Hace cuatro años que llevo conmigo unas muletas cada vez que tengo que usar el transporte público. No soy cojo, pero con las muletas me ahorro el tener que ceder mi asiento a ancianas, embarazadas, niños y demás desvalidos. Sé que es inmoral, pero un día me levanté para cederle mi asiento a una presunta embarazada y, como sólo estaba gorda, me llevé una bronca y me sentí tan ridículo que juré no hacerlo nunca más. Soy incívico porque soy vergonzoso y porque la vida me ha tratado mal. De todos modos, pido perdón.
Grado de arrepentimiento: 8 sobre 10. Firmado: Antonio Gil.