Nudismo solidario

Últimamente está de moda ser solidario, tolerante y multicultural. Escasean, sin embargo, muestras sinceras de altruismo y filantropía. El miedo a que los demás se aprovechen de nuestra buena fe nos ha convertido en individualistas acérrimos, y no ayudan mucho actitudes como la de aquel grupo de obesas farsantes que, haciéndose pasar por embarazadas, ocupaban todos los asientos de los autobuses. Supongo que lo habrán leído en la prensa.


Deberíamos tomar ejemplo de los habitantes de Chichorrenco, un pequeño pueblo de Andalucía. Allí tuvo lugar hace diez años una terrible injusticia. El cartero del pueblo discutió con su esposa al sorprenderla paseando con su amante, la echó fuera de casa y aseguró que no quería saber nada más de ella. Furiosa y resentida, la mujer depositó en cada uno de los buzones del pueblo la copia de una fotografía en la que aparecía su marido desnudo y sin teñir.

 

 

La esposa vengativa pensó que todos los habitantes del pueblo se mofarían de su marido al ver aquella fotografía. Sin embargo, el cartero de Chichorrenco era apreciado por todos, y ni siquiera una imagen tan ridícula consiguió que sus vecinos le perdieran el respeto. Su mejor amigo, el cerrajero del pueblo, se fotografió desnudo y repartió una copia de la fotografía a todo el mundo para que su compañero no se sintiera solo. Siguieron su ejemplo Augusto Perriqueten, el verdulero, y sus tres hijos Rosauro, Mauro y Silvio. Josefa y Pepandro Japote, dueños del bar “Epícrates”, apoyaron la iniciativa fotografiando a todos los clientes de su establecimiento, que posaron desnudos con una copita de anís en la mano, obsequio de la casa.

 

Anita y Pallejo Lobruzete, dueños de la panadería del pueblo.

 

Al cabo de tres días todos los habitantes del pueblo se habían fotografiado desnudos, exceptuando obviamente al reverendo Landro-Zurraico Panchín. El alcalde de Chichorrenco, Luño Roñejo “El Trafiqueño”, decidió recopilar todas aquellas imágenes y exponerlas en una sala del ayuntamiento. Las gentes del pueblo colaboraron ilusionadas y pronto atrajeron las visitas de muchos curiosos, que aumentaron el comercio e hicieron prosperar la zona.

 

Rosita y Chancho Jarrapiento, el notario.

 

Nunca antes una comunidad como aquella se había puesto de acuerdo para llevar a cabo un acto tan solidario, que exigía cierto sacrificio por parte de todos. Deberíamos tener siempre presentes a aquellos vecinos, pioneros en la práctica del nudismo solidario.

 

posteado por El rei Nikochan el 8 de Septiembre de 2005