Me dirijo de nuevo a ustedes para obsequiarles con otra lección de
antropología cultural. El otro día les hablé del hábito que tenemos los
humanos de meternos pollos encima de la cabeza. Pues bien, en esta ocasión
también les hablaré de una costumbre relacionada con la colocación de
artefactos en el tarro. Porque la cabeza, como dijo en su momento Platón,
"es una cosa muy importante sin
la cual todo el aire entraría directamente en el cuerpo sin ningún tipo de
filtro ni nada". En parte es por esto que en todas las culturas,
sean occidentales, orientales o crudas, encontramos ritos relacionados con
este elemento tan relevante de nuestra anatomía (hay otra parte de la
anatomía que también es muy interesante, pero ya hablaremos de ella otro día).
La costumbre que hoy nos ocupa tiene lugar en un pueblo cercano a Venezuela
que se llama Epiticán. Los epiticanitas viven totalmente apartados de la
civilización, y todas las compras tienen que hacerlas a domicilio. A parte
de esta peculiaridad, también vale la pena aclarar que la religión gobierna
un noventa por ciento de la vida de todos los epiticanitas (el diez por
ciento restante es gobernado por dos dictadores gemelos que siempre se están
peleando). La religión de Epiticán se basa en un animal sagrado que es mitad
cerdo mitad cabritillo, al que todos llaman Marifé. Marifé, según cuenta la
leyenda, nació del estornudo de un profeta (o de un grito o de una colleja,
la cosa no está muy clara), y en el momento de su nacimiento el animalito
convirtió a todos los diestros en zurdos, a todos los zurdos en diestros, y
a todos los mancos en paranoicos. A partir de entonces se consideró que el
estornudo era el peor de los males, y es por esta razón que, desde tiempos
inmemoriales, los epiticanitas no salen de casa sin haberse colocado una
bolsa de cartón en la cabeza.
Si alguna vez visitan Epiticán, no se sorprendan al ver que todos los
habitantes de esta preciosa región lucen una bolsa de cartón en la cabeza.
Es más, procuren adquirir una bolsa bien pronto, porque si les pillan con la
cabeza descubierta les pueden aplicar uno de los tres castigos severos que
manda la religión. El primero consiste en depilar el vello púbico del hereje,
el segundo implica amasarle el escroto con una piedra, y el último y más
temido consiste en colgarle de una torre desnudo y rodeado de buitres. Mejor
no les cuento lo que les harían si les pillaran estornudando.
Aparte del hecho de llevar bolsas en la cabeza, los epiticanitas son gente
normal y corriente, e incluso se duchan más a menudo que los franceses.
Practican deporte:
Van a la playa:
Mean:
Y se masturban en la vía pública bebiendo buen vodka: