Ramon Ruipérez fue uno de los musicólogos más prestigiosos de nuestro país.
Amaba la música como nadie, especialmente la ópera, y disfrutaba escribiendo
críticas en los periódicos y en las revistas especializadas. Su temprana
muerte fue recibida con sorpresa y dolor por todos sus amigos y admiradores,
entre los cuales me incluyo.
Ruipérez interpretando "Concierto para piano y peinado de los años ochenta".
A los cuarenta años de edad se le diagnosticó una rara disfunción en el
corazón que debía ser corregida mediante cirugía y con relativa premura.
Ruipérez recurrió a un amigo suyo que era médico para que le asesorase,
quería asegurarse de que le operaría el cirujano más capacitado para ello.
Su amigo le presentó al doctor Vélez, un cirujano brillante y con mucha
experiencia que estaba dispuesto a operarle cuando quisiera. Cenaron todos
juntos en un buen restaurante para conocerse mejor. Fue una velada
agradable. Vélez demostró ser un tipo parco en palabras pero muy formal.
Ruipérez se sintió tranquilo y confiado al conocerle. Vélez pasaría unos
días de relax en la playa y cuando regresara acordarían la fecha de la
operación, que no podía demorarse mucho. “Ya os mandaré una postal desde
allí”, prometió Vélez al despedirse. Por lo visto era un hombre de palabra,
y al cabo de unos días Ruipérez recibió un escrito en el que podía leerse lo
siguiente:
¡Hola!
Aquí en la plalla llueve a
cántabros. He corrido por un camino y he pisado todos los charcos. Tendrías
que haver visto mis calzoncillos que estavan todos mojados. La comida está
buena casi no dejo nada en el plato y tienen lenguado y de todo. Hay unos
panecillos con pipas. Yo me como todas las pipas y dejo el panecillo. Casi
me pica una medusa pero he sido valiente y casi la pesco y todo.
Espero que estés bien. Nos vemos
pronto.
Ignacio.
Ruipérez quedó estupefacto al leer aquello. Vélez parecía oligofrénico,
apenas sabía articular una frase. Estaba claro que un individuo así no podía
operarle. La mujer de Ruipérez insistió en que la operación no podía
atrasarse. Temía por la vida de su esposo:
- ¿Cómo quieres que me abra con un bisturí un tipo que dice que llueve a
cántabros? ¿Piensas que me he vuelto loco?
- Tiene un historial envidiable. Estudió en Harvard. ¡No todo el mundo tiene
por qué escribir como Paul Auster!
- ¿Es que no lo has leído? Este tío escribe como un retrasado mental.
- La cirugía es una actividad artesanal, ¿qué más da lo que sea si es bueno
en lo que hace? Además, la intención es lo que cuenta. Ha sido un detalle el
escribirte.
- No pienso dejar que me toque este tonto del culo. ¡Vamos, es que no
dejaría ni que me lavara el coche!
No hubo manera de convencer a Ruipérez. Su amigo le juró que Vélez sabía lo
que se hacía, pero Ruipérez prefirió buscar algún médico en los Estados
Unidos que le diera más confianza. Sin embargo, la enfermedad se adelantó y
Ruipérez murió antes de que pudieran operarle. Poco tiempo después, su mujer
recibió una carta de Vélez en la que expresaba sus condolencias por la
muerte de Ruipérez. No había en ella ninguna falta de ortografía, y su modo
de expresarse era impecable. La posdata lo aclaraba todo:
“Os envié
una carta desde la playa, pero al parecer la recibió mi padre. Supongo que
confundimos los sobres, así que es probable que recibierais la que mi hijo
le escribió a él. Imagino que os percatasteis del error. No me he enterado
hasta hace poco. Qué estupidez, ¿verdad? Cuídate mucho y no dudes en
llamarnos".