4/21/2005

Joseph Filleraud

Es muy probable que ninguno de ustedes conozca al escritor francés Joseph Filleraud. Publicó en 1970 un libro de poemas titulado “Le petit chévalier”, haciendo gala de una poesía atrevida y críptica, pero de una calidad innegable. Una muestra de ello es el poema que dio nombre al libro, del que reproduzco un fragmento:

Dans la rue de Montparnasse

Qui se pique, âgées mange

Dans la chambre

Et dans la plage

Je me sens comme un sauvage.

Si se fijan, todos los versos terminan con la letra e, hecho que tiene lugar también en el resto de poemas del autor. La revista de crítica literaria “Lire” elogió el ingenio de Filleraud: “no es fácil la tarea de Filleraud, y menos si tenemos en cuenta la cantidad de palabras que usamos habitualmente y que no terminan en e. Intenten ustedes mantener una conversación sólo con palabras que acaben en e, y comprobarán que su léxico deviene pobre, limitado a palabros tan estúpidos como boutade, tête-à-tête o radiumthérapie”.

En 1974 Filleraud publicó su primera novela, “Le chien frissonnant”, en la que explica la historia de una monja que salva a un negro de ser apaleado en un acantilado. La obra fue muy bien recibida por la crítica, y la carrera literaria de Filleraud ganó en prestigio y consideración. Sin embargo, pocos años después hizo su aparición en el ámbito de la crítica literaria el señor Charles Mireau, un caballero inteligente, soberbio, implacable y, para colmo, francés. Mireau hundió la carrera de Filleraud en un artículo titulado “Les filles de mon âge” en el que afirmaba haber descubierto algo escandaloso: Filleraud había escrito en realidad un solo libro original, los que publicó después contenían las mismas frases que el primero, pero en distinto orden.

La segunda novela del autor, “J’écris nu”, trataba sobre una monja que obligaba a un negro a construir un acantilado. La tercera explicaba la historia de un negro que vivía en un acantilado con una monja apaleada, y la cuarta novela, la más dura, iba de una monja enamorada de un acantilado y que, desesperada, apaleaba a alguien y se tiraba a un negro. El hecho de que Filleraud hablara de monjas, negros y acantilados en todas sus novelas era visto hasta el momento como un intento del autor de reflexionar sobre la relación existente entre la religión, el racismo y la violencia desde distintos puntos de vista. Mireau demostró que esta obsesión por un mismo tema, lejos de ser una virtud, explicitaba una absoluta falta de originalidad.

Filleraud nunca se defendió de los ataques de Mireau. Al contrario, le envió más de cuarenta cartas de agradecimiento y, en una ocasión, estuvo a punto de violarle en un callejón oscuro y húmedo. Actualmente algunos estudiosos se esfuerzan en recuperar la obra de Filleraud, considerando que, aunque se autoplagiara, Filleraud era un escritor de calidad comprometido con sus propias ideas.

4/19/2005

Habemus Dráculam



Ya era hora, nos han tenido a todos con el alma en vilo.

Al fin, habemus Dráculam:

Cuando haces pop ya no hay stop

Esta mañana me he levantado a las ocho y tenía un grano entre ceja y ceja. De esos gordos y duros sin capuchón. Cuando digo que no tiene capuchón quiero decir que no hay vía de escape, un monolítico grano sin fisuras, algo así como un huevo duro sin yema. O con una yema pequeña y sin ganas de ver mundo.

En estas situaciones la convivencia es difícil y tormentosa. Es como tener un nacionalista no independentista entre ceja y ceja. Hace acto de presencia. Manifiesta su malestar con el status quo. Y luego, amablemente, le invitas a salir con un empujoncito y aún es peor.


A esta chica de cara tan poco interesante le han salido un montón de granos del entreteto. El peligro acecha en cualquier rincón.


Un intelectual como yo lo que hace la mayor parte del tiempo es mesarse la barba. Queda muy mal estar dando una conferencia, o participando en un debate en torno a la relación entre la Nouvelle Vague y los ascensores hidráulicos y, en vez de estar haciendo lo dicho o mordiendo la patilla de las gafas, o rellenando la pipa, ya saben, cosas de intelectuales; estar ahí: ápretando la protuberencia del entrecejo. Desapercibida para los demás, sí, pero no sólo de apariencia vive el hombre.

Y sin embargo, ¿qué podemos hacer en estas situaciones sino esperar a que se den las condiciones necesarias para provocar la explosión technicolor? Y qué bonito resulta todo entonces, como una bandera de cataluña saliendo de la cara de uno para irse a estampar dulcemente en el espejo. ¿Realmente se oyen o es cosa mía?

¿Y qué me dicen del retroceso?

4/04/2005

Psicodrama

Hasta hoy asociaba el término 'psicodrama' a cosas tan dispares como las comidas navideñas en familia o algunos capítulos de la serie "El equipo A". Al parecer estaba totalmente equivocado. El psicodrama es un tipo de terapia psicoanalítica, a juzgar por lo que he leído en esta web. En ella se define el psicodrama como "una forma de pensar la singularidad en grupo, en contacto con otros y a través de la mirada de los otros". Qué quieren que les diga, a mí se me acerca alguien proponiéndome una nueva forma de pensar la singularidad en grupo y cambio de acera. Pero pongámonos serios.


Pongámonos serios, he dicho.

Según los resultados de mis investigaciones, una terapia psicodramática consiste en el hecho de reunir a una serie de individuos con el objetivo de representar una escena determinada, como si de una obra teatral se tratara.


Este caballero, por ejemplo, está interpretando el papel de neumático de caucho. Sin duda está sobreactuando.

Alguien del grupo, generalmente el más cachondo, se encarga de elegir la escena a representar. Puede tratarse de escenas de lo más común: visitas al ginecólogo, sesiones de depilación anal, quemas de libros, etcétera. La dramatización se lleva a cabo empleando las distintas variantes técnicas del psicodrama: la dramatización simbólica, la inversión de roles y la medición de prepucios no circuncidante. Aseguran los partidarios de esta terapia que sus efectos son altamente positivos, ayudan al paciente a liberar tensiones y dinero. Lo que es innegable es que el psicodrama es una cosa seria, pues se imparten cursos sobre el tema en la Universidad de Barcelona.


También es cierto que existen algunos detractores del psicodrama. Ya saben, gente que critica sólo para joder. El máximo exponente de este sector crítico se llama John Wherters. El hombre asegura no haberse recuperado desde que interpretó una típica escena de caza. Dicen que se metió demasiado en el papel. En todo caso, y para más información, les recomiendo que visiten el diccionario del psicodrama, que está al nivel del diccionario filosófico de Josefa Valcárcel, recién publicado aquí en Esponjiforme.

4/03/2005

Pero la vida sigue


Imagen cortesía de ElIrregular.com