Soy el hombre del sacacorchos gigante, y he sido invitado a este weblog para
hablarles un poco de antropología, que es lo que a mí me gusta.
Allan McCollum es uno de los antropólogos más relevantes de nuestro tiempo.
En 1978 viajó a Arlington, Texas, y al llegar a esta preciosa localidad se
dio cuenta de que las gentes que allí vivían estaban totalmente atemorizadas,
tanto que apenas se atrevían a salir a la calle. McCollum interrogó a una
mujer del pueblo para que le dijera qué demonios estaba ocurriendo allí.
Ella se lo explicó todo con pelos (en el bigote) y señales:
Forastero, le recomiendo que se
marche usted de aquí cuanto antes. Unas extrañas figuras están colonizando
el desierto, cada vez hay más y nadie sabe de dónde provienen. Todos
sospechan que tienen un origen extraterrestre. Desde que aparecieron, los
hombres del pueblo padecen impotencia. Y encima las figuras tienen forma de…
en fin… tienen forma como de… bueno, le digo que es mejor que se vaya usted
de aquí.
¿De qué tenían forma estas extrañas figuras que tanto atemorizaban a los
arlingtonienses, o como demonios se llamen? Juzguen ustedes mismos:
No me sean recatados. No me vengan diciendo que parecen cabecitas de mosca,
o micrófonos, o heladitos de fresa.
¡Miren! ¡Miren qué pedazo polla apareció un buen día, de buenas a primeras,
en el pacífico pueblo de Arlington! Esto es un cipote como la copa de un
pino hombre, y eso mismo pensó McCollum cuando lo vio por primera vez.
Siguiendo sus investigaciones, descubrió incluso la presencia de atributos
femeninos. Ya saben, “pepitillas” les llaman algunos:
Los estudios realizados hasta el momento revelan que las figuras están
hechas enteramente de arena del desierto y que tienen una resistencia
asombrosa.
Aunque nadie ha podido determinar aún de dónde provienen los genitales del
desierto, el pueblo de Arlington ha aprendido a convivir con ellos, y el
Sheriff-Intelectual Steve Benedict se encarga de eliminar cualquier
superstición, convenciendo a la población de que todo tiene una explicación
racional.