Homenaje a Umberto Eco


- Bueno, ¿me pongo aquí? ¿Hago como que estiro las sábanas?
- Tú ve haciendo la cama tranquilamente y yo iré fotografiando las distintas fases del proceso. Lo iremos haciendo hasta que tenga material suficiente.
- Es que estoy agotado. Me duele la espalda y si mi tengo que agachar continuamente…
Eco no paraba de lamentarse y Hylen finalmente tuvo que ponerse seria. La revista pagaría mucho dinero por aquello, ella había viajado desde Nueva York y no estaba dispuesta a tolerar aquella actitud. De repente, Eco se sentó en su cama, se tapó el rostro con las manos y empezó a sollozar como una criatura. Hylen se asustó, después sintió pena y se le acercó, rodeando al filósofo con el brazo derecho. “No te lo tomes así. No quería estresarte. Si quieres lo dejamos para más tarde”. Eco se levantó llorando desconsoladamente y le confesó a la periodista entre gemidos que no sabía hacerse la cama, que nunca se la había hecho y que le parecía ridículo hacerla para tener que deshacerla al cabo de unas horas.
- Me estás diciendo que en toda tu vida…
- ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Qué sabrás tú de mi vida! – interrumpió Eco, furioso y desesperado.
Hylen se sintió conmovida y abrazó a Eco con todo el cariño que fue capaz de exteriorizar. Como un niño arropado por su madre, el hombre se fue tranquilizando. La periodista le acarició tiernamente, Eco la besó en el cuello, luego en la boca, y sus cuerpos se fundieron en uno encima de la cama deshecha. Después de hacer el amor, Hylen sonrió y, vistiéndose con calma, dijo:
- Tranquilo, Umberto. Hoy te enseñaré a hacer la cama. Voy a hacer contigo mis mejores fotografías…
Al oír sus palabras, Eco se levantó airado y empezó a bramar como un poseso:
- ¡Puedes meterte la cama donde te quepa, coge tu camarita y vuelve a tu ciudad de mierda, maldita puta, estúpida zorra degenerada! ¡Tú y todos los periodistas me vais a dejar tranquilo de una puta vez! ¡Y ahora lárgate de aquí! ¡Lárgate! ¿Lo has entendido ahora o quieres que te diga cómo hay que interpretarlo?
Hylen era una mujer con carácter y no estaba dispuesta a aceptar aquella humillación:
- ¿Has follado conmigo porque no querías que te obligara a hacer la cama? ¿Cómo puede alguien llegar a ser tan mezquino e infantil? ¿Cómo coño has podido…?
- ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate de una puta vez, zorra gilipollas! Yo he escrito muchos libros que ni siquiera habrás leído, no me llegáis a la suela del zapato ni tú ni todos los periodistas de mierda que publicáis revistas de mierda con fotos de mierda. ¡Qué más me da no saber hacer la cama! ¡Me importa una mierda la cama! ¡A la mierda con la cama!
Totalmente fuera de sí, el escritor empezó a desgarrar las sábanas, lanzándolas al aire entre gritos de histeria. Indignada, Hylen recogió su material y abandonó la casa del escritor. “¡Ojalá te pudras en el jodido infierno, inútil!”, gritó desde la calle, impotente y rabiosa al constatar que no podría acabar su reportaje tal como lo había planeado.







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Pronto se desarrolló una industria dedicada a la fabricación de adornos para televisores. Actualmente, existen aún muchas empresas especializadas en la realización de este tipo de artilugios, fabricando desde galgos de porcelana hasta ceniceros enormes con la inscripción “Recuerdo de Cuenca”. Ahora, esta industria se ha visto seriamente amenazada por la aparición de los televisores de plasma:
La imposibilidad de personalizar los televisores de plasma con las clásicas figuritas de adorno pone en peligro miles de empleos y está a punto de erradicar una larga tradición fundamentada en el instinto humano de adaptación al medio.

































































