes oscuros de su propia celda. Todas las especies del
reino animal contemplaron satisfechas la agonía de aquel anacoreta
enjaulado, el odio se había apoderado de él. Aplaudieron los primates, el
oso hormiguero ganó la lotería y un papagayo padeció un desprendimiento de
retina.
Quinto enfrentamiento. Surge de la nada una mina
antipersona.
Alguien vierte agonía incandescente en el reverso
de mis pantalones. Llamo a los bomberos y contesta un sordo. Allí donde el
hombre se erige como rey de los primates, resbala y padece contusión
cerebral. ¿Es el hombre un ser-en-el-mundo? Sí, pero sólo a veces. Hay
ocasiones en que es ser-en-el-retrete.
A los que creen en el pacto social: el Estado
soberano es el que posee el mando de la tele, no existe algo parecido a la
voluntad general. Si creéis en el libre albedrío, ¿por qué dejáis que la
asistenta os prepare la comida? Pero el hombre es ciego para consigo mismo,
incapaz de comprar nada si no está de rebajas.
Un dolor punzante invade mi cerebro. Es la metralla del odio,
mezclada con la arena que pisaron mis antepasados. Algo me presiona el
párpado y no pide perdón. Si no te gusta cortarte las uñas de los pies,
trasládate a Angola.
Sexto enfrentamiento. El discurso del analfabeto.
Si la nada existe, ¿por qué no trasladan allí a
mi primo Friedrich? El hombre que es parásito para otros hombres tiene los
días contados, sobretodo desde que se inventó el sable. Si uno plantea la
vida como un proyecto, llegará un momento en el que requerirá los servicios
de un notario.
La cuestión del remordimiento: acciones pasadas
que retornan y agreden la consciencia. Viejas heridas que se abren y
reclaman existencia. No mirar atrás, el olvido que enmascara. Lástima que
esté prohibido circular sin retrovisores.
Si el hombre es un animal social, mi hija autista
debe ser un puercoespín. Desde lo alto, el mundo se parte en dos mitades,
desplomándose ante mí. La guerra es el padre y el rey de todas las cosas,
sobretodo en una cena familiar. Mientras haya hombres que lleven calcetines
blancos con mocasines, habrá guerras en el mundo.
Segunda conclusión provisional.
¿Es el mundo una creación de mi mente? No hace
falta apelar a Dios para negarlo. Si el mundo fuera obra mía, las mujeres irían
desnudas por las calles y los peajes serían gratuitos. Pero ahí esta la duda,
como líquido inflamable a punto de prender. La búsqueda de una verdad certera
empieza allí donde se pierde empleo fijo. Fijémonos por ejemplo en el
discurso cartesiano:
"Así, puesto que los sentidos nos engañan, a las
veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal y como ellos nos la
presentan en la imaginación"
Es decir, si constatamos que nuestra mujer nos ha
engañado con un pulidor de lentes, no podemos fiarnos ni siquiera de lo que
comemos. Porque quizá nos parece que lo que hay en el plato a la hora de la cena
es un filete con guarnición cuando en realidad tenemos ante nuestros propios
ojos la noción kantiana de sujeto trascendental. No se puede ser kantiano sin
tener un buen estómago. O lo que es lo mismo, no se puede estar casado y dejar
que la mujer nos prepare la comida. ¿Niega todo ello la validez de la duda
hiperbólico radical? Todo dependerá de si cocinamos con microondas o, por el
contrario, somos vegetarianos. Pero está claro que, dudando de la constitución
misma del fenómeno en cuanto tal, nos veremos obligados a dudar también del
estatuto ontológico de nuestra pareja sentimental, y ello requeriría la
intervención de un abogado. ¿Cómo podemos estar seguros de que el conocimiento
que poseemos del mundo es verdaderamente cierto, regido por ideas claras y
distintas? Si nos centramos en el ámbito de la biología, podremos constatar este
hecho simplemente sirviéndonos de una aguja. ¿Cómo distinguir un ser vivo de un
elemento inerte? Si punzándolo con una aguja grita o pronuncia la palabra maldición, es que es un ser vivo. ¿Pero acaso gritan las plantas y los
microorganismos? Está claro que sí, aunque el hecho de carecer de testículos
provoque que su voz sea tan aguda que no alcance los límites del umbral de
percepción humano. No podemos negar que la cuestión es compleja y difícil de
determinar desde un enfoque filosófico, pero más difícil es construir un
edificio de diez plantas contando sólo con la ayuda de un cuchillo y un irlandés
maníaco depresivo. Si aceptamos que el mundo es algo que nos viene dado,
aceptaremos también cierto grado de determinismo. Es el típico caso del
alcohólico, que si pega a su mujer es porque el mundo le ha hecho así. Ello lo
intentó mostrar el propio Wittgenstein en sus escritos sobre la certeza:
"268. 'Sé que esto es una mano.' - ¿Y qué es una
mano? - 'Pues, por ejemplo, esto.'"
Y un lector atento adivinará qué es lo que
prosigue al esto: la bofetada, sin ninguna duda. Pero como la mujer no
acostumbra a filosofar más que en cuestiones relacionadas con el estatuto del
sofrito en su relación con los productos cárnicos, lo más probable es que no
entienda la reflexión del alcohólico. Alguien podría acusarme en este punto por
haber insertado en mis constataciones ciertos rasgos machistas. No intentaré
defenderme ante tamaña acusación, simplemente diré que la sociedad me ha hecho
así. Y quien no esté dispuesto a aceptar los postulados del determinismo,
siempre puede alquilar un sidecar.
El hecho de que el mundo no sea una creación del
hombre, como ya ha quedado demostrado, no implica tampoco que tengamos que
defender el determinismo hasta el extremo de la náusea. Está claro que el ser
humano es capaz de incidir en el curso de los acontecimientos, sobretodo si
posee armas de fuego. Recordemos el caso de aquel individuo que, para
demostrarse a sí mismo que era capaz de cambiar su suerte y llevarle la
contraria al destino, intentó afeitarse el pelo e impedir después su
crecimiento, violando de este modo una de las leyes básicas de la naturaleza.
Soportando las incómodas consecuencias que tiene para el ser humano untarse el
cráneo con cemento, soportando estoicamente la feroz tortícolis, consiguió aquel
individuo refutar las tesis de algunos idealistas y, de paso, evitar un
resfriado. Y por si la contrastación empírica no sirve para entender que los
asuntos humanos cabalgan entre el determinismo y la acción libre sobre el medio,
habrá que recurrir a la administración de analgésicos.
Séptimo enfrentamiento. El incremento de la
solución extemporánea.
Se siente el ser humano abandonado por el mundo.
Agrediéndole los vientos con punzantes envestidas, intenta aferrarse a lo
divino como apartando la mirada de la inminente desgracia. La respuesta más
sencilla es también la del cobarde: no debemos olvidar que nuestro abuelo
pudo haber muerto de úlcera gástrica.
No por poseer dos úteros doblaría la mujer su
pensión de viudedad. Es algo que ni en el mismo infierno ocurriría. El calor
dilata los metales, no intentemos ingerir una moneda de cobre dentro de un
horno de inducción.
Constatación filosófica inherente al ciclismo:
todo lo que asciende acaba descendiendo, a no ser que nos quedemos a vivir
en la cima de un monte. El habitante del desierto busca mejorar sin pausa,
desprende sudores mortales que respiran las luciérnagas. Pero las montañas
son dunas, las cimas devienen valles y el precio del carburante es
inestable. Aparece la noción de progreso cuando crece la amplitud del
miembro.
Octavo enfrentamiento. La falta de higiene y los
picores nocturnos.
Ante el frío aterrador de invierno, se desploman
como piedras los párpados del hombre. Despierta su sangre al mediodía y un
timbre arrollador presiona ahogado el tímpano. No abriremos la puerta al
vendedor de enciclopedias si antes no hemos aceptado como válida la
antropofagia.
Mirando al cielo resplandece el rostro incisivo
del cosmos. Centenares de niños zumban en derredor de un animal moribundo.
La mordedura, la rabia ciega y corrosiva, gritos amargos en la negra noche.
Cuando la piedra alcanza su objetivo es demasiado tarde. Ingerir carne en
mal estado impide hacer el amor según el modo geométrico.
Es más fácil aprehender la inmensidad del otro
que coagular la sangre de un muerto. Forzando el sentido mismo de la razón
humana, llegamos a concebir como existente una lasaña. Entre los partidarios
de mojar pan en la salsa de los macarrones, yacerá siempre algún analfabeto.
Pero para conservar intacta la memoria de la tradición no requeriremos la
mirada hacia atrás. Bastará contar con la ayuda de un congelador [Frost].
Noveno enfrentamiento. La presión genital y la
petición de ayuda.
Desprendo la coyuntura de la nada, aceptada como
natural la exégesis. Mortal la mirada del discípulo, entonando místicos
cantos, removiendo masa encefálica que recuerda la simiente nocturna.
Huyendo del dentista, hinco el diente en un barril de anestésicos, descubro
en todo su esplendor la frigidez.
¿Por qué es el hombre un ser-a-la-muerte y no un
lenguado-à-la-meunière? Habría que preguntárselo al diseñador de la
esvástica. ¿Qué me sugiere la palabra rotundo? Lo mismo que
odnutor leído a contrapelo. Hay que aprender a interpretar a
contracorriente, si es posible sin mojarse las amígdalas (salad-gìma)
Aparece de repente una serpiente tetraplégica.
Los gritos que profiero se vuelven contra mí, mastico un hierro y me daño
las encías. Este ruido atronador acabará provocando estreñimiento leve. En
el salto hacia la salvación me desgarro las ingles. Aplaudo y aplasto sin
querer la voluntad de un filantrópico.
Tercera conclusión definitiva.
Es el fin del camino, tiemblan las piernas y una
erección invade el espacio sobrante. Reconcentrado en sí mismo, se enfrenta un
anciano a la metafísica de la presencia. ¿Adónde fueron a parar las nociones
absolutas cuando murió la subjetividad humana? ¿Quién pagó el entierro? Entiendo
un concepto trascendente y mantengo inútilmente ocupada una neurona. Desde la lejanía que proporcionan las alturas, un ser alto y peludo descuartiza
una cabra montesa. Llevamos impregnada la crueldad ajena, alguien está robando
nuestro oxígeno. La religión que mantiene unida la muerte con el alma humana
acostumbra a tener cuentas en Suiza. ¿Por qué, pues, la necesidad de elucubrar
inútilmente sobre algo que existe solamente los lunes por la noche? Bien es
cierto que San Agustín, en las Confesiones, se permite el lujo de escribir en un
mismo párrafo palabras y expresiones tales como hombres, excesivamente carnales,
viscosidad hecha con la mezcla, Consolador y Espíritu Santo. No es de extrañar
que, ya en la baja Escolástica, alguna que otra mujer pasara hambre. Pero hay
que contextualizar siempre una doctrina filosófica para aprehender su sentido
último, y la siguiente cita de Spinoza debería resonar sin pausa por las calles
suburbiales de cualquier metrópolis:
"Sin duda que el caballo y el hombre son
arrastrados por el deseo sexual de procrear"
Moviéndose el ser humano en un mar de
irrefrenables pasiones, es inútil agarrarse en el vacío. El anhelo de la solidez
pétrea, inabarcable con las dos manos, escuece siempre y, al final, deja de
doler. Dada la animalidad humana, habrá que aceptar los postulados de la
equitación, rompiendo con el tabú del incesto, troceando si cabe una lombriz
para sorprender en sus quehaceres la noción misma de infinito en acto.
Memorias de la idiosincrasia.
El tronco eugenésico.
"Pero yo vivo dentro de mi propia luz, y además
no pago alquiler. Hace calor, sí, pero yo reabsorbo en mí todas las llamas que
de mí salen, y te pido por favor, pequeño, que te retires a un lado: aquí todos
no cabemos"
Nietzsche,
Así habló Zarathustra (un libro para alguien en algún sitio)
[traducción libre]
El primer testimonio escrito sobre la patata en
el Viejo Mundo se debe a Pedro Ciega de León, que en 1538, en su crónica del
Perú, la describe como "una turma de tierra que cuando se cuece se hace tan
tierna como una castaña cocida". Sin embargo, este tubérculo, de consumo tan
extendido hoy en día, no se introdujo en nuestro país hasta finales del siglo
XVI y su cultivo tardó cien años más en desarrollarse en los Países Bajos. La
introducción de un nuevo tubérculo en la cultura occidental conlleva no pocas
consecuencias en la concepción del hombre y de su historia. En ocasiones el
filósofo, sumergido en la consideración de lo universal, no se deja iluminar por
el aura de lo minúsculo. Y es que el tamaño ha importado siempre en la
ordenación humana de la realidad caótica. Cuando Nietzsche afirma "Darnach
frage und suche und suchte ich" lo que está queriendo decir en realidad es "el
tamaño no importa, fierecilla". Emerge ya entonces el rubor de la vergüenza,
voy a por un poco de agua y estoy aquí en unos minutos.
Las primeras viviendas construidas en la época
del imperio romano carecían de suministro eléctrico, y para la obtención de agua
corriente no se usaban grifos sino placas de cobre (Cuperplanktonne). Por
ello la mística judía puso de moda los cruceros en alta mar, los cuales
obligaron a llevar a cabo la ardua tarea de desalinizar el agua de las
profundidades oceánicas. Paralelamente, empezaron a idearse los primeros dibujos
animados, y las minifaldas de zinc repercutían en el desarrollo de la industria
ferroviaria. Las palabras de tres sílabas adquirían en oriente medio ciertos
rasgos teológicos, y Baudelaire encargaba una nueva colección de sellos. La
influencia de la literatura de Toussenel se extendía por toda Europa antes de
que la sociedad victoriana aprendiera a controlar las corrientes de aire (¿qué
emerge, pues, de todo ello?, preguntaría Sísifo). Hobbes prefería soportar
el peso de una monarquía antes que intentar afeitar la barba de un
saintsimoniano, y ello debe hacernos pensar en algo relevante, que durante
milenios se ha pasado por alto: detrás de cualquier postulado metafísico se
esconde un intento desesperado de superar el vértigo. Y es que ya en 1895 se
intentaba construir el primer rascacielos de gas natural, y Baudelaire adquiría
una nueva colección de muñecas de porcelana.
El auge de la industria del ocio y el
entretenimiento en las sociedades subdesarrolladas es también un factor a tener
en cuenta: los tuberculosos cercanos a la orilla del Ganges empezaron a
interesarse por el Positivismo lógico, y los primeros judíos exiliados en los
Estados Unidos empezaban a pensar en la posibilidad de tener hijos. El arte por
aquel entonces era un importante reto para la concepción darwinista de lo
humano. Cuando Chagall descubría los terribles efectos de la mezcla de pigmento
azul con abundantes dosis de dinamita escarlata, parecía transferir rasgos
explosivos a la concepción tradicional de los asuntos humanos. Porque
precisamente entonces Hegel descubría que la realidad tenía forma de círculo, y
Baudelaire se hacía con su anhelada colección de neumáticos (phneumaticienne
philantropie).
Podemos recurrir asimismo a una explicación
gastronómica de la pugna entre Leibniz y Newton: el primero negaba que existiera
alguna relación entre el cemento y el hormigón armado, pero al mismo tiempo se
veía obligado a aceptar el carácter claramente rojizo de los labios de su
contrincante. No es banal que, justo en aquella época, empezaran a tener éxito
las sopas de letras (lletter soup mikimaus). Es muy probable que
Aristóteles concibiera el primer libro de la Metafísica de pié en un taburete, y
su manía de escribir en griego insinuaba ya, en términos de Benjamin, "la
línea curva del estilo modernista". La peculiar concepción histórica de la
filosofía tradicional parece culminar en los escritos kantianos, sobretodo si se
leen un jueves por la tarde. Cuando Marx recurre a la imagen de la luciérnaga
con el pelo erizado, mostrando de este modo la alienación de la clase obrera
(que por aquel entonces, recordémoslo, no poseía pezuñas), estaba rompiendo,
quizá sin proponérselo, el carácter marcadamente lúbrico de la prostituta en
cuanto tal. Se habló durante mucho tiempo de cierto anciano de tez pálida, ojos
brillantes y orejas peludas, amante del buen vino y de los cuchillos que cortan
por los dos lados. Construyó su cabaña en medio del monte, sirviéndose sólo de
pelas de plátano, y al pronunciar la palabra 'estrechez' vislumbró en la lejanía
algo parecido a una mesita de noche. En este contexto, no es de extrañar que
Schopenhauer muriera al escribir su nombre, teniendo en cuenta que las carreras
de galgos eran en sus tiempos poco más que una utopía. De hecho, cualquier
noción filosófica escrita en mayúscula no puede aspirar a ser más que un ideal
regulador, y abusar de ella en un escrito de cincuenta páginas puede provocar
pérdidas de orina. El flujo conceptual imparable del acontecer histórico sugiere
que debemos irnos cuanto antes.
Ipseidad del flagelo dañado.
"No te
comas un filete. Si no, los ojos de esa vaca te perseguirán por toda la
eternidad"
Joyce, Ulises, el niño que
aprendió a nacer de espaldas
Un leve anciano con ojos de niño sale a la calle
para vislumbrar la soledad. En el reflejo de su propia mirada encontramos algo
parecido a un lagarto arrugado. Cualquier persona gravemente enferma, justo
antes de morir, acostumbra a preguntarse quién inventó el asfalto, por ello las
grandes respuestas que la teología ha arrojado a la luz de los nuevos tiempos
saben a vinagre. La disposición del mobiliario urbano en las grandes ciudades de
la modernidad encierra en su interior algo dulce, que el propio Flaubert
denominaría con la palabra azúcar. La invención del aeroplano da lugar a una
nueva perspectiva: es ya posible defecar a cincuenta kilómetros de altura. Pero
mientras unos vuelan desde la altura del astro, otros se hunden en el barro, y
la cubertería de plata de alguien brilla en la vitrina de algún domicilio
cercano. Todas las culturas milenarias han usado alguna vez algo parecido a un
trapo para limpiar algo, en este sentido las sentencias de Bruno relumbraron en
un instante oculto y calórico. El culto a los antepasados es una práctica
recurrente, la imitación de conductas destinadas a la cohesión social se repite
una y otra vez, y un dolor punzante en el estómago puede impulsarnos en ciertas
horas del día a venerar a alguna divinidad azteca. En muchas tribus indígenas es
costumbre arrojar vísceras de pato en las profundidades de un campo de trigo,
viendo crecer al cabo de unos meses grandes y brillantes girasoles. Cuando se
acercan las lluvias, en ciertas regiones caen botellas del cielo, que el brujo
de la tribu interpreta como una ofensa de los dioses. Es entonces cuando el
pueblo sacrifica a las mujeres, en medio de una hoguera impresionante, y los
individuos más jóvenes del grupo aprenden a cepillar sus dientes con arena
hervida. La tribu de los Klappatrunk reside desde hace miles de años en lo alto
de una montaña en forma de pene. Allí es habitual el culto a los dioses, y cada
dos meses aproximadamente el gran escultor de la tribu, denominado comúnmente
Maeterlinkk, se dedica a esculpir una estatua en forma de ecuación de tercer
grado, simbolizando de este modo la unión de todas las almas en algo parecido a
un local de alterne. Las viviendas de los klappatrunkenses más humildes carecen
de paredes y ventanas, pero sus inquilinos se protegen de las inclemencias del
tiempo durmiendo boca abajo. El dios más venerado en esta tribu es
Mossdeskuaddrre o guardián del sol, y los gravados que lo ilustran nos muestran
a un gigante con los pies en forma de cruz, ingiriendo algo parecido a una
remolacha. Los primeros antropólogos que mantuvieron algún contacto con la tribu
no dejaron de asombrarse ante las peculiaridades de sus miembros. Algunos de
ellos se mostraban increíblemente hábiles a la hora de practicar el salto de
pértiga sin pértiga, y hasta los miembros menos experimentados conocían de
memoria las reglas del billar. Sin embargo, los klappatrunkenses tardaron en
adaptarse a la presencia de los exploradores de occidente, que eran denominados
Kuluflippe o penes blancos. En todas las culturas es habitual el miedo a la
invasión, por ello los primeros visitantes fueron expulsados con violencia del
territorio klappatrunkense. No fue hasta 1894 que el gran gobernador de la
tribu, Roottweillern, aceptó la presencia de individuos de tez blanca, siempre y
cuando respetaran las costumbres más básicas de la zona, como por ejemplo la de
andar pisando charcos o la de ingerir trozos de sílex y orinar a contraviento.
La tradicional visión de la naturaleza humana se
puso en duda merced a los nuevos descubrimientos antropológicos, las tesis que
defendían la univocidad en el uso de la ropa interior parecían sucumbir ante el
descubrimiento del primer calzón elástico. "J'adore les enfants de moyen âge",
afirmaba Rousseau, dando pie a las más grandilocuentes manifestaciones del
romanticismo. Los grandes fisiólogos del momento se percataron de que los
burgueses dilataban las pupilas el doble de veces que los miembros de la clase
obrera, y ello impulsó a los primeros sindicatos a reclamar un repartimiento más
equitativo de los candelabros de plata. Max Druide fue el primer francés nacido
burgués de cintura para arriba y proletario de cintura para abajo. Sus
extremidades pasaban alternativamente de la situación más precaria a las cenas
más suculentas que cualquier obrero pudiera imaginar. Pronto se dió cuenta de la
imposibilidad de seguir viviendo en constante contradicción, murió apaleado por
sí mismo en un ataque de pánico. Druide había intentado anteriormente fusionar
las distintas clases sociales, fue el primero de los utópicos. Avant la lettre,
propuso un sistema de organización social revolucionario, en que la clase obrera
vendía su fuerza de trabajo y a cambio obtenía una caricia en el cogote. El
contacto físico era para Druide la única vía de comunicación entre las clases
sociales, tan alejadas y con intereses muy distintos. Los primeros druidianos
pertenecían a la burguesía parisina, y construyeron grandes bañeras para que
burgueses y proletarios pudieran bañarse juntos en plena harmonía. Las primeras
sesiones de la baignoire du progrès tuvieron escaso éxito, pero contribuyeron
sin duda a la transmisión de enfermedades infecciosas de una clase social a
otra, paliando de este modo una desigualdad insostenible. Ya entonces resultó
claro que las doctrinas filosóficas podían movilizar a las masas, Marx constató
este hecho poco tiempo después haciéndole creer a un proletario que Explotación
era el nombre de una isla del océano Pacífico.
Actuación viril dramatizada.
"El
liberalismo, desde luego, murió de ántrax. Pero las cosas no pueden hacerse por
la fuerza"
Huxley, Un mundo feliz [tu padre]
Hay un cuadro de Fritz Langer que se llama
Serotonina Summa. En él se representa a un bosque que parece como si
estuviese a punto de cerrar por falta de público. Sus árboles son
desmesuradamente frondosos, la hierba alta y pesadas las piedras. Y este deberá
ser el aspecto de mi vecino del quinto. Ha vuelto el rostro hacia la cocina.
Donde a nosotros se nos manifiesta una mujer obesa, él ve una masa amorfa que
chilla incansablemente. Bien quisiera él acallar el continuo vaivén de
decibelios, pero lo único que hace es rascar levemente algo parecido a un
escroto. La modernidad ha introducido incluso en los hogares más humildes
transistores y baldosas, cualquier intento de convertir el habitáculo en una
estancia apacible queda anulado de inmediato por un arrebato de lujuria, que
algún inglés cultivado podría denominar horterian fashion. Subyace a todo ello
un acusado horror vacui, todo el mundo se da cuenta de repente de que alguien de
su entorno familiar es aficionado a los bordados. A lo largo de la historia del
pensamiento occidental se ha intentado reprimir una y otra vez la tendencia
humana a acumular objetos inservibles, pero ello no ha impedido que las obras de
Santo Tomás hayan permanecido detenidas en alguna vitrina, protegidas de las
inclemencias del tiempo por algún monje aficionado a la experimentación de la
nada. Por suerte, la aparición de la imprenta y la extraordinaria difusión de
los periódicos no ha podido evitar que, en algún rincón del globo, exista algún
analfabeto aficionado a la petanca (Pettankke Verstand).