Ravennius
No sé si lo recordarán porque pasó hace muchos años. A mí se me quedó grabado en la memoria. Puedo reproducir mentalmente los hechos como si estuvieran ocurriendo ahora mismo, soy capaz de retroceder diez años en el tiempo y volver acto seguido al presente para contar lo que pasó aquella mañana. Es la diferencia que existe entre leer una noticia en el periódico y estar allí mientras ocurre, en vivo y en directo. Cuando consigo que algunos recuerden el suceso compruebo que le restan importancia: es verdad, me dicen, el autobús que se desvió de su ruta, lo del conductor chalado. Ciertamente, lo que ocurrió aquel 12 de Octubre no fue más que una mera anécdota: un autobús de la línea 75, la que me llevaba cada día al colegio, se salió de su trayecto habitual y acabó en la playa, desconcertando a todos los viajeros. El hecho de que yo estuviese allí no convierte el acontecimiento en algo histórico. Sin embargo, me molesta que el conductor, el tipo que decidió en un momento dado romper la monotonía, saltarse las paradas y llevarnos a la playa porque hacía buen tiempo, sea recordado simplemente como un enfermo mental. A raíz de todo aquello, ese señor se convirtió en un héroe para mí. No llegó a representar un modelo de conducta, por supuesto, pero sí alguien digno de admiración por su enorme valentía. Cálmense, señores, que ya estamos llegando. Es lo que iba repitiendo, con su voz aflautada y su sonrisa bonachona que nunca olvidaré, mientras la gente le increpaba al ver que había girado cuando no debía, saliéndose de la trayectoria habitual. Muy pronto todo el mundo se dio cuenta de que el hombre conducía hacia un objetivo preestablecido. No se había equivocado, se había vuelto loco y probablemente acabaría estrellándonos contra un muro, una iglesia o algo parecido. Todos llegamos aproximadamente a esa conclusión, y yo me asusté especialmente al recordar aquella película llamada Speed que, justamente, se había estrenado el año anterior. Me percaté de que la gente perdía igualmente el control aunque no hubiera bombas ni armas ni amenazas de por medio. Bastaba con que se rompiera una rutina en el momento más inesperado. Bastaba con que un autobús alcanzara un contexto impropio, fuera de lo previsto y, por lo tanto, peligroso. Ya hemos llegado. Señoras y señores: la playa. Es lo que dijo el conductor cuando aparcó el autobús encima de la arena (tuvieron que sacarlo de allí con una grúa). La gente bajó inmediatamente y él, con toda la tranquilidad del mundo, se quitó la camiseta, se bajó los pantalones y se dirigió al mar, dispuesto a darse un baño. Harto de conducir en círculos día tras día y año tras año, había decidido descansar y animar a los demás a hacer lo mismo.
No se supo nada más de aquel tipo. Por supuesto, no volvió a trabajar en la empresa de autobuses. Su nombre apareció en los periódicos durante tres o cuatro días y después volvió al anonimato del que había logrado escapar por unas horas. De no haber estado en aquel autobús hace diez años, ni siquiera le habría reconocido al verle en el vídeo.
No se supo nada más de aquel tipo. Por supuesto, no volvió a trabajar en la empresa de autobuses. Su nombre apareció en los periódicos durante tres o cuatro días y después volvió al anonimato del que había logrado escapar por unas horas. De no haber estado en aquel autobús hace diez años, ni siquiera le habría reconocido al verle en el vídeo.
Di con él buscando tonterías en Youtube, me pilló totalmente desprevenido. Pensaba que no volvería a verle nunca más y, sin embargo, aquí lo tienen. Sigue relajándose en la playa y conserva, al parecer, la alegría propia de un ser libre. He buscado más información sobre él y, por lo visto, sigue siendo conductor, pero no de autobuses. Lo que conduce ahora es un informativo divertidísimo que se titula “Ravennius”. No se lo pierdan, caballeros.



































































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