5/31/2006

Poesía SMS

El jurado del “Concurso de Jóvenes Poetas”, celebrado en el Instituto Rojas Marcos de Alombreña, ha hecho público el nombre del alumno ganador y el de los dos finalistas. El poema premiado es una versión del “Romance sonámbulo” de Federico García Lorca. “El chute”, una interpretación personal de “El viaje definitivo” de Juan Ramón Jiménez, ha merecido también una mención especial. El concurso animaba a los alumnos a versionar clásicos de la literatura española, adaptándolos al lenguaje y a las formas de expresión de la juventud actual. El jurado ha declarado que los estudiantes “captaron perfectamente el espíritu del concurso, haciendo aportaciones realmente interesantes”.
Primer premio otorgado a DJ. Lumpen (pseudónimo de Antonio Lorenzo Crespo) por “Esa peña wapa”:

Churri k t kiero churri
Buenas ttas. Muxos pavos
Tengo pirsings pa flipar
Y un Ibiza desos wapos

Churri k t kiero churri
Pastis, birra y cipotón
En la disko kon la peña
Pillas kacho mogollón

Churri k t kiero churri
Tanga fuxia y riguetón
Si t bienes a mi keli
Te la meto sin kondón

Churri k t kiero churri
Vendo costo. Pillo un tajo
No te acerkes más a mí
Ke te komo lo de abajo.

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5/29/2006

El Hotel Borreidos

Me encargaron un guión muy complicado para un vídeo industrial sobre calderas, termostatos y aparatos similares. Necesitaba algo de calma, un ambiente relajado que invitara a la creación. Me metí en el coche y me alejé de la ciudad sin saber muy bien adónde ir. Muchas de mis mejores ideas se me habían ocurrido conduciendo, de modo que me importaba más el propio viaje que el destino final. Habiendo devorado autopistas, autovías y carreteras secundarias durante más de cinco horas seguidas sin que la inspiración hubiera hecho acto de presencia, decidí parar en algún sitio porque necesitaba dormir. Aparqué finalmente delante del Hotel Borreidos. Era un edificio gris, construido probablemente en los años setenta y francamente mal conservado. Un lugar de paso, situado en la periferia de una pequeña ciudad de provincias de nombre impronunciable.
“Una habitación individual para una sola noche. ¿Es correcto?”, preguntó un viejo de pelo engominado que parecía ser el encargado del hotel. “Sí, es correcto”. “¿Le va bien la 113?”. “¿Por qué no me iba a ir bien?”, dije extrañado por la pregunta, que se me antojó bastante estúpida. “Para algunos clientes la cosa de los números es importante. Gente supersticiosa, ya sabe”. “Bueno, yo no soy de esos”. “Me alegro, pero de todos modos me gustaría que me firmara un papel”. Se acercó a mí como si fuera a revelarme algún secreto inconfesable y añadió: “es una tontería, se reirá cuando lo lea, pero preferimos dejar las cosas claras para la tranquilidad de todos”. El tipo tenía razón, me reí mucho al leer el primer párrafo del documento: Según cuentan algunos historiadores y arqueólogos, el Hotel Borreidos se construyó encima de un antiguo cementerio indio. No seguí leyendo. Levanté la vista y le dije al encargado: “oiga, ¿cómo quiere que haya cementerios indios en España?”. “He mantenido discusiones sobre el tema con mucha gente. Puede creérselo o no. Firmando esto usted confirma que ha sido informado de lo del cementerio y que se compromete a no usar la anécdota como excusa para marcharse sin pagar. Sé que es ridículo, pero muchos clientes se iban después de que alguien del personal les explicara lo del cementerio, dejando las facturas impagadas”.

¿Un cementerio indio?

Firmé el absurdo documento, recogí la llave y me instalé en la habitación 113. Nada más sentarme delante del ordenador portátil, un torrente de ideas invadió mi mente: calderas de bajo consumo, rendimiento estacionario del 94 por ciento, diseño compacto y reducido para minimizar pérdidas… me sentía el poeta de la climatización, estaba convirtiendo la caldera de condensación en un mito de la Literatura Universal, en una metáfora de los ciclos naturales que todo lo rigen y todo lo dominan. Sin embargo, la explosión creativa fue pronto interrumpida por un ruido procedente del pasillo. Era música de discoteca. Algún desaprensivo había montado una fiesta en su habitación y eran las doce de la noche. Llamé inmediatamente a la recepción y respondió una muchacha: “siento mucho que oiga ruidos, señor, pero tengo entendido que ya se le ha informado de la anterior presencia de un cementerio indio en el lugar donde…” Interrumpí el discurso de la chica al escuchar la tontería del cementerio y le dije que la música de discoteca no tenía nada que ver con los indios, que hiciera el favor de averiguar quién era el responsable de aquello y que le hiciera bajar el volumen de una vez. “Lo siento de veras, pero no puedo hacer nada. Relájese y procure no obsesionarse. Buenas noches”. Pensé en bajar al hall y continuar la discusión cara a cara con la recepcionista, pero decidí ducharme antes. Cambié de idea al ver que el desagüe de la ducha estaba lleno de pelos. “Lo lamento muchísimo. Procure ignorar las apariciones y los ruidos extraños. Si se muestra débil, irán a por usted”. Aquello era intolerable. El hotel estaba sucio y usaban el cementerio indio para eludir responsabilidades. Metí de nuevo mi ropa en la maleta y bajé a la recepción dispuesto a poner los puntos sobre las íes. La recepcionista no quiso atenderme, fue a buscar directamente al encargado. Al cabo de cinco minutos apareció el señor engominado mostrando el documento que me había hecho firmar como si se tratara de un arma invencible. “¡Se le ha avisado previamente! ¡Usted lo ha firmado!”. “Oiga, mi habitación está sucia. Sucia de no lavarla, simplemente. ¡Aquí los indios y sus cementerios ni entran ni salen!”. De pronto apareció detrás de mi un señor en pijama que, al parecer, intentaba dormir en un sofá del hall. “Haga el favor de no gritar de esa manera, ¿quiere? La cama de mi habitación se ha partido por la mitad y tengo que dormir aquí. ¡Me río de sus pelos en la ducha! La culpa no la tienen estos señores. Ellos le avisaron. Ahora intente reaccionar como un adulto y no se lo ponga más difícil. Bastante tienen con lo que les ha tocado. ¡Un hotel maldito con clientes intransigentes como usted!”. El encargado y la recepcionista aplaudieron la intervención del tipo mirándome con desprecio. Aquello era indignante. “Muy bien, usted padece una especie de síndrome de Estocolmo, pero yo no pienso dejar que se me tome el pelo de esta manera. Me voy.” Dicho esto, levanté mi maleta del suelo y me dirigí a la salida. El encargado salió furioso del mostrador dispuesto a perseguirme y gritó: “¡Si se va sin pagar llamaré a la policía!”. “¿Sin pagar?”, respondí fingiendo incredulidad. “Le he pagado a la chica antes de que usted viniera. Si han desaparecido los billetes hable con sus amigos del cementerio indio”. Mi réplica dejó al encargado sin palabras. Aproveché su silencio y me marché decidido sin volver la vista atrás.

5/25/2006

La Estrategia Mazogrande

Serafino Mazogrande ingresó en la academia militar a los 14 años. Su padre era un alto cargo de la armada y contaba con que su hijo siguiera sus pasos firmemente. Así fue. Serafino se convirtió en un recluta ejemplar dedicado, con absoluta devoción, a mejorar su condición física, probando su valor y su capacidad de reacción en multitud de ocasiones. Durante la realización de uno de esos retos, sin embargo, la suerte de Serafino cambió. El joven sufrió un accidente que lo tuvo postrado en la cama de un frío hospital militar durante 3 meses. En ese periodo, el destino de Serafino cambiaría radicalmente.

La única compañía del chico durante las largas y tediosas tardes de recuperación fue María, una enfermera cuarentona entrada en carnes que se excedía con la barra de labios y con el rimel. Cada tarde, María encendía el televisor y se quedaba enganchada mirando la temporada de ballet. Serafino contemplaba sin entusiasmo el espectáculo, soñando con recuperarse para volver a la academia militar y afrontar nuevos retos. Pensaba en su padre que, en esos momentos, se encontraba en el extranjero dirigiendo alguna misión de paz. En el fondo, María no era tan mala compañía. Pasaba horas sentada al lado de Serafino mirando al infinito sin articular palabra y comiendo una barrita energética tras otra. Era una buena mujer, sólo que poco habladora. Compartía sus barritas con Serafino y, al llegar la tarde, ponía el ballet y se quedaba embobada. Con el tiempo, Serafino empezó a comprender la afición de María por la danza. Esos cuerpos eran maquinas de precisión. Todos los movimientos estaban ejecutados con firmeza y exactitud. El joven contemplaba las coreografías pensando en el reto que suponía realizarlas a la perfección.

Tras tres meses de rehabilitación, y cientos de barritas energéticas a sus espaldas, Serafino pudo levantarse de la cama. Decidió, entonces, convertirse en el primer bailarín de ataque de la historia. Si lograba este cometido, la armada se haría invencible. Prorrogó su permiso, alegando que no se encontraba todavía en condiciones óptimas de salud. Durante ese tiempo, entrenó fuertemente para dominar su cuerpo en el arte de la danza y, cuando hubo adquirido cierta maestría, volvió a la academia para exponer la idea, que bautizó como “Estrategia Mazogrande”, a sus compañeros. Sin embargo, ni la explicación ni la demostración de Serafino tuvieron la respuesta que él esperaba.

Serafino intentando convencer a sus compañeros de las ventajas de su sistema.

Ni siquiera una demostración del ataque danzado fue convincente.

5/18/2006

El castillo de Yurj

Gino Riglifren, cansado de ver cómo su hijo Yurj dormitaba perezoso en el salón sin nada que hacer, decidió aprovechar el buen tiempo y disfrutar con él de un día entero en la playa. Partieron temprano, a las cinco de la mañana, llevando consigo una mochila llena de comida y refrescos. Yurj no quiso acarrear ninguno de sus juguetes favoritos. Era su modo de protestar y de dejar claro que la playa no le interesaba lo más mínimo. Gino, sin embargo, era un padre previsor y metió en la mochila un cubo y una pala de plástico. Estaba convencido de que, tarde o temprano, Yurj se decidiría a jugar con ellos en la arena como solían hacer los niños de su edad.
La playa estaba desierta, apenas se intuía la silueta de un bañista en la otra punta. Gino extendió su toalla en la arena y Yurj, aún molesto, optó por sentarse con los brazos cruzados, fingiendo aburrirse. Su padre decidió no hacerle mucho caso. Se estiró encima de su toalla, cerró los ojos y enseguida se durmió. Al cabo de un rato, le despertó el propio Yurj inspeccionando el interior de la mochila. “¿Qué buscas?”, preguntó Gino. “El cubo y la pala. Este niño quiere jugar conmigo a hacer castillos”, respondió Yurj señalando a su izquierda. Gino se incorporó y miró hacia donde señalaba su hijo. Ignoraba el tiempo que había transcurrido desde su llegada, pero constató que la playa se había ido llenando de gente. El nuevo amigo de Yurj se acercó y saludó. “Hola”, dijo tímidamente. “Ya tengo el cubo y la pala. Nos vamos a jugar, papá”, interrumpió su hijo. “Muy bien. Pero poneos aquí delante, no os alejéis”, advirtió el padre. Los dos niños empezaron a cavar en la arena rítmicamente. Gino volvió a estirarse y cerró nuevamente los párpados. Imaginó extrañas formas geométricas de color azulado que, moviéndose al ritmo de las palas, iban adentrándole progresivamente en un apacible sueño.
Tres horas más tarde, su hijo volvió a despertarle. “Hemos decidido parar para comer. Los chicos están cansados”, sentenció Yurj. “¿Los chicos?”, preguntó Gino atontado por el sueño. “Sí. Han venido más niños con más palas. Mira qué castillo estamos haciendo”. Gino levantó la vista y vio que frente a él se había erigido un castillo de arena de unos seis metros de alto. Varios niños de distintas edades trabajaban incansables con sus palas, trasladando cubos de arena húmeda y consolidando las paredes de la magnífica fortaleza que estaban levantando. Parecían muy bien organizados. A cada uno se le había asignado una tarea precisa. Unos se limitaban a transportar cubos, otros aplanaban la arena y su hijo, al frente de todos, iba diseñando la estructura conforme se estaba construyendo. Los padres de los demás niños se habían instalado cerca e iban siguiendo el progreso de la edificación emocionados. “Es formidable lo que estáis haciendo, chicos”, observó Gino. “De hecho, me parece algo increíble”. “El padre de Klieder ha ido a comprar diez bocatas de jamón y queso para abastecer al regimiento”, apuntó Yurj, “pero se han unido después cuatro niños más, de modo que, si no te importa, cogeré los bocatas que has preparado tú y más tarde si hace falta ya iremos a por más”. Su hijo hablaba como un militar al mando de todo un ejército. “Abastecer al regimiento” había dicho, imitando probablemente el diálogo de alguna película. “Como quieras, Yurj, pero no te lo tomes tan en serio, que tus amigos han venido a jugar”, afirmó Gino. “Están encantados, papá”, aseguró el niño.
Apenas había dormido la noche anterior, de modo que ni siquiera las voces de las criaturas ni los comentarios de sus respectivos padres pudieron evitar que Gino volviera a quedarse completamente dormido al cabo de pocos minutos. Una hora más tarde, se disparó el flash de una cámara y Gino se incorporó sobresaltado. Ahora el castillo tenía unos treinta metros de alto y el ancho cubría casi toda la extensión de la playa. Alguien había provisto a los niños de escaleras y andamios para que pudieran trabajar desde lo alto.

El Castillo Yurj Riglifren. Vista de la torre oeste.

Gino quedó estupefacto ante aquel monumento gigantesco. Era algo prodigioso, alucinante. “¿Es usted el padre de Yurj?”, preguntó alguien a su espalda. Gino se giró para responder y vio que justo detrás de él había unas seiscientas personas observando el espectáculo, casi todas de pie y unas pocas sentadas en tumbonas o en sillas dispuestas para la ocasión. La gente hacía fotos, animaba a los niños como si se tratara de futbolistas en una gran final, proporcionándoles el material que hacía falta para levantar aquella fortaleza de arena. “¿Dónde está mi hijo?”, preguntó Gino al ver que no podía distinguir a unos niños de otros. “Creo que está en el ala oeste, supervisando la construcción de uno de los contrapesos”, aclaró un señor con bigote que parecía estar al tanto de todo. “Su hijo es increíble, señor, si me permite la observación. Ha conseguido reunir a casi todos los niños del pueblo y sus alrededores. Todos se pelean por participar en la construcción. No he visto nada igual en todo el tiempo que llevo viviendo aquí, se lo aseguro”. “Bueno, gracias, pero de todos modos creo que esto se está saliendo de madre. Debo hablar con mi hijo”, sentenció Gino. El caballero del bigote le acompañó hasta el ala oeste. Yurj estaba discutiendo con un grupo de subordinados, que al parecer trabajaban con arena demasiado seca. “Yurj, ven”, ordenó Gino. “Ahora no, papá, tengo cosas que hacer”. “¡Haz el favor de venir ahora mismo!”, gritó su padre. “Yurj, lo mejor será que volvamos a casa. Es tarde y creo que el juego del castillo se ha llevado al extremo. No sois más que niños”. “¡Con qué me vienes tú ahora!”, interrumpió el niño, “llevo más de ocho horas levantando el proyecto, coordinando equipos, supervisando el material. ¡Y tú me hablas de juegos! ¡He asumido unas responsabilidades! ¡Aquí hay gente que depende de mí!”. La multitud se acercó al ver a Yurj tan enfadado. “¿Qué hace molestando al crío?”, gritó una señora. “¡Es mi hijo! ¿No se dan cuenta de que todo esto es absurdo? ¡Son sólo niños!”. La multitud rodeó a Gino, que era visto como un traidor, un necio saboteador del proyecto. “Acompáñeme. Apuesto a que no ha comido nada y está un poco cansado. Le invitaré a algo y verá como después lo ve todo más claro”, dijo el hombre del bigote, empujándole lejos del gentío. Yurj volvió a sus quehaceres y su padre, acobardado por la masa, siguió a su acompañante pensando en lo mucho que iba a costarle resolver aquella extraña situación.

5/15/2006

Billy el Enano

Ray De la Prietta, sin duda el abogado más prestigioso de la ciudad, apuraba los últimos sorbos de un Martini seco mientras Kurt Leben, su amigo de la infancia, fingía divertirse ante la situación que había provocado. En vez de lamentarse, se burlaba orgulloso del poco sentido del humor que tenían sus pacientes, al tiempo que pedía al camarero otra ración de almendras saladas. “Hiciste mal, Kurt. Ahora la principal prioridad es arreglar esto antes de que llegue a los tribunales”, afirmó severamente De la Prietta, haciéndole ver a su amigo que estaba jugando con fuego.
Kurt era un ginecólogo bastante reputado. Su profesión le había permitido conocer muy de cerca a las damas influyentes de la sociedad, y aquel privilegio parecía dotarle de cierto sentimiento de superioridad. Pero esta vez había ido demasiado lejos y, por mucho que disimulara, él era plenamente consciente de ello. Hacía dos semanas, el doctor Leben había atendido a una embarazada que se había puesto de parto un poco antes de lo esperado. Por suerte, la señora dio a luz sin problemas y el doctor fue a comunicárselo personalmente al marido, que aguardaba nervioso en la sala de espera. Nada más verle entrar, el hombre se levantó y le preguntó a Leben por el estado de su esposa. El doctor, sacando del bolsillo de su bata una fotografía que había recortado de una revista, le respondió exclamando: “felicidades, su mujer ha dado a luz a tres preciosas criaturitas”. El marido se desmayó al darse cuenta de que en la fotografía posaban tres crías de codorniz horriblemente feas.

Ahora el doctor Leben se enfrentaba a una demanda judicial y se había reunido con su amigo De la Prietta para pedirle ayuda. Sin embargo, el orgullo le impedía reconocer que lo que había hecho era una estupidez. Relataba lo sucedido como si se tratara de una hazaña, de una gamberrada ingeniosa. “No has cambiado nada, Kurt. Pero no estamos ya en el colegio. Esto puede hundir tu carrera profesional, de modo que lo primero que te recomiendo es que elimines de tu cara esta sonrisilla y empieces a tomarte la vida más en serio”. Entre los dos había existido siempre una rivalidad tácita y, en cierto modo, para Leben era humillante tener que pedirle ayuda a De la Prietta. El hecho de que éste reaccionara como una madre que regaña a su hijo travieso le resultó especialmente hiriente. A pesar de ello, supo aguantar la bronca estoicamente, tomó nota de los consejos de su amigo y ambos se despidieron después de acordar una cita para el día siguiente.
De la Prietta siguió sentado en la terraza del bar observando al ginecólogo alejarse calle abajo. Al cabo de diez minutos se comió la última almendra que había en el plato y se levantó dispuesto a regresar a su despacho. De camino, pasó por delante de un enano que pedía limosna en una esquina. De la Prietta siguió andando y desvió la mirada hacia otra parte, como solía hacer en estos casos, pero de repente notó una presión en la pierna, algo que lo retenía. Se trataba del indigente, que ante la indiferencia del abogado había optado por saltar y agarrarse a su pierna derecha. “¿Pero qué hace? ¡Suélteme!”, gritó asustado De la Prietta. Al ver que el enano no reaccionaba, el abogado tiró unas monedas al suelo con la esperanza de que el agresor le soltara. La estrategia, sin embargo, no surtía efecto por mucho que De la Prietta fuera vaciando el billetero en plena calle. Los transeúntes pronto se amontonaron alrededor para presenciar el grotesco espectáculo. De la Prietta movía la pierna para sacudirse al enano, pero le daba apuro arrastrarlo de aquel modo por el suelo. Aunque el enano fuera el agresor, su aspecto era más bien el de una pobre víctima de la sociedad y de la cruel naturaleza. “Billy, ¡deja al señor en paz!”, gritó el dueño de un estanco apartándose de la multitud. “¿Conoce usted a este tipo?”, preguntó De la Prietta. “Pues claro. Es Billy el Enano. No está muy bien de la cabeza. Suele agarrarse a las farolas, pero nunca había atacado a nadie. ¡Billy! ¡Suéltale!”. Justo en aquel instante, apareció la última persona a la que De la Prietta deseaba ver: el doctor Kurt Leben. “Ray, por Dios, ¿qué estás haciendo?”, gritó sorprendido su amigo. “Este enano se me ha enganchado a la pierna y no consigo hacer que se suelte”, respondió angustiado el abogado. Sin poder reprimir una sonora carcajada, Leben se acercó y empezó a tirar del enano con fuerza. “¡No le hagas daño!”, advirtió De la Prietta. “Siéntate en el suelo, Ray, no quiero que te pegues un trompazo”, ordenó el doctor entre risas. De la Prietta se sentó, sintiéndose totalmente humillado, y su amigo siguió tirando del enano con todas sus fuerzas. “Nada, no se suelta el cabrón. Tendremos que ir al hospital”, sentenció Leben. “¿Al hospital?”, exclamó De la Prietta asustado. El estanquero pidió un taxi por teléfono y, al cabo de media hora, Leben ayudaba a su amigo y al enano a entrar en el hospital Carleigen sin llamar demasiado la atención. “Creo que deberíamos avisar a las autoridades”, afirmó De la Prietta. “No hará falta, esto lo arreglo yo en un momento”, aseguró el doctor. Gracias a sus contactos en el hospital, Leben consiguió instalar a su amigo y al enano en una salita apartada. Llamó por teléfono y, al cabo de un momento, apareció una enfermera que le entregó al doctor una jeringuilla y se retiró sin decir nada. De la Prietta le preguntó asustado a Leben qué pensaba hacer con aquella jeringa. “Voy a anestesiarle. Es la única manera de arrancarlo. El cabrón es demasiado fuerte”. “¿Y si es alérgico? ¿Y si le ocurre algo?”. “Ray, este es mi territorio, déjame hacer”, respondió el doctor dándose importancia. Acto seguido, le clavó la jeringa al enano hasta dormirlo completamente. Al fin, De la Prietta pudo librarse de él. “Gracias, Kurt”, dijo mientras intentaba eliminar sin éxito las arrugas que se le habían formado en el pantalón. “¿Te ha mordido? Si es así, deberías ponerte la antirábica”, sugirió Leben burlonamente. “Reconozco que es una situación estrambótica, pero no es como para tomárselo a risa, Kurt. Es un pobre mendigo enajenado”. “¡Un enano-ladilla!”, grito el doctor entre risas. “¡Trátalo con respeto, por el amor de Dios! ¿Es que aún no has aprendido?”, afirmó indignado De la Prietta, aludiendo a la demanda a la que se enfrentaba Leben. “¡Estoy harto de que me refriegues por la cara tu presunta superioridad moral! No eres mejor que yo, Ray. Además, te acabo de sacar de un buen apuro y procuraré que el ridículo que has hecho no se extienda en tu círculo social. Ahora, lo mínimo que puedes hacer es regresar a tu despachito y pensar en lo que vas a hacer para afrontar mi demanda”. Rojo de ira, De la Prietta abandonó el hospital pensando que Karl Leben no era más que una sabandija, un cínico despreciable que se había atrevido a amenazarle sin escrúpulos. Desgraciadamente, aquella sabandija era también su cliente y, por su propio bien, tendría que satisfacerlo a toda costa.

5/09/2006

Todo es mentira

Jerfel Llodrenguen conocía bien a su esposa y estaba convencido de que ocultaba algo. Su actitud era distinta. Se mostraba distante y esquiva. Cuando salía el tema en alguna conversación, ella lo negaba todo y sonreía como si nada ocurriera. Se trataba, sin embargo, de una sonrisa nerviosa y tensa. La sonrisa del que guarda algún secreto inconfesable. Ahora Llodrenguen intentaba convencer al detective Kilven para que siguiera controlando a su esposa:

- Hay algo que se nos escapa. No quiero rendirme ahora. Quizá es lo que ella está esperando. Quiere que desistamos, Kilven.

- Ella no sabe que la sigo. No sabe nada. Llevo veinte años en esta profesión y puedo asegurarte que tu mujer no te engaña. Cada día hace lo mismo, su vida de siempre. Sale de casa a las siete y coge el autobús hasta Hender Park. Compra el periódico. Se reúne con el hombre del sombrero marrón en la puerta del hotel Parkland. Alquilan una habitación. Una hora después el hombre sale del hotel vestido con otra ropa y se va. Diez minutos más tarde sale ella con un maletín negro. Lo tira en la papelera de la esquina y se sienta en el banco de la acera de enfrente. Un anciano recoge el maletín, lo abre, cuenta el dinero que hay dentro. Se quita la careta y lo que antes parecía un anciano resulta ser …

- … no sigas, no hace falta. Ya lo sé. Es la misma mierda de siempre. Pero síguela unos días más, intuyo que pronto descubriremos lo que está ocultando. Últimamente se muestra más nerviosa de lo habitual.

- No pienso seguir con esto. Creo que estás paranoico, sinceramente. Es tu mujer la que debería preocuparse por ti, y no al revés.

Jerfel Llodrenguen.

Aquella misma noche, Llondrenguen decidió hablar con su esposa una vez más. Verla mentir le enfurecía pero al mismo tiempo confirmaba sus temores, evidenciaba que lo suyo no eran meras suposiciones de un marido paranoico.

- ¿Qué tal el día? ¿Qué has hecho hoy?

- Lo de siempre, cariño, lo de siempre. El autobús, el hombre del sombrero marrón…

- … el maletín con el dinero, el anciano que se quita la careta… Sin novedad, pues.

- Exacto, sin novedad. ¿Vas a terminarte la ensalada, cielo?

Su mujer se estaba acostumbrando a resistir los interrogatorios con aparente naturalidad. Nunca confesaría, a no ser que él la pillara con las manos en la masa. Su detective había abandonado la lucha, de modo que ahora tendría que sustituirle él mismo hasta que encontrara a otro. Llamó a la oficina y se tomó el día libre. Alquiló un coche y siguió a su esposa procurando no ser visto. Ella parecía seguir la rutina de siempre. Se había encontrado con el tipo del sombrero y ahora estaba en la habitación con él. Al cabo de una hora y diez minutos volvería a salir. Sonó el teléfono de Llodrenguen:

- ¿Diga?

- ¿Es usted el señor Llodrenguen?

- Sí. ¿Con quién hablo?

- Soy Nancy, la enfermera que cuida de su madre.

- ¿Qué ocurre?

- Ha sido terrible. Esta mañana su madre ha empezado a encontrarse mal. Tenía un aspecto horrible. La he vestido para llevarla al médico y, al abrir la puerta del piso, unos hombres camuflados me han paralizado con una sustancia y han intentado matar a su madre. Ella ha pronunciado unos versos en latín y de las paredes…

- … oiga, ahora mismo tengo mucho trabajo. No puedo venir. Llame a mi hermana.

- Su hermana también es de ellos, señor Llodrenguen. Estaba metida en esto desde el principio.

- Está bien, está bien. Ahora vengo.

Rabioso por tener que interrumpir su vigilancia, Llodrenguen arrancó el coche y se fue en busca de su madre, tan inoportuna como siempre. Su esposa se había librado por los pelos de ser finalmente desenmascarada. Sin embargo, Llondrenguen era un tipo insistente y estaba convencido de que pronto descubriría la verdad de todo aquello.

5/07/2006

El nuevo producto cárnico de Esponjiforme

Cuando ustedes eran niños podían encontrar en el Condis y en la charcutería Loreto un tipo de chopped y mortadela que, en vez de tener el estampado a topos propio de este tipo de embutidos (debido a que son como frankfurts gigantes pero con tropezones de carne no identificada) tenían dibujada la silueta de Mickey Mouse o el Pato Donald.

Para quien no haya visto nunca tal cosa quede claro que esto no quiere decir que el dibujo apareciera en el envoltorio de la tripa, sino que aparecía en las lonchas mismas.

Se ordenaban los tropezones de carne (o poliuretano o gomaespuma o lo que fuera) de modo que los más oscuros formaban un dibujo. El éxito fue abrumador durante una temporada, pero poco a poco desaparecieron del mercado. Supongo que debido al alto coste que suponía contratar a tantísimos chinos para ordenar tropezones.
Nosotros hemos querido recuperar esta hermosa tradición y ofreceremos en breve un nuevo producto para consumo de ustedes: Mortadela Nietzsche.



“Mi niño ha tragao siempre de , de Aristóteles a Choppedhauer. Pero el Niche se le atravesaba, ahora se lo pongo picadito con cualquier tortilla y se lo come agustisimo que ni s’entera. Agustina Radigales, ama de casa.

“Mi Natalia, que tiene mucho carácter igualica al padre, le tenía angustia a los postromanticistas alemanes, pero ahora se come a Nietzsche con mucha voluntad.” Gregoria Calderilla, madre de algunos hijos.

5/04/2006

The Lovely Linda

Arturo Remengado llegó a su casa un viernes por la tarde y se asustó al encontrar en su salón a una abuela a la que no conocía de nada. Estaba sentada en una silla de ruedas mirando la tele, y ni siquiera se inmutó cuando él entró por la puerta. Remengado miró a su alrededor confundido. No se había equivocado. Aquella era efectivamente su casa, y por alguna extraña razón aquella mujer había conseguido entrar en ella. “Señora, ¿podría usted decirme qué hace aquí? ¿Señora?”. Al ver que no obtenía ninguna respuesta, Remengado llamó a su asistenta. Era la única persona que había estado en casa durante su ausencia. Ella se lo aclaró todo. Aquella mañana unos enfermeros habían traído a la señora del hospital, asegurando que se encontraba mucho mejor y que debía guardar reposo. La asistenta, que llevaba dos meses trabajando allí, dio por supuesto que se trataba de la madre de Remengado y la sentó delante del televisor. “¿Pero de qué hospital venían? ¿Le hicieron firmar algún papel?”, preguntó Remengado. “No hacen firmar nada. Una anciana no es como un paquete certificado, señor. Iban con prisas, todo fue muy rápido”, respondió la asistenta. Remengado colgó. Inspeccionó los bolsillos de la bata de la abuela. Sólo encontró un pañuelo lleno de mocos. No había forma de identificarla. Preguntó a sus vecinos. No a todos (el edificio tenía diez plantas) pero sí a los más cercanos. Ninguno de ellos sabía nada. Desesperado, llamó a su amigo Marcelo, que había estudiado Derecho. Él sólo supo tomárselo a risa:

- Véndela en Ebay, tío, la gente compra de todo.
- No empieces, joder, que esto es serio.
- ¿Y no habla ni nada?
- Es un puto vegetal.
- No sé. Puedes llevarla a un hospital y explicar lo que ha pasado. O dejarla en una comisaría.
- ¿Como si fuera un objeto perdido? Venga, tío. No dejarán que me deshaga de ella sin más. Me retendrán allí hasta que lo aclaren todo, si lo aclaran. Y esta noche viene Sheila, la tía que conocí en el autolavado. No quiero tener que anular la cita.
- No te queda otra. O haces eso o le presentas la abuelita a tu amiga.
- Hemos quedado para follar. ¿Cómo quieres que lo hagamos con la vieja aquí?

Marcelo tenía razón. No le quedaba otra. Apagó el televisor y envolvió a la abuela con una manta. “Voy a llevarla a una comisaría, ¿vale? Para que la devuelvan a su casa”. La anciana no reaccionó. Tardó un cuarto de hora en meterla en el ascensor, pero finalmente pudo salir a la calle. A medio camino recibió un mensaje de Sheila en el móvil: “Hola wapo. Stoy viniendo. Ve klentando l kama. ;)”. Remengado estaba furioso. No quería dejar escapar aquella cita, llevaba meses sin mojar. Pasó entonces por delante de una parada de autobús. No había nadie alrededor y, sin pensarlo dos veces, aparcó allí a la abuela. “Tengo que dejarla, señora. Distráigase viendo pasar a los coches. Me sabe mal, de veras. Un placer, ¿eh?”. Remengado regresó a su casa sin mirar atrás. Lo que había hecho estaba mal, pero no conocía a aquella señora de nada y tenía otros asuntos que atender, concretamente uno que usaba la talla 120 de sujetador.
La cita fue un desastre. Remengado no estaba por la labor, no dejaba de pensar en la anciana que acababa de abandonar en plena calle. Sheila tampoco ayudó mucho. Había sufrido un accidente de moto la semana anterior. No había sido nada grave, pero ahora pretendía que él le lamiese la herida que tenía en la pierna. Remengado se negó a hacerlo. Ella insistió, diciendo que le excitaba la idea. “¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que te contagie algo?”, dijo Sheila ofendida. “No había pensado en ello, pero ya que lo mencionas, prefiero pillar el SIDA follando que comiéndote los puntos”. Su respuesta fue definitiva. Sheila se marchó y Remengado se quedó solo, pensando en la vieja. Forzado por la mala conciencia, acabó regresando a la parada de autobús. La abuela seguía allí, con tres ejemplares de un periódico gratuito que alguien había dejado en su falda. Una hoja seca, desprendida de algún árbol cercano, se había posado en su cabeza. A Remengado se le partió el corazón al verla y, sin ánimos para llevarla a la comisaría, decidió traerla de nuevo a su casa.


Remengado en una foto tomada con el móvil de Sheila.

“Ni siquiera sé cómo te llamas. ¿De verdad que no puedes hablar?”. La anciana seguía ausente, con la mirada perdida. “Te pareces un montón a Paul McCartney. En serio. Al aspecto que tiene ahora que es viejo, quiero decir. No te ofendas, es la pura verdad. Te llamaré Linda, como su mujer, la que murió de cáncer. ¿Sabes que escribió una canción para ella en su primer disco en solitario?”. Remengado rebuscó entre sus discos hasta que encontró el de McCartney. Se sentó al lado de la anciana escuchando junto a ella “The Lovely Linda”. La música pareció animarla. Sus ojos desprendían ahora un cierto brillo y sus músculos parecían menos tensos. Remengado recordó que a las plantas les iba bien escuchar música. Después se arrepintió de haber pensado eso. Se durmió. Al cabo de una hora abrió los ojos. El disco había terminado y la mujer seguía allí, impasible. Se levantó, pensando en algo que pudiera sacar a Linda de aquel estado de letargo. De pie frente a ella, se bajó los pantalones y se sacó la polla. “¡Soy criador de gusanos y este es mi campeón!”, gritó sosteniendo el miembro entre sus manos. Viendo que la expresión de Linda no cambiaba, Remengado aceptó su derrota y acabó resignándose al mutismo de la anciana. El silencio le resultaba incómodo, de modo que empezó a contarle su vida a la mujer. Repasó sus encuentros amorosos, las putadas que le hacían en el trabajo e incluso sus recuerdos del colegio. A diferencia de todas las mujeres con las que había estado, Linda escuchaba. No interrumpía con comentarios sarcásticos, no se compadecía de él. Simplemente escuchaba. Cuando ya empezaba a sentirse a gusto con su compañía, llamaron al interfono. Los mismos enfermeros que habían traído a Linda aquella mañana volvían para llevársela. Al parecer, sus parientes la reclamaron y se descubrió el error. Remengado observaba ahora a los enfermeros desde la ventana, subiendo a Linda en la ambulancia con esfuerzo. Sintió tristeza. Las horas que había pasado junto a ella le habían enseñado algo. Ahora se sentía mucho más humano. Más persona.