8/01/2006

Cólicos, percheros y poetas muertos

Estoy inmerso en la traducción de una obra de Alasdair Larventer dedicada a compilar anécdotas profesionales recogidas en distintos lugares del mundo. Les ofrezco en primicia una breve selección de las mejores historias.

El autor del libro con un viejo amigo.

El cólico inoportuno.

En 1996 se celebró en Illinois un juicio en el que un hombre era acusado de matar al perro de su vecina con un hueso de pollo envenenado. La mujer relataba entre sollozos la lenta y dolorosa agonía del animal cuando, de repente, el juez se levantó tembloroso de su silla y exclamó: “disculpen, me he cagado”. Acto seguido, y ante los rostros alucinados de la audiencia, se encaminó hacia los lavabos del juzgado andando a trompicones e intentando no mostrar la mancha informe que se extendía en la parte trasera de sus pantalones.

El paciente en el perchero.

Un paciente acobardado acudió a la consulta de un reputado digestólogo para que se le practicara una laparoscopia. La enfermera le condujo hasta la sala en la que se realizaría la exploración y le dijo: “Quítese la ropa y estírese aquí. El doctor estará con usted en unos minutos”. Cuando el médico entró en la sala se encontró al paciente desnudo y abrazado a un perchero de diseño. Al parecer, había entendido mal las instrucciones de la enfermera y, confundiendo el perchero con algún aparato sofisticado, se había subido a él en vez de estirarse en la camilla.

El comensal enano.

Robert J. recordará siempre el día en que metió la pata de forma escandalosa cuando un grupo de ejecutivos visitó su restaurante de lujo. Eran tres hombres y una mujer vestidos con sus mejores galas e iban acompañados de lo que parecía ser un niño con camiseta a rayas. Robert les entregó las cartas y añadió cortésmente: “disponemos también, si lo desean, de un menú especial para el niño”. La mujer que estaba sentada precisamente al lado de la criatura respondió: “¿A qué niño se refiere?”. El camarero se dio cuenta entonces del error: el enanismo y la indumentaria más bien informal de uno de los comensales hizo que Robert le confundiera con una criatura. Se produjo un silencio incómodo, tras el cual el enano exclamó: “el niño tomará un Johnnie Walker etiqueta negra en vaso corto, si es usted tan amable”. Robert asintió avergonzado y se retiró con la cabeza gacha.

El librero malvado.

Al encargado de la sección de libros de un centro comercial alemán le comunicaron un buen día que no le renovarían el contrato. Indignado por el trato de sus superiores, y con el apoyo de los compañeros que tanto le apreciaban, planeó una gamberrada histórica. Colocó una obra de Hölderlin en la sección de novedades de la librería, con una nota al lado que rezaba lo siguiente: “a las seis de la tarde, el autor estará firmando libros en el hall principal”. Algunos clientes incautos adquirieron la obra y se dirigieron al hall a la hora indicada. Al llegar allí, el propio encargado les recibía con una gran pancarta que decía: “¡Hölderlin murió en 1843, incultos hijos de puta!”.