La ignorancia atrevida
Al hermoso casteller
hemos de menester.
Montando a otros
como si fuesen potros,
erige con descaro
su patriótico falo
y perpetúa, tan lozana,
la cultura catalana.
Parece claro, pues, que la razón de ser de los castellers tiene algo que ver con la procreación. Sin embargo, hay quien prefiere vivir en la ignorancia y reírse de esta tradición tan entrañable, prescindiendo de las explicaciones antropológicas y comportándose, en definitiva, como los paletos. Es el caso de Irvin Mesh, autor de un libro que analiza con cinismo algunas tradiciones culturales basándose, únicamente, en la observación externa y desinformada. En el capítulo titulado “Hay formas más simples de parar un taxi”, Mesh se centra en los castellers y se manifiesta incapaz de comprender qué es lo que les impulsa a montarse unos encima de otros, acusándoles además de maltratar a menores:
“Cuando parece que la torre humana está a punto de desmembrarse, es decir, en el momento de máximo peligro, aparece una criatura temeraria que trepa hasta lo más alto y alza la mano como si quisiera parar un taxi. Generalmente, lo que acaba necesitando es una ambulancia, especialmente cuando el crío pierde el equilibrio y clava con fuerza sus dientes de leche en el pavimento. Ellos denominan amar la tierra aquello que la mayoría entendemos por comerse literalmente el suelo”
No contento con esto, Mesh prosigue con su desfachatez y propone convertir la tradición en algo verdaderamente útil:
“Estuve un tiempo conviviendo con algunas agrupaciones de castellers. Admiro el afán de superación de los Futurruños de Vilafrankey, el compañerismo de los Pardalets de Cardafolls y la carrera imparable de los Francolí Rapers. Sin embargo, pienso que estos zagales podrían hacer un servicio a la comunidad además de exhibirse. Hablé con los responsables del aeropuerto de Reus y les propuse contratar a sus castellers para regular el tráfico aéreo, indicando desde lo alto a los aviones dónde deben aparcar, dónde tienen que pararse, etcétera. No me hicieron ni caso. Tampoco quisieron escucharme los del ayuntamiento. Les propuse que emplearan a los castellers para sustituir las bombillas fundidas del alumbrado público, ellos que llegan tan arriba”

No es mi intención publicitar el libro de Irvin Mesh, y es por ello que me niego a aportar más datos al respecto. Me basta con que haya servido como ejemplo de la actitud que hay que evitar a la hora de enfrentarnos a manifestaciones culturales cuyo origen desconocemos.



































































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