Estamos enfermos
Reconocer que se padece una enfermedad es ya un primer paso necesario para superarla. No es ninguna tragedia para mí, pues, tener que confesar que padecemos el síndrome de Estocolmo. Lo que en un principio parecía simple nostalgia, se está transformando ahora en un sentimentalismo bobalicón que me da asco. Hace ya dos años que acabamos la carrera de filosofía y empezamos la de comunicación audiovisual, y desde entonces todo son lamentaciones, suspiros y ñoñerías. “Te acuerdas de…” es la expresión que más hemos repetido en estos últimos meses, después de “joder, macho” o “qué grandes somos”. Y el colmo fue esto:

Unos alumnos de primero de filosofía nos enviaron esta foto del doctor Alegre, el que fue nuestro profesor de historia de la filosofía. Verle ahí, en el aula A, con la pizarra al fondo repleta de términos griegos, nos hizo saltar las lágrimas. Y esto no puede ser. No puede ser porque realmente es ahora cuando estamos aprendiendo algo concreto, alejado de las pajas mentales. Hemos aprendido a manejar una cámara, conocemos técnicas para escribir guiones que antes ignorábamos y sabemos qué tipo de subvenciones ofrece el Ministerio para financiar una película. Pero claro, todo esto nos sabe a poco, es demasiado prosaico. Parece que sólo disfrutamos cuando el profesor de Teoría de la comunicación, el señor Sánchez Navarro, suelta perlas como estas:



































































Atrás