La buena acción del día
Tardó media hora en llegar a la perrera. No había abierto aún la puerta del coche y ya se oían los insistentes ladridos de los perros. El encargado de la perrera, un chico joven y obeso que olía a chucho, salió a recibirle:
- No me diga que viene a llevarse a uno de esos –dijo el chico señalando al interior de la perrera.
- Más bien al contrario. Me he encontrado en la cuneta a un precioso caniche –respondió Cebrián.
El joven puso cara de fastidio y se acercó al coche. Cebrián pensó que los gritos de aquella legión de perros enjaulados resultaban realmente enervantes.
- ¿Es un Lexus verdad? –comentó el chico. -Un precioso utilitario –añadió, esforzándose en no parecer simpático.
- Gracias.
- Venga, saque al perro para que lo vea.
Cebrián abrió la puerta del coche, pero el perro no salió, temiendo quizá que le abandonaran a su suerte de nuevo.
- ¿Podría ayudarme a hacerle salir? No estoy muy acostumbrado a tratar con animales.
- Qué suerte tiene. Yo sí. Y no me refiero a los perros precisamente.
El joven cogió al perro con soltura y lo sacó del automóvil.
- La gente se cree que son juguetes. Tratan a los animales como si fueran cualquier cosa, ¿sabe? La gente se compra un Mercedes, se cansa y lo cambia por un Lexus. Después le toca el turno a un bonito caniche, que acaba siendo sustituido, qué se yo, por un niño africano. Pero esto no es un jodido vertedero de perros, ¿comprende?
- Lo comprendo, pero al fin y al cabo el perro no es mío. Ya le digo que me lo he encontrado en una cuneta. Y antes de que se lo cargue un coche…
- …mejor que cargue otro con él, claro. En todo caso, debería darme su nombre y su dirección.
- ¿Por qué?
- Es un trámite necesario. Estamos obligados a llevar un control.
Cebrián le entregó una tarjeta que indicaba su nombre completo, su dirección, su teléfono e incluso su correo electrónico.
- Lo que me jode de la gente –comentó el joven observando la tarjeta-, de este tipo de gente del que le hablaba, es que antes de presentarse aquí con el perro resulta que lo ensucian a conciencia para que parezca abandonado, como si encima tuviera alguna culpa. A propósito, ¿cómo se llama el suyo?
- No lo sé. Y le repito que este perro no es mío. No merezco que me traten como a un delincuente, encima que me tomo la molestia de recogerlo de la carretera. Hubiera podido pasar de largo, e incluso deshacerme de él pegándole un tiro, pero no lo he hecho. Si no lo quiere me lo dice, pero deje de insultarme de este modo.
- Pegarle un tiro, claro… -dijo el joven sarcásticamente. Se acercó al perro y leyó una inscripción que había en su collar. A Cebrián, curiosamente, no se le había ocurrido hacer tal cosa. ¡Kitty! –gritó. -Se llama Kitty y es una perrita. Vaya, vaya… ¿Y por qué Kitty? Kitty es una gata en los dibujos de la tele. Debería haberle puesto nombre de perro y no de gato. Lassie, Pluto, Rantamplán…
- Esto dígaselo a su dueño en todo caso.
- ¡Rex, como el perro policía! Rex es mucho mejor que Kitty, cómo no se le ocurrió. Aunque claro, es una perra, esto es verdad. Lassie es más femenino y, por tanto, más apropiado.
- Bueno, yo me marcho, así que si se queda con el perro aquí lo tiene. Llámele como le dé la gana. Si no lo quiere lo deja por ahí, que ya estoy hasta aquí de ir por la vida de hermanita de la caridad y, encima, aguantando impertinencias.
El joven murmuró algo en tono burlón, pero Cebrián no le escuchó. Se metió en el coche y regresó a su casa. Durante la cena, le contó a su mujer lo ocurrido y ambos concluyeron que aquel tipo de la perrera debía estar loco. Y lo estaba, sin duda. Aquella misma noche la esposa de Cebrián oyó un disparo. Cuando llegó al salón encontró el cadáver de su marido con una bala en la cabeza. Al verlo, gritó horrorizada y Kitty, saliendo por la puerta de la cocina, se le acercó dispuesta a consolarla lamiendo, juguetona, sus rodillas. Igual que Cebrián, el chico de la perrera creía haber llevado a cabo la buena acción del día.



































































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