Esta mañana me he levantado a las ocho y tenía un grano entre ceja y ceja.
De esos gordos y duros sin capuchón. Cuando digo que no tiene capuchón
quiero decir que no hay vía de escape, un monolítico grano sin fisuras, algo
así como un huevo duro sin yema. O con una yema pequeña y sin ganas de ver
mundo.
En estas situaciones la convivencia es difícil y tormentosa. Es como tener
un nacionalista no independentista entre ceja y ceja. Hace acto de
presencia. Manifiesta su malestar con el status quo. Y luego, amablemente,
le invitas a salir con un empujoncito y aún es peor.
A esta chica de cara tan poco
interesante le han salido un montón de granos del entreteto. El peligro
acecha en cualquier rincón.
Un intelectual como yo lo que hace la mayor parte del tiempo es mesarse la
barba. Queda muy mal estar dando una conferencia, o participando en un
debate en torno a la relación entre la Nouvelle Vague y los ascensores
hidráulicos y, en vez de estar haciendo lo dicho o mordiendo la patilla de
las gafas, o rellenando la pipa, ya saben, cosas de intelectuales; estar ahí:
ápretando la protuberencia del entrecejo. Desapercibida para los demás, sí,
pero no sólo de apariencia vive el hombre.
Y sin embargo, ¿qué podemos hacer en estas situaciones sino esperar a que se
den las condiciones necesarias para provocar la explosión technicolor? Y qué
bonito resulta todo entonces, como una bandera de cataluña saliendo de la
cara de uno para irse a estampar dulcemente en el espejo. ¿Realmente se oyen
o es cosa mía?