La escuela activa

La escuela activa, un sistema pedagógico que estaba muy en boga cuando yo era pequeño, fue una de las impulsoras del karate. De ahí lo de “activa”. Últimamente, una pandilla de místicos chilenos está desarrollando una nueva concepción del karate que traiciona las bases de la escuela activa, basándose en no sé qué historias sobre la recuperación de la tradición y de la espiritualidad de las artes marciales. Mariconadas, en definitiva, que acabarán convirtiendo las clases de karate en performances para afeminados. Atentos a la reflexión del señor Fariña:
Si aceptamos que Karate es amor, es espiritualidad, es la conexión con el universo, con la energía vital, con el Ki; ¿qué es entonces la competición? Dejaré planteada la incógnita, pero antes vuelvo a preguntar: ¿qué sentido tiene el vencer a otra persona? ¿Cuál es el placer de hacerle daño a un compañero de entrenamiento? ¿Qué quiero demostrar al fracturar una costilla?
No perdamos tiempo, despertemos y lancémonos a la aventura del crecimiento personal, de la búsqueda del propio yo.
¿Le parece bien lo que está haciendo, señor Fariña? Está usted incitando a los niños a hacerse pajas en vez de enfrentarse al otro, a la altérité, que diría el filósofo Derrida. Mucho Ki, mucho universo y mucha energía, pero el cuerpo de la Guardia Civil cada vez está más falto de gente con valor. Mis compañeros de clase tenían los huevos como cabezas de enano, y los críos de hoy en día cantan cancioncitas de mierda que escuchan en Operación Triunfo.








La esposa vengativa pensó que todos los habitantes del pueblo se mofarían de su marido al ver aquella fotografía. Sin embargo, el cartero de Chichorrenco era apreciado por todos, y ni siquiera una imagen tan ridícula consiguió que sus vecinos le perdieran el respeto. Su mejor amigo, el cerrajero del pueblo, se fotografió desnudo y repartió una copia de la fotografía a todo el mundo para que su compañero no se sintiera solo. Siguieron su ejemplo Augusto Perriqueten, el verdulero, y sus tres hijos Rosauro, Mauro y Silvio. Josefa y Pepandro Japote, dueños del bar “Epícrates”, apoyaron la iniciativa fotografiando a todos los clientes de su establecimiento, que posaron desnudos con una copita de anís en la mano, obsequio de la casa. 





































































