4/28/2006

Homenaje a Umberto Eco

Hacía diez años que Jessica Hylen trabajaba para la revista “Coolture”. Muchos de sus reportajes fotográficos habían dado la vuelta al mundo y eran alabados frecuentemente por su originalidad y atrevimiento. Aquella misma mañana, mientras tomaba un baño, Jessica había tenido una idea para otro reportaje y ahora se la explicaba eufórica al editor de la revista: “Jerry, será lo mejor que habré hecho en todo este tiempo. Si me consigues los contactos, vamos a arrasar. La idea es muy simple: tenemos que fotografiar a los intelectuales más célebres del momento realizando tareas del hogar. Me da igual de quién se trate. Pueden ser escritores, poetas, teóricos. Lo importante es que sean reconocidos”. En un primer momento, Jerry se mostró escéptico, pero Hylen sabía vender bien su producto: “el feminismo está de moda, Jerry. El ámbito intelectual ha sido siempre un territorio masculino. Ya es hora de romper con esto, es hora de invertir los papeles, Jerry. Quiero fotografiar a Noam Chomsky pasando la aspiradora y no me moriré sin haberlo hecho, ¿entiendes?”.

Autoretrato de Jessica Hylen.
Había pasado un año desde el día en que Hylen tuvo su brillante idea, y prácticamente todos los intelectuales que se habían añadido a la lista habían posado ya ante la cámara de aquella periodista intrépida, incluyendo a Chomsky con su aspiradora. Sólo quedaba pendiente uno de los escritores previstos: Umberto Eco. El agente de Eco había accedido a la oferta en un primer momento, básicamente porque el autor recibiría mucho dinero a cambio de una simple foto. Hylen escribió al agente explicando lo que tenía pensado fotografiar exactamente, y fue entonces cuando se le comunicó que Eco no quería ser fotografiado bajo ningún concepto. Sin embargo, Hylen no aceptaría un no por respuesta. Ofreció el triple de lo que la revista estaba dispuesta a pagar inicialmente, y se mostró tan insistente que, al fin, su petición fue aceptada.

Umberto Eco.
Hylen viajó a Italia al cabo de unos días y fue invitada a la residencia de Eco. Tras charlar durante media hora sobre temas banales, la fotógrafa empezó a preparar el material y le preguntó al escritor dónde estaba el dormitorio. “¿No sería más divertido que me sacaras haciendo otra cosa? Pintando una pared o regando las plantas…”, sugirió Eco. “Eres el último personaje de la serie y hasta ahora ninguno ha salido haciendo la cama. Y es una tarea tan cotidiana que tiene que aparecer en el reportaje”. Eco accedió a regañadientes y acompañó a la mujer al dormitorio. La cama estaba por hacer y había ropa en el suelo. Eco parecía nervioso. Su rostro estaba bañado en sudor, y aún no se habían encendido los focos. No dejaba de hacer preguntas:

- Bueno, ¿me pongo aquí? ¿Hago como que estiro las sábanas?

- Tú ve haciendo la cama tranquilamente y yo iré fotografiando las distintas fases del proceso. Lo iremos haciendo hasta que tenga material suficiente.

- Es que estoy agotado. Me duele la espalda y si mi tengo que agachar continuamente…

Eco no paraba de lamentarse y Hylen finalmente tuvo que ponerse seria. La revista pagaría mucho dinero por aquello, ella había viajado desde Nueva York y no estaba dispuesta a tolerar aquella actitud. De repente, Eco se sentó en su cama, se tapó el rostro con las manos y empezó a sollozar como una criatura. Hylen se asustó, después sintió pena y se le acercó, rodeando al filósofo con el brazo derecho. “No te lo tomes así. No quería estresarte. Si quieres lo dejamos para más tarde”. Eco se levantó llorando desconsoladamente y le confesó a la periodista entre gemidos que no sabía hacerse la cama, que nunca se la había hecho y que le parecía ridículo hacerla para tener que deshacerla al cabo de unas horas.

- Me estás diciendo que en toda tu vida…

- ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Qué sabrás tú de mi vida! – interrumpió Eco, furioso y desesperado.

Hylen se sintió conmovida y abrazó a Eco con todo el cariño que fue capaz de exteriorizar. Como un niño arropado por su madre, el hombre se fue tranquilizando. La periodista le acarició tiernamente, Eco la besó en el cuello, luego en la boca, y sus cuerpos se fundieron en uno encima de la cama deshecha. Después de hacer el amor, Hylen sonrió y, vistiéndose con calma, dijo:

- Tranquilo, Umberto. Hoy te enseñaré a hacer la cama. Voy a hacer contigo mis mejores fotografías…

Al oír sus palabras, Eco se levantó airado y empezó a bramar como un poseso:

- ¡Puedes meterte la cama donde te quepa, coge tu camarita y vuelve a tu ciudad de mierda, maldita puta, estúpida zorra degenerada! ¡Tú y todos los periodistas me vais a dejar tranquilo de una puta vez! ¡Y ahora lárgate de aquí! ¡Lárgate! ¿Lo has entendido ahora o quieres que te diga cómo hay que interpretarlo?

Hylen era una mujer con carácter y no estaba dispuesta a aceptar aquella humillación:

- ¿Has follado conmigo porque no querías que te obligara a hacer la cama? ¿Cómo puede alguien llegar a ser tan mezquino e infantil? ¿Cómo coño has podido…?

- ¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate de una puta vez, zorra gilipollas! Yo he escrito muchos libros que ni siquiera habrás leído, no me llegáis a la suela del zapato ni tú ni todos los periodistas de mierda que publicáis revistas de mierda con fotos de mierda. ¡Qué más me da no saber hacer la cama! ¡Me importa una mierda la cama! ¡A la mierda con la cama!

Totalmente fuera de sí, el escritor empezó a desgarrar las sábanas, lanzándolas al aire entre gritos de histeria. Indignada, Hylen recogió su material y abandonó la casa del escritor. “¡Ojalá te pudras en el jodido infierno, inútil!”, gritó desde la calle, impotente y rabiosa al constatar que no podría acabar su reportaje tal como lo había planeado.

4/26/2006

Werden contra Werden

A Alexander Werden siempre le había molestado tener un hermano gemelo. Le quería, por supuesto, pero el hecho de que le confundieran con Victor tan a menudo le había amargado la infancia. Las similitudes con su hermano no iban más allá de la mera apariencia física. En realidad, sus personalidades eran diametralmente opuestas. Alexander era el muchacho serio, tímido y retraído que ahuyentaba a las muchachas, y Víctor era el chico despreocupado, temerario y chistoso al que todos querían. Cuando la gente confundía a Alexander con Víctor y descubría el error, se mostraba contrariada e intentaba camuflar sin éxito la decepción. Una decepción que hundía a Alexander, que le hacía sentir que no valía nada. Él era el aburrido, el muermazo. Víctor era el tío enrollado. Era la jodida copia bien hecha.

La suya era una felicidad fingida.

Alexander estudió medicina y Víctor, que desde siempre había querido formar un grupo de Rock, cambió de idea en el último momento y dijo que sería actor. Sus caminos se separaron, Alexander se mudó a Wellington para ejercer de pediatra en una consulta privada y le perdió la pista a su hermano. Sin embargo, el contacto entre ambos se reanudó de la manera más inesperada el 29 de Enero de 1997. Aquel día, Alexander llegó temprano a su despacho y, después de acomodarse, le pidió a su secretaria que hiciera pasar al primer paciente del día. Era un niño de seis años con la pierna rota. La criatura entró con su madre, y cuando el doctor Werden levantó la vista para saludarles, ambos gritaron horrorizados y se fueron corriendo por donde habían venido. Werden nunca había visto correr tanto a un niño con la pierna rota. Asustado y confundido, preguntó a la secretaria qué demonios podía haber ocurrido, y la mujer le habló del doctor Junk. Junk era el personaje de una serie de televisión que habían estrenado la noche anterior. Un psicópata que perpetraba todo tipo de salvajadas a los pacientes de un hospital sin que nadie sospechara de él. Por supuesto, Víctor era quien interpretaba al cirujano sádico, y Alexander, que vivía ajeno a los medios de comunicación, había tenido que enterarse por su secretaria, pues su hermano no se había tomado la molestia de informarle y advertirle de los efectos que tendría todo aquello. Víctor nunca pensaba en los demás ni en las consecuencias de sus actos. Cuando Alexander le contó lo sucedido por teléfono, él empezó a reírse como un loco, y siguió riéndose después de que Alexander hubiera colgado furioso el aparato. En pocas semanas, la lista de pacientes del doctor Werden se redujo a la mitad. Incluso los padres de los recién nacidos preferían acudir a otro doctor. Aunque estuvieran al tanto de la situación, les daba cosa tratar con Werden, y en cierto modo era una actitud comprensible. ¿Qué podía hacer Alexander para huir de la influencia de su hermano? ¿Someterse a una operación de estética? ¿Irse a vivir a Europa con la esperanza de que la serie no traspasara fronteras? Tras mucho pensar, al doctor Werden se le ocurrió una solución mucho mejor para acabar con Junk y vengarse al mismo tiempo de su hermano, hundiendo su reputación.
Era una mañana soleada del mes de Febrero. La ciudad resplandecía como nunca. Alexander había cerrado su consulta unos días y ahora deambulaba nervioso por una de las calles más transitadas del centro. Cuando hubo reunido el valor necesario, empezó a desvestirse lentamente delante de todo el mundo. En pelota picada, ya sin poder dar marcha atrás, Werden invadió la calzada, interrumpió el tráfico y, subiéndose encima del capó de un coche, empezó a bailar frenéticamente como si hubiera perdido la cabeza. “¡Este es el baile del pene saltarín, este es el baile de la polla revoltosa, miren cómo salta y trepa, tan hermosa!”. Mientras cantaba esta canción improvisada, centenares de personas le observaban atónitas. “Es el que hace de doctor Junk”, gritó una señora escandalizada. Era justo lo que Werden quería: por una vez, le estaban confundiendo con Víctor y no se sentía triste sino eufórico. Cuando el espectáculo hubo llegado a su clímax, y antes de que aparecieran las autoridades, Werden se fue de allí corriendo tanto como pudo y volvió a vestirse en un portal oscuro, resguardado de la multitud.
El día siguiente Werden compró el periódico emocionado, pero la noticia que leyó en la portada era ligeramente distinta de la esperada: “Victor Werden, el actor que encarnaba al célebre Doctor Junk, muere en un accidente de tráfico. Pocas horas más tarde, su hermano enloquece y organiza un altercado en pleno centro urbano”. El doctor Alexander Werden, pálido como nunca, se sentó en el suelo, dobló el periódico por la mitad y lloró hasta el fin de los tiempos.

4/22/2006

Alquiler con inquilino

La semana pasada recibí un correo electrónico de estos en los que alguien a quien no conoces intenta convencerte de que hay que cambiar el mundo. Imagino que muchos de ustedes lo habrán recibido también. El mensaje en cuestión incluía este texto: Queremos todos una vivienda digna, una vivienda en la que podamos vivir y fundar nuestras familias sin estar destinando más del 50% de nuestro sueldo para pagarla. Si de verdad te importa tu futuro ¿estarás allá sentado con tus colegas? La gente se queja de que el precio de las viviendas es alto, pero lo que sale realmente caro es fundar una familia. Después de haber pagado un pastón durante años, uno acaba dándose cuenta de que la familia que ha fundado ni siquiera es digna, y que con lo que ha pagado para mantenerla podría haber comprado varias viviendas.
Dejando el análisis socioeconómico a un lado, me gustaría hablarles de Samuel L. Farey, un magnate del negocio inmobiliario al que recordé cuando leí el correo electrónico. L. Farey empezó vendiendo jaulas para animales exóticos en una tiendecita de Holbourn y acabó siendo el dueño de varias urbanizaciones de lujo que alquilaba a precios desorbitados. Sin embargo, su vida no era la de un hombre rico y despreocupado. L. Farey tenía un hijo que no estaba muy bien de la cabeza. Se hacía llamar Henry o Astro de Fuego, dependiendo de su estado de ánimo. No parecía tener ambiciones, no hablaba con nadie, vivía encerrado en sí mismo. “Henry, ¿qué quieres hacer en la vida?”, le preguntaba su padre. “Me gustaría escupir un moco que cubriera la Tierra y que pudiera abrigar a los desamparados”, respondía su hijo hablando totalmente en serio. Un amigo de L. Farey que era psiquiatra explicó claramente cuál era el problema principal del chico: “Henry no se relaciona con nadie, lo cual es bueno para la Humanidad pero no muy bueno para él”. Con el fin de despertar el interés de Henry hacia sus congéneres, L. Farey le regaló un montón de revistas pornográficas el día de su cumpleaños. “Mira, Henry, mientras tú estás encerrado aquí mirando fijamente a la pared, hay millones de chicas como estas esperando a muchachos como tú en la calle”. Henry revisó por encima el material que le había entregado su padre. Hizo un gesto de desaprobación y sentenció: “el coño es una boca sin dientes que no tiene nada que decir”. Acto seguido, volvió a recluirse en su mundo interior, convirtiendo a L. Farey en un ser confuso y sin esperanza.


Henry-Astro de Fuego.

Al cabo de unos meses, y sin motivo aparente, Henry abandonó su habitual mutismo y, sentado encima de los fogones de la cocina, declaró: “papá, quiero estudiar el comportamiento humano. Quiero saber cómo vive la gente”. Inicialmente, L. Farey no supo cómo reaccionar ante aquella declaración, pero pronto tuvo una idea brillante que él mismo denominó “alquiler con inquilino”. La empresa de L. Farey alquilaría la mejor de sus viviendas de lujo por un precio ridículo, a cambio de que el cliente que la alquilara aceptara convivir con Henry. Este era el trato. La casa estaría a disposición del cliente, incluyendo la piscina, el jacuzzi, el jardín y las pistas de tenis, pero el señorito Henry-Astro de Fuego tendría que vivir allí como huésped, con todas las consecuencias que ello implicaba: cagarros escondidos detrás de las cortinas, gritos y cánticos en plena noche, ardillas en la nevera, etcétera. L. Farey conocía bien a su hijo y sabía que aquella casa cambiaría de manos continuamente. Pero era precisamente lo que su hijo quería: conocer gente distinta, convivir con otros, abrirse al mundo.
Diez familias intentaron aguantar en aquella vivienda de ensueño. Sin embargo, pronto desistieron. La convivencia con Henry era muy difícil, especialmente si había niños en casa. Los Rockney se rindieron el día en que su hija Cindy apareció con el cabello lleno de mierda. “Henry, ¿qué le has hecho?”, exclamó la señora Rockney. “El papel de váter me desnaturaliza”, respondió impasible Astro de Fuego. Cada vez eran menos los clientes interesados en aquella casa. Los rumores circulaban y todo el mundo sabía que aquello no era un hogar sino un infierno. Un infierno de lujo, pero infierno al fin y al cabo. Pero Henry se sentía a gusto allí, rodeado de gente, observando el comportamiento humano. L. Farey acabó ofreciendo la casa sin pedir dinero a cambio para contrarrestar la mala fama que estaba adquiriendo su alquiler con inquilino. Fue entonces cuando Henry conoció a los Bridgen, un matrimonio excéntrico interesado en el arte de vanguardia. Contra todo pronóstico, la convivencia de Henry con aquellos artistas posmodernos acabó forjando una amistad indisoluble. “Señor L. Farey, su hijo lleva a un artista en su interior. Lo que todos llaman demencia es en realidad sensibilidad extrema. Henry percibe parcelas de la realidad que los demás no vemos”. Esta era la opinión de Roger Bridgen, cuyos contactos en el mundo del arte contemporáneo convirtieron a Henry en uno de los artistas y performers más cotizados del momento. En casi todas las galerías importantes de los Estados Unidos es posible encontrar obras de Henry, ya sean pinturas, esculturas o videoinstalaciones. La lucha incansable de su padre por su felicidad y la ayuda indispensable del azar hicieron que aquel chaval acabara encontrando su lugar en el mundo.


“Aparcado en un condón sin acritud”, obra de Henry-Astro de Fuego.

4/19/2006

El día del señor Riveiras

Paquito Riveiras entró en la consulta del doctor Rodrilguen dispuesto a recoger los resultados de unos análisis rutinarios que le habían hecho la semana anterior. Le hicieron pasar a la sala de espera, desde la cual podía verse la puerta del despacho del doctor. Después de leer por encima un par de revistas del corazón, Riveiras estuvo observando los cuadros y diplomas que colgaban de las paredes de la estancia. Justo en la pared de enfrente había un cartel informativo en el que podía leerse esto: “Hoy, día de la Fibritis Ripoide”.

Mientras pensaba en el significado del cartel, y especialmente en la foto que ilustraba el texto, se abrió la puerta del despacho de Rodrilguen, del que salió una mujer mayor con los ojos llorosos y claramente desesperada. Una chica que estaba sentada al lado de Riveiras se levantó al verla y le preguntó por lo que le había dicho el doctor. “Dice que tengo Fibritis Ripoide”, aseguró la paciente. “¿Tú también?”, exclamó la chica. Cuando las dos abandonaron la sala, hubo cierto intercambio de impresiones entre los demás pacientes que esperaban. “Menudo día hemos escogido para venir”, afirmó una señora. La muchacha de la recepción llamó a Riveiras y le hizo pasar finalmente al despacho del doctor.

Después de releer atentamente unos informes, el doctor Rodrilguen levantó la vista y, mirando fijamente a Riveiras, afirmó lo siguiente:

- Lamento tener que decírselo, pero le hemos detectado una Fibritis Ripoide. El pronóstico no es muy bueno. ¿Tiene usted familia, señor Riveiras?
- No me creo nada de lo que está diciendo, doctor. Dice usted lo mismo a todo el mundo. A todos les dice lo de la Fibritis esta, pero a mí no me va a tomar el pelo, ¿comprende?
- Entiendo su reacción, es normal que se aferre a cualquier cosa, pero cuanto antes acepte la situación, antes podrá hacerse cargo.
- Yo no me aferro a cualquier cosa. Explíqueme si no qué sentido tiene el cartel que hay afuera y que pone que hoy es el día de la Fibritis Ripoide.
- Yo no puedo hacer gran cosa por usted si adopta esta actitud, señor Riveiro.
- ¡Riveiras! ¡Me llamo Riveiras!

Riveiras salió del despacho del doctor sin despedirse. Bajó a la calle alterado y, al pasar por delante de un estanco, decidió entrar para comprar un paquete de cigarrillos. Había dejado de fumar meses atrás, pero necesitaba urgentemente algo que le relajara. Al verle entrar, el estanquero palideció. “¿Qué coño hace? ¿Por qué ha entrado? ¿Es que no ha leído el cartel?”. El hombre señaló un papel colgado en una pared de la tienda en el que podía leerse esto: “Hoy, día del atraco a mano armada”. Antes de que Riveiras pudiera reaccionar, cinco hombres armados y camuflados con pasamontañas entraron en el establecimiento amenazándole. Le quitaron el reloj de oro, la cartera y la agenda electrónica. Después de vaciar la caja y llevarse varios cartones de tabaco, los atracadores desaparecieron raudos y Riveiras se marchó también, sin ganas de quedarse allí esperando a la policía.

A la izquierda, el señor Riveiras.

Cuando estaba aproximándose al portal de su casa, se cruzó con Roberto, su hermano mayor. Riveiras le contó lo sucedido y, afortunadamente, su hermano no le tomó por loco:

- ¿Cómo has dicho que se llama la enfermedad?
- Fibritis Ripoide.
- Venga, hombre, esto no existe. ¿Cómo se llama el doctor?
- Rodrilguen. Demetrio Rodrilguen Porreiro.
- Esto es típico del Weblocke.
- ¿Del qué?
- Esos nombres absurdos son como los que salen siempre en el Weblocke, aquella página de Internet. Apuesto a que te han elegido a ti para alguna de sus historias tontas.
- ¿Tú crees?
- Estoy seguro. Te ha tocado a ti como podría haberle tocado a cualquier otro. Cuando se cansen te dejarán en paz.

Riveiras entró en el portal de su casa dispuesto a aclarar la situación. Si su hermano estaba en lo cierto, a los autores de aquella paginita pronto se les acabarían las ganas de escribir estupideces.

4/17/2006

La ignorancia atrevida

Nos guste o no, la Humanidad pervive porque de vez en cuando sentimos la necesidad de montarnos unos encima de otros. Se trata de un impulso inherente a la condición humana, cuya importancia se ha manifestado a lo largo de los siglos en todas las culturas. No es casual que uno de los símbolos culturales más importantes de Catalunya sea, junto con el Club Súper 3, la existencia de los castellers. Jacint Verdaguer fue el primero en hablar sin tapujos de la tradición de los castellers como metáfora de la reproducción humana:

Al hermoso casteller
hemos de menester.
Montando a otros
como si fuesen potros,
erige con descaro
su patriótico falo
y perpetúa, tan lozana,
la cultura catalana.

Parece claro, pues, que la razón de ser de los castellers tiene algo que ver con la procreación. Sin embargo, hay quien prefiere vivir en la ignorancia y reírse de esta tradición tan entrañable, prescindiendo de las explicaciones antropológicas y comportándose, en definitiva, como los paletos. Es el caso de Irvin Mesh, autor de un libro que analiza con cinismo algunas tradiciones culturales basándose, únicamente, en la observación externa y desinformada. En el capítulo titulado “Hay formas más simples de parar un taxi”, Mesh se centra en los castellers y se manifiesta incapaz de comprender qué es lo que les impulsa a montarse unos encima de otros, acusándoles además de maltratar a menores:

“Cuando parece que la torre humana está a punto de desmembrarse, es decir, en el momento de máximo peligro, aparece una criatura temeraria que trepa hasta lo más alto y alza la mano como si quisiera parar un taxi. Generalmente, lo que acaba necesitando es una ambulancia, especialmente cuando el crío pierde el equilibrio y clava con fuerza sus dientes de leche en el pavimento. Ellos denominan amar la tierra aquello que la mayoría entendemos por comerse literalmente el suelo

No contento con esto, Mesh prosigue con su desfachatez y propone convertir la tradición en algo verdaderamente útil:

“Estuve un tiempo conviviendo con algunas agrupaciones de castellers. Admiro el afán de superación de los Futurruños de Vilafrankey, el compañerismo de los Pardalets de Cardafolls y la carrera imparable de los Francolí Rapers. Sin embargo, pienso que estos zagales podrían hacer un servicio a la comunidad además de exhibirse. Hablé con los responsables del aeropuerto de Reus y les propuse contratar a sus castellers para regular el tráfico aéreo, indicando desde lo alto a los aviones dónde deben aparcar, dónde tienen que pararse, etcétera. No me hicieron ni caso. Tampoco quisieron escucharme los del ayuntamiento. Les propuse que emplearan a los castellers para sustituir las bombillas fundidas del alumbrado público, ellos que llegan tan arriba”

No es mi intención publicitar el libro de Irvin Mesh, y es por ello que me niego a aportar más datos al respecto. Me basta con que haya servido como ejemplo de la actitud que hay que evitar a la hora de enfrentarnos a manifestaciones culturales cuyo origen desconocemos.

4/13/2006

Happy News

Mucha gente se queja de lo desagradable que resulta ver el telediario a la hora de comer. Los accidentes de tráfico, las torturas y la violencia en general suelen provocar indigestión a los telespectadores más sensibles. Sin embargo, todos estamos de acuerdo en que es conveniente mantenerse informado. Si uno se entera de que han torturado a alguien, siempre puede llamarle, preguntarle “Eh, tío, cómo lo llevas” y no quedar como un maleducado que vive ajeno al sufrimiento de los demás.
“Happy News” es un servicio ofrecido a través de Internet cuyo objetivo principal es informar al internauta sin amargarle el día, endulzando las noticias más trágicas. Este objetivo no se consigue manipulando el contenido de la información, sino haciendo que ésta se transmita de un modo más suave y llevadero. “Happy News” funciona como un lector de feeds normal y corriente: el usuario indica cuál es la página web que lee habitualmente para mantenerse informado y “Happy News” lo único que hace es enviar a la cuenta de correo del cliente las noticias de esta web dulcificadas y en formato mp3. A continuación les muestro un ejemplo en el que se ha tomado como base el célebre weblog de Nacho Escolar.

La versión de Escolar.net:

http://www.escolar.net/MT/archives/2006/01/pasion_de_gavil.html

La versión de Happy News:



Ya lo cantaba Mary Poppins: “con un poco de azúcar, esa píldora que os dan pasará mejor”.

4/11/2006

Peinaditos de Mierda

Los concursos de búsqueda de fotografías temáticas ya son marca de la casa. Ayer mismo quedó cerrado el Scottish Research con un resultado de 168 fotografías recibidas (sin contar las repetidas). La calidad ha sido realmente abrumadora, merece la pena echar un vistazo a las galerías, pues guardan joyas como esta:


Enviada por Alberto Villanueva

O esta:


Enviada por Liatrix

Sin embargo, el Scottish Research pertenece al pasado. Demos la bienvenida al Fifth International Esponjiforme Tournament of Peinaditos de Mierda Research.

El Peinaditos de Mierda Research consiste en enviar fotos de gente con peinaditos peculiares.



No es necesario que sean tan peculiares, el criterio depende de ustedes. Hay peinaditos de mierda en todas partes. ¡Quizá alguno de ustedes lleve un Peinadito de Mierda y no lo sepa!¡Vuestra propia madre puede llevar un Peinadito de Mierda!

Estén atentos y buena caza.

4/09/2006

Esponjiforme presenta su nuevo Troll

Últimamente, en las páginas más moderniquis, a aquellos foreros particularmente desagradables o tocahuevos que llevan la contraria por el mero hecho de hacerlo se les llaman troll. Como esponjiforme, ya lo saben, vive para ustedes, hemos corrido a contratar un troll profesional en cuanto nos hemos enterado de esto. Nosotros no íbamos a ser menos.



Hemos recibido multitud de solicitudes y currículums vía mail y finalmente seleccionamos al que parecía más amable y preparado. Le hemos hecho una entrevista para que puedan ustedes conocerle mejor.

Esponjiforme: Buenos días, ¿cómo te llamo? ¿Troll? ¿Orco?
Sr. Troll: Buenos días. De usted, por favor, y señor Troll, si no le importa.
Esp: Háblenos un poco de su trayectoria.
S.T.: Sí, por supuesto. Soy licenciado en Filología, actualmente estoy doctorándome en Crítica Literaria con una tesis sobre El Buscón de Quevedo…
Esp: Y cuál es la tesis?
S.T.: Que es una absoluta defecación, con perdón. Y que Quevedo está sobrevalorado, aunque no quisiera ofender a ningún heredero de este señor, no es nada personal. La tesis ocupa 3 paginas, no tengo mucho más que decir sobre semejante fraude literario, en las dos últimas páginas solamente digo que además de mal escritor era bajito. Repitiendo la misma frase todo el rato. Como Jack Torrance (risas)
Esp: Continúe.
S.T.: He trabajado en varias publicaciones más o menos importantes. Y durante mi tiempo libre envío cartas a los diarios haciéndome pasar, por ejemplo, por especialistas o instituciones para señalar erratas que no existen etc. A veces me da por un redactor en concreto y le atormento durante un tiempo. (risas maléficas). Lo malo es que me resulta difícil diferenciar trabajo y ocio: soy un apasionado de mi trabajo.

"Espero que mi trabajo sea del agrado de los visitantes del webLocke."

Esp: Qué referencias tiene?
S.T.: He estado durante dos años a media jornada trabajando para El País y el foro de Ragazza. Y este último año me contrataron los del 20 minutos. Hice un buen trabajo, la verdad. (risas muy maléficas y sonrisa de satisfacción).
Esp: Los trolls usuales son desagradables y no aportan nada.
S.T.: Sí, pero yo voy a estar a la altura de esponjiforme.com. Particularmente creo que la crítica destructiva y sin argumentos no está reñida con la educación y el decoro, y yo, además, huelo bien.

4/07/2006

Doctor, hable sinsillo

Los expertos en bioética se han preocupado desde siempre por las relaciones entre médicos y pacientes. Ya en 1979, Beauchamp y Childress establecieron en su obra Principios de ética biomédica la necesidad de que el médico se dirija al paciente en un lenguaje que este pueda entender, sin abusar de tecnicismos y evitando el distanciamento. Recientemente, la Organización Mundial de la Salud ha decidido actuar para que el cumplimiento de este requisito se haga efectivo, concienciando a los médicos y aportándoles recursos para que puedan hablar a sus pacientes de modo que se les entienda. Para ello, ha salido publicado un pequeño cuaderno traducido al español con el título Medisina pa que yo la entienda. Dicho cuaderno incluye ejemplos en los que se le indica al médico qué lenguaje debe usar en determinados casos.

Aparato respiratorio

“Tenía usted una especie de zurullo raro en la pulmonada que al tocarlo hacía flucu flucu. Le hemos metido un palo largo que rasca y hemos ido haciendo flas flas hasta dejar un bujero rosa”

Hematología

“Su sangre es espesilla y roja, pero sin llegar a granate. Los limocitos no se llevan muy bien con los branquiosaurios. Unos se meten a un lado y los otros al otro. O sea, que no se relacionan. Los glaucocélidos van totalmente a su bola. El hierro vive y deja vivir”

Cirugía general

“Hemos abierto el barrigón así a saco y huele que alimenta. Estaba todo tan negro que no se veía ni pijo, pero hemos ido escarbando así zas zas hasta que hemos encontrado un pellejo raro, muy largo, en lo de dentro. Nos daba mal rollito y lo hemos quitado. No es que no quepa, porque espacio hay de sobra, pero no es plan de ir dejando cosas por ahí que no se sabe lo que son. Después se arrejunta todo y no hay quien se aclare”

Urología

“Tiene usted mucho líquido en la huevada. O lo vaciamos con algo o sus güevines parecerán lámparas de diseño. Le han salido boquerones en la mandanga de no lavarse, y tiene almorroides en el ojete, o sea que siéntese de manera que el culo mire siempre al techo”

Psiquiatría

“Usted está rallado. Se agobia cosa mala hasta que se siente chungo y se le va la pinza. Lo mejor es que se tome pastillacas de esas Valium, lo justo para no empanarse. Pero no se pase con la dosis, no lo flipe”

4/05/2006

La risita de Godard

El ámbito de la crítica cinematográfica anda un poco revuelto desde que se ha descubierto una libreta que, supuestamente, pertenece o perteneció al director de cine Jean-Luc Godard. En una de sus páginas se puede leer esto:
“Esta noche se celebra en París el estreno de Alphaville. Hahahaha!!!”
¿Se cachondeaba Godard de sus propias películas? ¿Intentaba quedarse con la gente? La presencia de un muñequito de expresión maléfica al lado de los signos de exclamación parece apoyar esta tesis. Sin embargo, aún hay que confirmar que la libreta sea auténticamente suya. El director no se ha pronunciado al respecto.

4/02/2006

Los peligros del plasma

El ser humano siente desde tiempos inmemoriales la necesidad de acomodarse a su entorno. Muchos caballeros, cuando se aposentan en una silla, se recolocan los testículos con un delicado movimiento de cadera para evitar tirones. Esta costumbre, que en inglés se denomina packaging, no es más que una consecuencia de este afán de adaptación al entorno.
Packaging.
En un ambiente colonizado por todo tipo de aparatos tecnológicos, la necesidad de convertir el entorno en algo más humano, personal y acogedor se acrecienta. Cuando el televisor se introdujo en el entorno doméstico, lo primero que hizo el hombre fue integrarlo para que no constituyera un elemento extraño y perturbador. Nació entonces la bonita costumbre de situar encima del aparato figuritas, retratos de la primera comunión, flores secas y demás objetos personales.
Pronto se desarrolló una industria dedicada a la fabricación de adornos para televisores. Actualmente, existen aún muchas empresas especializadas en la realización de este tipo de artilugios, fabricando desde galgos de porcelana hasta ceniceros enormes con la inscripción “Recuerdo de Cuenca”. Ahora, esta industria se ha visto seriamente amenazada por la aparición de los televisores de plasma:
La imposibilidad de personalizar los televisores de plasma con las clásicas figuritas de adorno pone en peligro miles de empleos y está a punto de erradicar una larga tradición fundamentada en el instinto humano de adaptación al medio.