Estoy cursando actualmente un Master en producción y dirección de cine y televisión. Hace unos días entregué el último ejercicio que me encargaron, consistente en ofrecer un ejemplo de intertextualidad en el audiovisual. Era fácil salir del paso con ejemplos más o menos típicos y académicos, pero como era consciente de que se trataba del último ejercicio que realizaba como estudiante, tiré la casa por la ventana y decidí hablar de lo que realmente me pone, dispuesto a aceptar un suspenso como respuesta. Lo reproduzco aquí por si alguno de ustedes desconoce la obra de
Juan Antonio Bayona, un auténtico maestro.
Los ejemplos de intertextualidad y de metatextualidad en el cine contemporáneo son muy abundantes. De hecho, cuando se define el cine posmoderno, suele recurrirse a este tipo de prácticas discursivas como elementos paradigmáticos, aunque la intertextualidad no sea un invento reciente. En el ámbito del humor es muy frecuente emplear el metatexto como golpe de efecto cómico. El hecho de examinar el propio discurso desde fuera implica una descontextualización que, en ciertas ocasiones, puede resultar hilarante. Los Monty Phyton eran unos maestros de la descontextualización con fines cómicos, tal y como demuestran en aquel sketch en el que un flan se enfrenta a un escocés en un partido de tenis. Los mismos autores ofrecen un ejemplo de metatextualidad cuando en uno de sus gags aparecen los cámaras y el propio director, que ordena que se detenga la filmación porque todo aquello es demasiado estúpido. El gag pasa a referirse a sí mismo, cambia totalmente el contexto discursivo y el espectador reacciona con una carcajada incontrolable. Jugar con el propio texto o relacionarlo con otros es también un guiño para el espectador competente que capta dicho juego y se siente gratificado por ello. Puede ocurrir, sin embargo, que el texto resulte incomprensible para el que no entienda el juego intertextual, y en ese caso el espectador se siente desplazado. No son pocas las personas que se han sentido subnormales viendo las películas de David Lynch. Normalmente esas personas, para salvaguardar su amor propio, acaban concluyendo que en realidad el idiota es el propio Lynch. Yo sigo anclado aún en esta estrategia infantil de autoengaño y no pienso moverme de ahí. Si se trata, pues, de elegir un fragmento audiovisual que ejemplifique el juego de la intertextualidad, me decanto sin duda por la opera magna de Juan Antonio Bayona, ese realizador barcelonés de descomunal talento. Me refiero a uno de los muchos y magníficos videoclips que ha realizado para el conjunto musical Camela, concretamente el de la canción titulada “Cuando zarpa el amor”. No es el único videoclip en el que Bayona se dedica a jugar con referentes cinematográficos. El de “Nunca debí enamorarme”, otra canción de Camela, puede entenderse como una versión magistral de “El fantasma de la ópera”. Pero en “Cuando zarpa el amor” Bayona se muestra inspirado como nunca, realizando un precioso homenaje a Sergio Leone y al western en general. Clint Eastwood es sustituido por el cantante de Camela, gitano como el que más, pero permanece el tratamiento de los personajes tan característico del cine de Leone, con esos primeros planos que le hielan a uno la sangre. El recurso narrativo del reloj que nos marca la hora en la que ahorcarán a la muchacha del protagonista está sacado de la película “Rápida y mortal”, el último plano de todos me hizo pensar en “Lo que el viento se llevó”, y estoy seguro de que la obra tiene otras referencias que no he captado. Hay quien dice incluso que el personaje del verdugo está sacado de “Hellboy”. A mí me recuerda en cierto modo al estilo de los hermanos Coen. “Cuando zarpa el amor” es, en definitiva, una pieza interesantísima y un gran ejemplo de intertextualidad. A mí hasta me entran ganas de comprarme un disco de Camela, esos carismáticos representantes del "technogypsy" español.
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