5/29/2006

El Hotel Borreidos

Me encargaron un guión muy complicado para un vídeo industrial sobre calderas, termostatos y aparatos similares. Necesitaba algo de calma, un ambiente relajado que invitara a la creación. Me metí en el coche y me alejé de la ciudad sin saber muy bien adónde ir. Muchas de mis mejores ideas se me habían ocurrido conduciendo, de modo que me importaba más el propio viaje que el destino final. Habiendo devorado autopistas, autovías y carreteras secundarias durante más de cinco horas seguidas sin que la inspiración hubiera hecho acto de presencia, decidí parar en algún sitio porque necesitaba dormir. Aparqué finalmente delante del Hotel Borreidos. Era un edificio gris, construido probablemente en los años setenta y francamente mal conservado. Un lugar de paso, situado en la periferia de una pequeña ciudad de provincias de nombre impronunciable.
“Una habitación individual para una sola noche. ¿Es correcto?”, preguntó un viejo de pelo engominado que parecía ser el encargado del hotel. “Sí, es correcto”. “¿Le va bien la 113?”. “¿Por qué no me iba a ir bien?”, dije extrañado por la pregunta, que se me antojó bastante estúpida. “Para algunos clientes la cosa de los números es importante. Gente supersticiosa, ya sabe”. “Bueno, yo no soy de esos”. “Me alegro, pero de todos modos me gustaría que me firmara un papel”. Se acercó a mí como si fuera a revelarme algún secreto inconfesable y añadió: “es una tontería, se reirá cuando lo lea, pero preferimos dejar las cosas claras para la tranquilidad de todos”. El tipo tenía razón, me reí mucho al leer el primer párrafo del documento: Según cuentan algunos historiadores y arqueólogos, el Hotel Borreidos se construyó encima de un antiguo cementerio indio. No seguí leyendo. Levanté la vista y le dije al encargado: “oiga, ¿cómo quiere que haya cementerios indios en España?”. “He mantenido discusiones sobre el tema con mucha gente. Puede creérselo o no. Firmando esto usted confirma que ha sido informado de lo del cementerio y que se compromete a no usar la anécdota como excusa para marcharse sin pagar. Sé que es ridículo, pero muchos clientes se iban después de que alguien del personal les explicara lo del cementerio, dejando las facturas impagadas”.

¿Un cementerio indio?

Firmé el absurdo documento, recogí la llave y me instalé en la habitación 113. Nada más sentarme delante del ordenador portátil, un torrente de ideas invadió mi mente: calderas de bajo consumo, rendimiento estacionario del 94 por ciento, diseño compacto y reducido para minimizar pérdidas… me sentía el poeta de la climatización, estaba convirtiendo la caldera de condensación en un mito de la Literatura Universal, en una metáfora de los ciclos naturales que todo lo rigen y todo lo dominan. Sin embargo, la explosión creativa fue pronto interrumpida por un ruido procedente del pasillo. Era música de discoteca. Algún desaprensivo había montado una fiesta en su habitación y eran las doce de la noche. Llamé inmediatamente a la recepción y respondió una muchacha: “siento mucho que oiga ruidos, señor, pero tengo entendido que ya se le ha informado de la anterior presencia de un cementerio indio en el lugar donde…” Interrumpí el discurso de la chica al escuchar la tontería del cementerio y le dije que la música de discoteca no tenía nada que ver con los indios, que hiciera el favor de averiguar quién era el responsable de aquello y que le hiciera bajar el volumen de una vez. “Lo siento de veras, pero no puedo hacer nada. Relájese y procure no obsesionarse. Buenas noches”. Pensé en bajar al hall y continuar la discusión cara a cara con la recepcionista, pero decidí ducharme antes. Cambié de idea al ver que el desagüe de la ducha estaba lleno de pelos. “Lo lamento muchísimo. Procure ignorar las apariciones y los ruidos extraños. Si se muestra débil, irán a por usted”. Aquello era intolerable. El hotel estaba sucio y usaban el cementerio indio para eludir responsabilidades. Metí de nuevo mi ropa en la maleta y bajé a la recepción dispuesto a poner los puntos sobre las íes. La recepcionista no quiso atenderme, fue a buscar directamente al encargado. Al cabo de cinco minutos apareció el señor engominado mostrando el documento que me había hecho firmar como si se tratara de un arma invencible. “¡Se le ha avisado previamente! ¡Usted lo ha firmado!”. “Oiga, mi habitación está sucia. Sucia de no lavarla, simplemente. ¡Aquí los indios y sus cementerios ni entran ni salen!”. De pronto apareció detrás de mi un señor en pijama que, al parecer, intentaba dormir en un sofá del hall. “Haga el favor de no gritar de esa manera, ¿quiere? La cama de mi habitación se ha partido por la mitad y tengo que dormir aquí. ¡Me río de sus pelos en la ducha! La culpa no la tienen estos señores. Ellos le avisaron. Ahora intente reaccionar como un adulto y no se lo ponga más difícil. Bastante tienen con lo que les ha tocado. ¡Un hotel maldito con clientes intransigentes como usted!”. El encargado y la recepcionista aplaudieron la intervención del tipo mirándome con desprecio. Aquello era indignante. “Muy bien, usted padece una especie de síndrome de Estocolmo, pero yo no pienso dejar que se me tome el pelo de esta manera. Me voy.” Dicho esto, levanté mi maleta del suelo y me dirigí a la salida. El encargado salió furioso del mostrador dispuesto a perseguirme y gritó: “¡Si se va sin pagar llamaré a la policía!”. “¿Sin pagar?”, respondí fingiendo incredulidad. “Le he pagado a la chica antes de que usted viniera. Si han desaparecido los billetes hable con sus amigos del cementerio indio”. Mi réplica dejó al encargado sin palabras. Aproveché su silencio y me marché decidido sin volver la vista atrás.