Ikea o el arte de vender piedras

Con mi chánda y mis tacones, arreglá pero informá, salí ayer por la tarde a pasear con Heidi, habiéndome amenazado ella previamente diciendo que me llevaría al Ikea a comprar unas cajas. Y la temible amenaza se cumplió: acabamos encerrándonos en este inmenso palacio de fórmica, parque temático de la clase media.

Al entrar recordé aquella escena de "Desmontando a Harry" en la que Woody Allen baja al infierno y se encuenta al inventor de los muebles de metacrilato. Yo ya sabía que en el Ikea había toda clase de objetos destinados a redecorar la vida del cliente, pero me sorprendió comprobar que entre estos objetos había niños de los tres a los siete años. Además, no estaban disecados ni nada, se movían, gritaban y parecían bien vivos. Heidi me aclaró que aquello era una guardería para que los hijos del cliente pudieran entretenerse mientras su progenitor redecoraba su vida. Yo creo que la palabra indicada no es precisamente 'guardería' sino 'párking' o 'trastero', pero no vamos a discutir sobre esto ahora. En la segunda planta del establecimiento, a parte de niños vivos, había cuartos de baño, electrodomésticos, camas, libros en sueco y envases vacíos de zumo de naranja. También abundaban salones con sofás de ejkai (creo que en sueco se llaman así) y televisores encendidos que nadie mira. Me sorprendieron especialmente unas máquinas destinadas a demostrar al cliente lo robustos que son los muebles que redecorarán su vida: se trata de unos brazos mecánicos que abren y cierran sin cesar puertas de armarios, poniendo a prueba contínuamente la resistencia de las bisagras. No pude evitar acordarme de aquellas máquinas masturbatorias que venden en Internet. De todos modos, aquellos muebles son de todo menos robustos, digan lo que digan los de Ikea. Para empezar, los venden desmontados. Supongo que piensan que, ya que el cliente compra barato, al menos que sude un poco el cabrón. Seguro que en los almacenes del Ikea reciben los muebles montados, pero se dedican a desmontarlos uno a uno para joder. Aunque realmente, lo que a mí más me fastidió fue ver a los empleados del local cantando villancicos, pandereta en mano. No fue una manifestación espontánea, fruto de la joie de vivre, se veía claramente que lo que hacían venía estipulado en su contrato laboral. ¿Dónde demonios han estudiado los asesores y relaciones públicas del Ikea? ¿Nadie les ha dicho que esta técnica de venta al público no funciona y produce vergüenza ajena? En la planta de abajo había toda clase de complementos para el hogar. Y es que en el Ikea uno puede encontrar todos los objetos básicos que necesitará en sus distintas etapas vitales. Seguro que en breve venderán ataúdes. Ahora bien, lo que realmente me dejó pasmado, después de los villancicos y la venta de niños, fueron las piedras. Porque sí, amigos, en el Ikea venden hasta piedras. Y ni siquiera se molestan en pintarlas. ¿Realmente alguien es capaz de comprar piedras en un centro comercial? Es que ni siquiera están pintadas, ni llevan la firma de Mariscal ni de Ruíz de la Prada. Son vulgares piedras de río que se venden en paquetes de seis unidades. Y, por favor, que nadie me diga que son para decorar.  

No quiero que este post sea interpretado como una crítica al capitalismo, al "sistema" y esas cosas. Estoy vacunado ya contra el discurso frankfurtiano kumbayá. Una cosa es el capitalismo y otra la gilipollez. Aunque en Ikea se combinan ambos elementos de tal forma que resulta muy difícil su discernimiento.

 

posteado por El rei Nikochan el 24 de Diciembre de 2003