6/29/2006

Mi mamá me meme

Heidi, en un gesto de inconmensurable magnanimidad, me ha pasado el puto meme de las series. Para empezar, esto de que se les llame memes ya me jode. Si responde a memez puedo aceptarlo, pero no si responde al concepto teórico que el respetable Richard Dawkins se sacó de la manga en un día tonto. Se supone que tengo que decir las 6 series de televisión que más me han gustado de todos los tiempos. Omitiré los Simpsons por razones obvias.


- El Flying Circus no es un referente, es el referente.
- The Sören Kierkegaard Road Show no es una serie de televisión en realidad, pues era un único programa de la televisión danesa. Yo ni siquiera lo he visto ni he encontrado información sobre ello, lo único que sé es que iba sobre dos camioneros en su camión hablando de Kierkegaard. Merece aparecer en el webLocke.
- Alfred Hitchcock Presents, un hito en la historia de la televisión, serie en la que Hitchcock aprende todas las fórmulas que darían lugar a Psicosis. Aunque es de adquisición imprescindible no está editada en este país y sólo puede conseguirse a través de Amazon. ¿Sólo?¡No!¡También puedes conseguirla gratis ganando el Festival Petit Écolier de Cinéma.
- Los Soprano.
- El prisionero, con el doblaje sudamericano a poder ser.
- No-Twin Peaks, para que conste que Twin Peaks no está en mi lista (ni aunque fuera de 50 entradas) le doy una entrada propia. Una serie que no se entiende no es una serie guay, es una tomadura de pelo, más que Perdidos, oiga, no se dejen engañar.
Yo, que soy de talante agrio, sólo le paso el testigo a Make my day.
¿No existe ninguna serie sobre zombis? No digan que no tendría su qué.

6/22/2006

Camela y la intertextualidad

Estoy cursando actualmente un Master en producción y dirección de cine y televisión. Hace unos días entregué el último ejercicio que me encargaron, consistente en ofrecer un ejemplo de intertextualidad en el audiovisual. Era fácil salir del paso con ejemplos más o menos típicos y académicos, pero como era consciente de que se trataba del último ejercicio que realizaba como estudiante, tiré la casa por la ventana y decidí hablar de lo que realmente me pone, dispuesto a aceptar un suspenso como respuesta. Lo reproduzco aquí por si alguno de ustedes desconoce la obra de Juan Antonio Bayona, un auténtico maestro.
Los ejemplos de intertextualidad y de metatextualidad en el cine contemporáneo son muy abundantes. De hecho, cuando se define el cine posmoderno, suele recurrirse a este tipo de prácticas discursivas como elementos paradigmáticos, aunque la intertextualidad no sea un invento reciente. En el ámbito del humor es muy frecuente emplear el metatexto como golpe de efecto cómico. El hecho de examinar el propio discurso desde fuera implica una descontextualización que, en ciertas ocasiones, puede resultar hilarante. Los Monty Phyton eran unos maestros de la descontextualización con fines cómicos, tal y como demuestran en aquel sketch en el que un flan se enfrenta a un escocés en un partido de tenis. Los mismos autores ofrecen un ejemplo de metatextualidad cuando en uno de sus gags aparecen los cámaras y el propio director, que ordena que se detenga la filmación porque todo aquello es demasiado estúpido. El gag pasa a referirse a sí mismo, cambia totalmente el contexto discursivo y el espectador reacciona con una carcajada incontrolable. Jugar con el propio texto o relacionarlo con otros es también un guiño para el espectador competente que capta dicho juego y se siente gratificado por ello. Puede ocurrir, sin embargo, que el texto resulte incomprensible para el que no entienda el juego intertextual, y en ese caso el espectador se siente desplazado. No son pocas las personas que se han sentido subnormales viendo las películas de David Lynch. Normalmente esas personas, para salvaguardar su amor propio, acaban concluyendo que en realidad el idiota es el propio Lynch. Yo sigo anclado aún en esta estrategia infantil de autoengaño y no pienso moverme de ahí.
Si se trata, pues, de elegir un fragmento audiovisual que ejemplifique el juego de la intertextualidad, me decanto sin duda por la opera magna de Juan Antonio Bayona, ese realizador barcelonés de descomunal talento. Me refiero a uno de los muchos y magníficos videoclips que ha realizado para el conjunto musical Camela, concretamente el de la canción titulada “Cuando zarpa el amor”.

No es el único videoclip en el que Bayona se dedica a jugar con referentes cinematográficos. El de “Nunca debí enamorarme”, otra canción de Camela, puede entenderse como una versión magistral de “El fantasma de la ópera”. Pero en “Cuando zarpa el amor” Bayona se muestra inspirado como nunca, realizando un precioso homenaje a Sergio Leone y al western en general. Clint Eastwood es sustituido por el cantante de Camela, gitano como el que más, pero permanece el tratamiento de los personajes tan característico del cine de Leone, con esos primeros planos que le hielan a uno la sangre. El recurso narrativo del reloj que nos marca la hora en la que ahorcarán a la muchacha del protagonista está sacado de la película “Rápida y mortal”, el último plano de todos me hizo pensar en “Lo que el viento se llevó”, y estoy seguro de que la obra tiene otras referencias que no he captado. Hay quien dice incluso que el personaje del verdugo está sacado de “Hellboy”. A mí me recuerda en cierto modo al estilo de los hermanos Coen. “Cuando zarpa el amor” es, en definitiva, una pieza interesantísima y un gran ejemplo de intertextualidad. A mí hasta me entran ganas de comprarme un disco de Camela, esos carismáticos representantes del "technogypsy" español.

6/14/2006

Que empiece el festival

Ya está disponible la pagina del Festival Petit Écolier de Cinéma, el festival de parodias del cine de arte y ensayo que organizamos los esponjiformes. Lean las bases y preparen sus cámaras, webcams o teléfonos móviles. El ganador se llevará la primera temporada en DVD de la mítica serie "Hitchcock Presenta" y una camiseta con la imagen del festival:

Actualización:

Queremos agradecer el apoyo de todos los que habéis reseñado el festival en vuestros blogs o páginas web, especialmente a Ultraplayback, Dadanoias, Nacho Vigalondo y Lametones de amor. Por supuesto, estamos encantados con el entusiasmo que muestran los participantes, que han llegado a crear un foro no oficial del festival. Recordad que en el foro oficial de Esponjiforme también hay un tema dedicado al gran evento.

6/10/2006

Historia de las máquinas sexuales: La Antigüedad

El vibrador se ha convertido en uno de los electrodomésticos más imprescindibles del hogar moderno. Ninguna ama de casa actual puede siquiera concebir qué sería de ella sin él.


“Madre mía, debía ser horrible en la antigüedad. Esque no quiero ni pensarlo.”

En la antigüedad no existían las pilas Duracell y los enchufes tenían problemas de compatibilidad, de modo que no tenía mucho sentido inventar los consoladores eléctricos, por lo que empezaron por el principio para irlo complicando progresivamente.

Los primeros consoladores conservados son del Paleolítico y, por estar construidos con materiales nobles como el granito, son altamente resistentes. Su durabilidad era, sin embargo, inversamente proporcional a su utilidad. Aunque la intuición y el concepto eran acertados, bien por la falta de instrumental de precisión durante, bien porque nos faltan datos sobre la morfología de nuestros ancestros, las dimensiones hoy nos parecen grotescas.


Las chicas de hoy no se lo creen.

Según Michël A. Granaud, paleontólogo francés “la brea es un lubricante natural muy resbaladizo que ya se conocía en el Paleolítico. Esto quizá hace razonable el tamaño de los obeliscos.” Gracias a la UNESCO el proximo año Granaud realizará una recreación con un grupo de voluntarios y becarias de su departamento para confirmar su hipótesis.

El racionalismo de la antigua Grecia de Pericles impedía que se pudiera concebir un simulacro de pene sin el resto del cuerpo, de modo que era necesario esculpir todo el cuerpo aunque solo se fuera a aprovechar una parte. Esto encarecía muchísimo los consoladores, de modo que solo los aristócratas podían poseer uno. Todas aquellas personas que no podían disponer de uno se apuntaban a la Academia de Platón o a la Stoa, donde se les enseñaba a prescindir de ellos. Los restos del consolador (enboltoriós) se dejaban tirados por el Ágora de cualquier manera.


Los restos de un consolador hecho por Praxíteles.

Durante el Paleocristianismo, o Cristianismo Viejuno, los paganos, que eran mayoría, prosiguieron con esta práctica. Los cristianos, que esperaban la segunda venida de Cristo para antes de la cena, se sentían extranjeros y peregrinos, y su consigna era no amar al mundo ni a las cosas que hay en él. “Cualquier tierra extraña es su patria y cualquier patria les resultaba extraña.” (San Pablo, Epist. Diognetum). Es por eso que no podremos volver a encontrar maquinas sexuales hasta el siglo XX, tras los movimientos marxistas y feministas.

6/08/2006

Montcada Café

Joseile Santander disfrutaba de una tarde de domingo viendo a la gente pasar desde la terraza de una céntrica cafetería. En la silla de al lado reposaba la perrita Keybra, inmersa en sus propios pensamientos. Un viejo escupía un gargajo enorme que volaba durante unos segundos, describiendo una parábola casi perfecta en el aire y aterrizando finalmente en medio del asfalto. Santander observaba la proeza admirado y levantaba el vaso de gin tonic que le había servido el camarero. “Oiga, ¿es usted Jack Nicholson?”. Santander sorbía el contenido del vaso comprobando que, desgraciadamente, el camarero se había pasado con la ginebra. “Oiga, señor, disculpe”. Él había dejado bien claro que lo quería más bien corto de ginebra, pero la gente nunca escucha. “Señor, oiga”. Alguien aparecía de repente, levantando a Keybra de la silla y tomando asiento en ella sin pedir permiso. La preciosa tarde de domingo se estaba yendo a la mierda.

- Perdone, señor, le estaba llamando pero no me oía.

- ¿Quién es usted?

- Oh, nadie, yo no soy nadie. Es que de lejos me ha recordado usted a Jack Nicholson, el actor.

- Pues se ha confundido. Y se ha sentado justo donde antes estaba mi perrita.

- Vaya, lo siento, no era mi intención molestar. Es que quería pedirle un autógrafo. Al beber del vaso ha hecho una mueca clavadita a las de Nicholson.

- Ya, pero yo no soy Jack Nicholson. Siento defraudarle. Ni siquiera me parezco.

- Oh, pero no importa. Colecciono autógrafos, ¿sabe? Tengo un autógrafo de un tipo que se parece a Iggy Pop, otro de una chica que es clavada a la presentadora de aquel programa de deportes, ahora no recuerdo cómo se llama…

- ¿Pero para qué quiere sus autógrafos si ni siquiera son famosos?

- Porque los colecciono.

- Ya lo sé, ¿pero por qué?

- Porque tengo muchos, ya se lo he dicho. Toda una colección. Mire, firme aquí, ponga “Para Antonio” y la fecha de hoy aquí debajo.

Joseile Santander

La gente de las otras mesas se giró al ver que Santander estaba firmando un autógrafo. “¡Jack Nicholson!” gritaba su admirador, señalándole y atrayendo aún más las miradas de los transeúntes. Santander hacía que no con la cabeza, intentando dejar claro que él no era famoso ni era nada. Pero fue inútil. Cuando Antonio se hubo levantado de la silla, se sentó en ella un chico que pasaba por allí, convencido de que estaba ante un gran actor de Hollywood. Él intentó aclarar de nuevo que no era ninguna celebridad, pero Antonio, su fanático seguidor, le interrumpía constantemente animando a la gente a acercarse. Santander pidió la nota al camarero y, mientras esperaba, se resignó y empezó a firmar autógrafos para acallar al grupo de curiosos, que sobrepasaba ya las treinta personas. En cuanto pudiera, huiría de allí inmediatamente. Sin embargo, la cuenta no llegaba. Se había organizado tanto follón en la terraza que el camarero no daba abasto. Un tipo forzudo y mal afeitado, acompañado por sus dos hijos con pinta de delincuentes juveniles, se sentó ante Santander cuando llegó su turno y sin querer pisó a Keybra, que empezó a ladrar agresiva.

- Sorri Chac, sorri. Very biutiful perro.

- No se esfuerce, hablo su idioma.

- ¡Anda! Pues qué cultura tiene. Qué bien, hombre, qué bien. Pues sepa que me encantó en aquella película de miedo con la Verónica Forqué, ya sabe, la que salía usted regañando a un niño rubio que hacía cosas con el dedo.

Santander empezaba a enervarse. Mientras escuchaba aquellas absurdidades, los dos hijos de aquel tipo habían empezado a provocar a Keybra.

- Ya he dicho que no soy Jack Nicholson. Sólo me parezco a él. Y eso ya es mucho decir.

- Venga hombre. Que me está usted tomando el pelo. Cómo no va a ser Jack Nicholson, con esas cejas y esa cara. Que usted no tiene precisamente una cara normal. Y no se ofenda.

- Pero oiga, ¿es que acaso no le extraña que hable castellano?

- Claro, pero es que la gente como usted viaja por todo el mundo. Suerte que tienen.

- ¡Pero qué tercos son! ¡Puede que Nicholson hable español, pero no con el acento de Murcia, por el amor de Dios! ¡Y haga el favor de decirle al niño que deje de putear a mi perra, cojones ya!

Lo del acento de Murcia hizo entrar en razón a aquella legión de fanáticos. El tipo rudo y mal afeitado que le había hecho perder la paciencia fue el primero en sentirse estafado. Insultándole y llamándole impostor, se levantó de la silla y le dio una patada a Keybra, que gimió y se agarró rabiosa a la pierna de su agresor. Todo el ajetreo hizo que el vaso de gin tonic que reposaba encima de la mesa se tumbara, y gran parte de su contenido se vertió encima de la perra, que se agitaba nerviosa justo debajo de la mesa. Santander se levantó dispuesto a plantarle cara a aquel tipo pero, en aquel momento, uno de los gamberros que había estado molestando a Keybra encendió una cerilla muy cerca del animal, que al estar empapado en alcohol empezó a arder. La perra corrió calle abajo totalmente fuera de sí y Santander la siguió desesperado. Todo había ocurrido tan rápidamente que la gente en la terraza ni siquiera reaccionó. Observaban a aquel pobre hombre corriendo y gritando como un poseso el nombre de su perra, que iba dejando a su paso una estela de humo disipada lentamente por la brisa. “Los hay que no saben aceptar la fama”, dijo finalmente Antonio, rompiendo el silencio. “Y, como siempre, los que acaban sufriendo son los de su entorno”. El camarero trajo por fin la cuenta a la mesa de Santander. Al ver que el hombre había desaparecido, resopló y escupió con fuerza mirando al horizonte. El enorme gargajo, elevándose durante unos segundos, trazó una parábola casi perfecta y se estampó después en medio del asfalto.