Mi mamá me meme



No es el único videoclip en el que Bayona se dedica a jugar con referentes cinematográficos. El de “Nunca debí enamorarme”, otra canción de Camela, puede entenderse como una versión magistral de “El fantasma de la ópera”. Pero en “Cuando zarpa el amor” Bayona se muestra inspirado como nunca, realizando un precioso homenaje a Sergio Leone y al western en general. Clint Eastwood es sustituido por el cantante de Camela, gitano como el que más, pero permanece el tratamiento de los personajes tan característico del cine de Leone, con esos primeros planos que le hielan a uno la sangre. El recurso narrativo del reloj que nos marca la hora en la que ahorcarán a la muchacha del protagonista está sacado de la película “Rápida y mortal”, el último plano de todos me hizo pensar en “Lo que el viento se llevó”, y estoy seguro de que la obra tiene otras referencias que no he captado. Hay quien dice incluso que el personaje del verdugo está sacado de “Hellboy”. A mí me recuerda en cierto modo al estilo de los hermanos Coen. “Cuando zarpa el amor” es, en definitiva, una pieza interesantísima y un gran ejemplo de intertextualidad. A mí hasta me entran ganas de comprarme un disco de Camela, esos carismáticos representantes del "technogypsy" español.
Actualización:
Queremos agradecer el apoyo de todos los que habéis reseñado el festival en vuestros blogs o páginas web, especialmente a Ultraplayback, Dadanoias, Nacho Vigalondo y Lametones de amor. Por supuesto, estamos encantados con el entusiasmo que muestran los participantes, que han llegado a crear un foro no oficial del festival. Recordad que en el foro oficial de Esponjiforme también hay un tema dedicado al gran evento.
El vibrador se ha convertido en uno de los electrodomésticos más imprescindibles del hogar moderno. Ninguna ama de casa actual puede siquiera concebir qué sería de ella sin él.




Joseile Santander
La gente de las otras mesas se giró al ver que Santander estaba firmando un autógrafo. “¡Jack Nicholson!” gritaba su admirador, señalándole y atrayendo aún más las miradas de los transeúntes. Santander hacía que no con la cabeza, intentando dejar claro que él no era famoso ni era nada. Pero fue inútil. Cuando Antonio se hubo levantado de la silla, se sentó en ella un chico que pasaba por allí, convencido de que estaba ante un gran actor de Hollywood. Él intentó aclarar de nuevo que no era ninguna celebridad, pero Antonio, su fanático seguidor, le interrumpía constantemente animando a la gente a acercarse. Santander pidió la nota al camarero y, mientras esperaba, se resignó y empezó a firmar autógrafos para acallar al grupo de curiosos, que sobrepasaba ya las treinta personas. En cuanto pudiera, huiría de allí inmediatamente. Sin embargo, la cuenta no llegaba. Se había organizado tanto follón en la terraza que el camarero no daba abasto. Un tipo forzudo y mal afeitado, acompañado por sus dos hijos con pinta de delincuentes juveniles, se sentó ante Santander cuando llegó su turno y sin querer pisó a Keybra, que empezó a ladrar agresiva.
- Sorri Chac, sorri. Very biutiful perro.
- No se esfuerce, hablo su idioma.
- ¡Anda! Pues qué cultura tiene. Qué bien, hombre, qué bien. Pues sepa que me encantó en aquella película de miedo con la Verónica Forqué, ya sabe, la que salía usted regañando a un niño rubio que hacía cosas con el dedo.
Santander empezaba a enervarse. Mientras escuchaba aquellas absurdidades, los dos hijos de aquel tipo habían empezado a provocar a Keybra.
- Ya he dicho que no soy Jack Nicholson. Sólo me parezco a él. Y eso ya es mucho decir.
- Venga hombre. Que me está usted tomando el pelo. Cómo no va a ser Jack Nicholson, con esas cejas y esa cara. Que usted no tiene precisamente una cara normal. Y no se ofenda.
- Pero oiga, ¿es que acaso no le extraña que hable castellano?
- Claro, pero es que la gente como usted viaja por todo el mundo. Suerte que tienen.
- ¡Pero qué tercos son! ¡Puede que Nicholson hable español, pero no con el acento de Murcia, por el amor de Dios! ¡Y haga el favor de decirle al niño que deje de putear a mi perra, cojones ya!
Lo del acento de Murcia hizo entrar en razón a aquella legión de fanáticos. El tipo rudo y mal afeitado que le había hecho perder la paciencia fue el primero en sentirse estafado. Insultándole y llamándole impostor, se levantó de la silla y le dio una patada a Keybra, que gimió y se agarró rabiosa a la pierna de su agresor. Todo el ajetreo hizo que el vaso de gin tonic que reposaba encima de la mesa se tumbara, y gran parte de su contenido se vertió encima de la perra, que se agitaba nerviosa justo debajo de la mesa. Santander se levantó dispuesto a plantarle cara a aquel tipo pero, en aquel momento, uno de los gamberros que había estado molestando a Keybra encendió una cerilla muy cerca del animal, que al estar empapado en alcohol empezó a arder. La perra corrió calle abajo totalmente fuera de sí y Santander la siguió desesperado. Todo había ocurrido tan rápidamente que la gente en la terraza ni siquiera reaccionó. Observaban a aquel pobre hombre corriendo y gritando como un poseso el nombre de su perra, que iba dejando a su paso una estela de humo disipada lentamente por la brisa. “Los hay que no saben aceptar la fama”, dijo finalmente Antonio, rompiendo el silencio. “Y, como siempre, los que acaban sufriendo son los de su entorno”. El camarero trajo por fin la cuenta a la mesa de Santander. Al ver que el hombre había desaparecido, resopló y escupió con fuerza mirando al horizonte. El enorme gargajo, elevándose durante unos segundos, trazó una parábola casi perfecta y se estampó después en medio del asfalto.

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