Sinema verité



Bifore tocando las maracas con un colega el día de la publicación de su primera novela "Lo sentit de la becada".
Ahora los momentos más difíciles para el sufrido escritor parecen haber terminado. Sólo falta escribir la ÚLTIMA PALABRA de la maldita novela, concretamente un adjetivo, un buen adjetivo que cierre la obra de forma memorable. Pero hay algo que rompe la concentración. Es un ruidito de fondo que llena el estudio y que, aun siendo casi imperceptible, resulta de lo más perturbador. Es un zumbido agudo y persistente que no desaparece ni metiendo la cabeza bajo el agua. Porque está en la cabeza. Porque es un murmullo que genera su cerebro, el cerebro de un escritor cansado y obsesivo. Y es entonces cuando Bifore acude a su amigo el psiquiatra para que le recete algo, una pastilla que elimine el silbido sin mermar sus cualidades de escritor talentoso. “¿Y cómo es ese ruido?”, le pregunta el tipo. Y él intenta describirlo, que de eso sabe un rato. “¿Y lo oyes ahora?”. “Si te callas, sí”, responde. Y ambos restan mudos, escuchando. Pero entonces viene lo bueno, lo realmente alucinante: resulta que el psiquiatra OYE EL RUIDO, tal y como el otro lo ha descrito, igualmente persistente e igualmente molesto. Llama a la recepcionista: “haga el favor de apagar el aire acondicionado”. Y después: “haga el favor de sentarse aquí y díganos si oye algo”. Y al cabo de un momento la mujer también escucha el ruido, aunque no es capaz de describirlo tan bien como hizo el brillante escritor. Se comprueba, pues, que el sonido existe, que no es una invención ni una ficción ni una maldita paranoia. Incluso cuando bajan a la calle lo siguen percibiendo con la misma intensidad. ¿Pero qué clase de aparato o de animal o de cosa será capaz de generar ese chillido atenuado? La pregunta circula velozmente a través de la ciudad, la población se asusta al darse cuenta de eso tan raro que se oye cuando todos callan, cuando nada más lo eclipsa. EXPERIMENTOS NUCLEARES O FUERZAS DESCONOCIDAS, PUEDE QUE ALIENÍGENAS, aseguran algunos imprudentemente. FENÓMENO FÍSICO INEXPLICADO, lo llaman los presentadores bien vestidos del telediario de las nueve. Pero nadie sabe nada. Y todos permanecen atentos, la gente escuchando en los salones y en los autobuses, los expertos midiendo la intensidad del ruido, siempre constante, y el escritor intentando elegir el jodido adjetivo para su novela. Hasta que, inesperadamente, el pitido cesa de repente. Nada parece haber cambiado, nada raro se ha movido, pero el ruido misterioso, tal y como vino, se ha marchado. Las autoridades se mantienen expectantes y la población intuye que algo gordo va a ocurrir. Pero Bifore vive ajeno a toda esta tensión que flota en el ambiente porque ahora, NI ANTES NI DESPUÉS, ha sido capaz de elegir, tras meses y meses de lucha continuada, el adjetivo que coronará y que dará nombre a su segunda y aclamada novela: PAJILLERO.

Incandenza según Google.
Podría estar hablando horas y horas de Incandenza, pero no diría mucho más de lo que David Foster Wallace explica en “La broma infinita”, una obra magnífica que lleva el título de uno de los filmes de Incandenza. Wallace repasa la vida del cineasta, que era también doctor en física óptica, y describe brevemente su filmografía. Me limitaré a reproducir aquí el argumento de algunas de sus obras de arte y ensayo, esperando que el legado de Incandenza sirva para motivarles a todos.
“Jaula II” (blanco y negro; sonora): sádicas autoridades penitenciarias ponen a un convicto ciego (Watt) y a un convicto sordomudo en una celda incomunicada y los dos intentan inventar modos de comunicarse.
“Diversión con dientes” (blanco y negro; muda con gritos y chillidos inhumanos): un dentista (Birch) realiza dieciséis procedimientos sin anestesia en las raíces dentales de un académico (Tolan), de quien sospecha que tiene un lío con su mujer (Heath).
“Dominio inmanente” (blanco y negro con microfotografía; sonora): tres neuronas de la memoria (Fukuoka-Hearn, Heath, Voorheis con disfraces de poliuretano) en el lóbulo frontal del cerebro de un hombre (Watt) luchan heroicamente para evitar su desplazamiento a manos de nuevas neuronas de la memoria mientras el hombre se somete a un intenso tratamiento psicoanalítico.
“Homo Duplex” (blanco y negro; sonora): parodia de los “antidocumentales postestructurales” de Woititz y Shulgin, entrevistas con catorce norteamericanos llamados John Wayne, pero que no son el legendario actor del siglo XX John Wayne.
“Ceremonia del té con gravedad cero” (blanco y negro/color; muda): la completa ceremonia Ocha Kai es celebrada a dos centímetros y medio por encima del suelo de la cámara de simulación de gravedad cero del Johnson Space Center.
“El hombre que empezó a sospechar que estaba hecho de cristal” (blanco y negro; sonora): un hombre sometido a una intensa psicoterapia descubre que para los demás es frágil, vacuo y transparente y se vuelve trascendentalmente iluminado o esquizofrénico.
“El siglo americano a través de un ladrillo” (color con filtro rojo y oscilofotografía, muda con narración): a las calles históricas del centro de Boston en Back Bay se les arrancan los ladrillos y se los reemplaza con cemento polimerizado. Se filma la resultante carrera de un ladrillo individual desde su recogida como parte de una instalación artística temporal a su desplazamiento por la catapulta EWD a un vertedero en el sur de Québec hasta su uso en los disturbios anti-ONAN de enero/Whopper a instancias del FLQ, todo intercalado con ambiguas tomas de las alteraciones de un índice humano atado fuertemente con un cordel.
“Despídete del burócrata” (blanco y negro; sonora): un apurado empleado de camino al trabajo es confundido con Cristo por un chico al que ha tirado al suelo.
“En otros tiempos” (blanco y negro/color; sonora): un instructor de tenis de mediana edad, preparándose para instruir a su hijo en el arte del tenis, se intoxica en el garaje de la familia y somete a su hijo a un delirante monólogo mientras el hijo solloza y transpira.
“(El) deseo del deseo” (blanco y negro; muda): un patólogo (Lindsey) se enamora de un hermoso cadáver (“Madame Psicosis”) y de su hermana paralítica (Chumm), por la que murió al rescatarla del ataque de un niño salvaje de tamaño descomunal.
“País insustancial” (blanco y negro; muda/sonora): un impopular cineasta après-garde (Watt) sufre un ataque en el lóbulo temporal o enmudece o es víctima del error de todos de que el ataque en el lóbulo temporal (el de Watt) lo ha dejado mudo.




El autor del libro con un viejo amigo.
El cólico inoportuno.
En 1996 se celebró en Illinois un juicio en el que un hombre era acusado de matar al perro de su vecina con un hueso de pollo envenenado. La mujer relataba entre sollozos la lenta y dolorosa agonía del animal cuando, de repente, el juez se levantó tembloroso de su silla y exclamó: “disculpen, me he cagado”. Acto seguido, y ante los rostros alucinados de la audiencia, se encaminó hacia los lavabos del juzgado andando a trompicones e intentando no mostrar la mancha informe que se extendía en la parte trasera de sus pantalones.
El paciente en el perchero.
Un paciente acobardado acudió a la consulta de un reputado digestólogo para que se le practicara una laparoscopia. La enfermera le condujo hasta la sala en la que se realizaría la exploración y le dijo: “Quítese la ropa y estírese aquí. El doctor estará con usted en unos minutos”. Cuando el médico entró en la sala se encontró al paciente desnudo y abrazado a un perchero de diseño. Al parecer, había entendido mal las instrucciones de la enfermera y, confundiendo el perchero con algún aparato sofisticado, se había subido a él en vez de estirarse en la camilla.
El comensal enano.
Robert J. recordará siempre el día en que metió la pata de forma escandalosa cuando un grupo de ejecutivos visitó su restaurante de lujo. Eran tres hombres y una mujer vestidos con sus mejores galas e iban acompañados de lo que parecía ser un niño con camiseta a rayas. Robert les entregó las cartas y añadió cortésmente: “disponemos también, si lo desean, de un menú especial para el niño”. La mujer que estaba sentada precisamente al lado de la criatura respondió: “¿A qué niño se refiere?”. El camarero se dio cuenta entonces del error: el enanismo y la indumentaria más bien informal de uno de los comensales hizo que Robert le confundiera con una criatura. Se produjo un silencio incómodo, tras el cual el enano exclamó: “el niño tomará un Johnnie Walker etiqueta negra en vaso corto, si es usted tan amable”. Robert asintió avergonzado y se retiró con la cabeza gacha.
El librero malvado.
Al encargado de la sección de libros de un centro comercial alemán le comunicaron un buen día que no le renovarían el contrato. Indignado por el trato de sus superiores, y con el apoyo de los compañeros que tanto le apreciaban, planeó una gamberrada histórica. Colocó una obra de Hölderlin en la sección de novedades de la librería, con una nota al lado que rezaba lo siguiente: “a las seis de la tarde, el autor estará firmando libros en el hall principal”. Algunos clientes incautos adquirieron la obra y se dirigieron al hall a la hora indicada. Al llegar allí, el propio encargado les recibía con una gran pancarta que decía: “¡Hölderlin murió en 1843, incultos hijos de puta!”.

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