7/05/2006

A todo riesgo

Basado en un hecho real
Antonio Cebollajo es de esas personas que consideran que el coche es la prolongación de uno mismo. “Cada vez que cierras la puerta de esta manera es como si me pillaras la punta de la polla con la cremallera de los tejanos. O tratas al coche como a mi chorra o te bajas”. En respuesta a aquella declaración suya, la novia de Cebollajo le había forzado a escoger entre ella y el coche. Poco después, la chica se alejaba de su casa con sus maletas y su cojera crónica.
El día en el que su coche cumplía tres meses, Cebollajo encontró una notita en el limpiaparabrisas. “Lo siento mucho. Calculé mal las distancias. Le dejo mi teléfono. Llámeme, por favor”. Inspeccionó el coche angustiado hasta encontrar el temido desperfecto: una pequeña abolladura en el parachoques trasero. El autor de la nota insistía en quedar en una cafetería céntrica para arreglar el papeleo. Cebollajo hubiera preferido un encuentro más impersonal, pero aceptó dispuesto a terminar con el asunto lo antes posible. “Oiga, ¿y cómo vamos a reconocernos?”. “Llevaré una flor en la solapa”, respondió el tipo. “Vamos, no me joda”. Cebollajo no obtuvo respuesta. Su interlocutor ya había colgado el teléfono.
Con su florecilla en la solapa, su cabello barnizado con gomina y su carita de tontito de la clase, esperaba en la cafetería el caballero de la nota. Cebollajo lo reconoció enseguida y, tras un breve saludo, le pidió los papeles. “Siéntese y pídale algo al camarero. Invito yo”. “Se lo agradezco pero tengo prisa”, interrumpió Cebollajo. “Es que he olvidado los papeles. Ahora me los traerá mi madre. ¡Habrá que hacer tiempo!”. Cebollajo apretó los dientes casi hasta destrozarlos. “!Habrá que hacer tiempo!” había dicho el muy imbécil, con aquella sonrisita de “pégame una hostia”, aquel trajecito de tonto del culo y aquellas ganas que le estaban entrando de coger la notita y hacérsela tragar entera. “Voy al lavabo”, dijo finalmente conteniendo su furia. Se lavó la cara con agua fría, apuntó su dirección en un papel y volvió a la mesa del capullo de la florecilla. “Aquí tiene mi dirección. Me envía los papeles por correo cuando los tenga”. El tipo le indicó que se esperara. Estaba hablando por teléfono. “Bueno, pues quedamos entonces esta tarde en la cafetería. Y lo siento de veras. Calculé mal las distancias”. Cebollajo alucinó al escuchar aquello. Eran las mismas palabras que el tipo había empleado en su anterior conversación telefónica. “¿Qué pasa? ¿Es que también le ha abollado el coche a otro?”. El tipo sonrió como si le hubieran contado un chiste. “En estos días es difícil encontrar a alguien con quien charlar tranquilamente, ¿sabe? La gente te ignora excepto cuando quiere algo de ti. Pero siéntese, haga el favor”. Cebollajo pensó que no podía ser verdad. Nadie en su sano juicio destrozaría una propiedad ajena sólo para tener a alguien con quien tomar un café. Pero aquel tipo no estaba en su sano juicio. Sólo había que fijarse en su atuendo y en aquella estúpida mirada de besugo. “Usted necesita ayuda. Lo que está haciendo no es normal”. Dicho esto, Cebollajo se fue a casa consciente de que tendría que pagar él mismo la reparación del coche.
Aquella misma tarde, en el parking, se cruzó con el vigilante y aprovechó para contarle lo sucedido. Al parecer, por la mañana un tal señor Urmeño se había encontrado el coche abollado y una notita en el parabrisas. Probablemente, Urmeño era el tipo que había llamado al chalado mientras Cebollajo estaba en el lavabo de la cafetería. El vigilante no tenía el teléfono de Urmeño, de modo que no era posible avisarle. Cebollajo subió al coche y se dirigió de nuevo a la cafetería, seguro de que encontraría allí al tipo de la florecilla con su nueva y desprevenida víctima.

Efectivamente, allí estaba el muy loco con su traje ridículo y en la mesa de siempre, charlando con el pobre Urmeño. Cebollajo se acercó a la mesa, pero justo entonces el chalado se levantó y se dirigió al lavabo sin percatarse de su presencia. Cebollajo aprovechó la oportunidad y se sentó ante Urmeño para explicárselo todo. No obstante, el tipo ya estaba al corriente de la situación:

- Enseguida he visto de qué va la cosa. Me ha invitado a su casa para darme los papeles y me ha hablado de lo solo que está.

- Menudo chalado. Pues ya verá el susto que se va a pegar cuando me vea con usted. A ese maricón se le pasarán las ganas de ir persiguiendo a desconocidos.

- No, oiga, no. Lo mejor es que se vaya. Yo lo que quiero es que me pague la reparación. No sabe lo caro que me sale el taller cada vez que le ocurre alguna chorrada al coche.

- ¡Pero si ese quiere rollo! No le dará los papeles hasta que… ya sabe… hasta que...

- Váyase, por favor. Eso es asunto mío. Yo no puedo pagar la reparación del coche y no lo tengo a todo riesgo. Y ahora déjeme solo, que va a volver.

- Señor Urmeño, sepa usted que le admiro. Pocas personas harían algo así por su coche. Esto es alucinante.

Cebollajo se alejó y se sentó en la barra atónito. Al cabo de dos minutos volvió el loco del lavabo y siguió charlando con Urmeño. Media hora más tarde, pagaron la consumición y, cogidos del brazo como un par de tortolitos, abandonaron el local.