Por el hecho de vivir en comunidad, el hombre adquiere una serie de hábitos
y costumbres que no provienen de su propia naturaleza, pero que integra de
tal modo en su comportamiento que, con el tiempo, acaban conformando en él
una segunda naturaleza. Todos nosotros hemos aprendido de la sociedad
ciertas reglas conductuales, y muy pocas veces reflexionamos sobre ellas,
sobre su génesis, porque entendemos que seguirlas es algo natural. Sin
embargo, a veces resulta interesante analizar algunos de estos hábitos, su
evolución a lo largo de la historia.
Hoy les hablaré de una costumbre que todos tenemos incorporada de algún modo,
y que pocos se han parado a analizar. Me estoy refiriendo al hábito de
meterse pollos en la cabeza.
Supongo que les sorprenderá que un acto tan cotidiano, tan banal, pueda
interesar desde el punto de vista teórico. A pesar de ello, debemos tener en
cuenta que meterse pollos en la cabeza no es algo que el hombre haya hecho
siempre. Había un tiempo en el que esto no era normal, por increíble que les
parezca.
El historiador Herbert McFleck asegura que el primer individuo que se puso
un pollo en la cabeza fue el sargento
Newton F. Cole Jr., poco antes de terminar la guerra, en 1945.
Al parecer, el sargento realizó este acto insólito para gastarle una broma a
su colega Frank Heimer, con quien se había desplazado a Milan para
fotografiarse con Mussolini. A Heimer no pareció divertirle la broma del
sargento Cole, por lo que este decidió seguir con el animal en la cabeza
hasta que su amigo reconociera que su ocurrencia había resultado graciosa.
Cuando llevaba unas tres horas con el pollo descansando encima de su cráneo,
el sargento empezó a notar una sensación de bienestar indescriptible, que le
hizo olvidar la crudeza de la guerra. "Frank, cualquiera diría que me he
fumado un petardo de dos metros", exclamó entusiasmado Colt, según explica
McFleck en su estudio. Heimer decidió imitar al sargento, y tras meterse él
también un pollo en la cabeza pudo comprobar que lo que su amigo le decía
era totalmente cierto. Muy pronto, todos los soldados del octavo batallón de
infantería habían probado este extraordinario método de relajación, que se
propagó por doquier hasta convertirse en algo normal y cotidiano.
Hoy en día, en todos los rincones del planeta, y sean cuales sean su sexo,
su religión o su estatus social, todos los hombres practican de vez en
cuando este hábito que, como les he demostrado, no es tan natural como
pudiera parecer.
Evidentemente, se trata de una costumbre beneficiosa para todos, pero sus
efectos son especialmente valorados en las zonas más deprimidas de la Tierra.
También el arte y la literatura han rendido homenaje a esta práctica que
inventó en su día el sargento Newton F. Cole Jr.