8/31/2006

Sinema verité

Yo sigo haciendo todo lo posible para inspirar a los participantes del Festival Petit Écolier, mostrándoles referentes ineludibles.

El director del corto es Jorge Riera, también conocido como Putokrio. Si se han quedado con ganas de más, les tranquilizará saber que la obra forma parte de una trilogía. Esperamos poder ver pronto los dos cortometrajes restantes, y rezamos también para que al Putokrio le dé por actualizar de una vez su weblog, que va camino de convertirse en todo un clásico.

8/29/2006

Filosofía de la calle

El taxi sale más caro que el autobús, pero en ocasiones obsequia al cliente con lecciones magistrales que no imparten en ninguna universidad. Les reproduzco a continuación una conferencia pronunciada por Antonio Garrido en su Skoda Octavia TDI acerca de la influencia de la tecnología en nuestras vidas.
Yo le digo a mi hijo que deje esto del taxi porque no hay futuro. De momento aún sí, pero pronto los coches los conducirán máquinas. Mira si no este aparatito, el navegador. Me dice por dónde tengo que ir hasta llegar al destino. Es para tontos, yo no tengo que hacer nada de nada. Cuando le añadan un sistema para que el coche detecte los obstáculos y pueda conducirse solo, se acabó el trabajo de taxista. Accidentes habrá igual que ahora, porque en las máquinas también hay eso del error humano, pero todo irá solo. De hecho, la línea cinco del metro funciona sola. Esto la gente no lo sabe, pero ponen un maniquí en la cabina y ya está. Hace años que va así, además. Y los aviones, ya me dirás. Ahí tiene que haber una persona porque la gente no se fiaría. Pero si hay algún problema, ¿qué crees que podrá hacer el tío? Nada. Cobran una pasta y no hacen nada. Yo, ya ves lo que hago ahora. Utilizo una pequeña parte del cerebro, como quien dice, para hacer esto. Que, por cierto, no sé si lo has leído, a las modelos empiezan a quitarles ya trozos de órganos para que pesen menos y pasen los controles esos tan estrictos para desfilar en las pasarelas. Hay partes del cuerpo de las que podemos prescindir, y como pesan, pues fuera. No es broma. Les quitan partes del cerebro que no usan. Total, la operación no se nota, la procesión va por dentro que se dice. Y después las ves hablar así y piensas “joder, a esta le quitaron más de lo necesario, pobre muchacha”.

Esto de la tecnología es una barbaridad, la persona humana no cuenta para nada. Yo ahora mismo podría ser un robot y estar aquí haciéndote creer que soy un taxista normal. Bueno, no creo que los ingenieros se hubiesen molestado en ponerme pelillos en la nariz y barriga cervecera, eh. Y tampoco tendríamos esta conversación. Las máquinas no conversan como nosotros. Sólo hablan por patrones. Nosotros vamos distinto, no sé. La gente cuando habla en sitios públicos se roba conversaciones, te habrás fijado alguna vez. Tú haz la prueba. Cuando estés en la terraza de un bar con alguien, empieza a hablar de un tema así polémico como la inmigración, y ya verás como los de al lado acaban robándote la conversación y se ponen a discutir sobre lo mismo. Ya sé que es una tontería, pero a mí esto me da mucha rabia. Que sean más originales, joder, que se metan en sus cosas. Pero bueno, volviendo al tema, ya verás tú que dentro de poco tiempo todo lo llevarán máquinas como el navegador ese que tengo aquí. Y fíate tú, fíate tú de esos cacharros. Porque esto es como el chiste aquél del Windows y el Mac. Si tiras por el balcón y al mismo tiempo un Windows y un Mac que pesan exactamente lo mismo, ¿cuál llegará antes al suelo? Venga, contesta. ¿No? Pues el Mac hombre, porque el Windows se cuelga. ¡Se cuelga!

8/22/2006

Open Marlboro

Peter Bifore está a punto de terminar su segunda novela, aquella a la que todos sus amigos llaman PUTA NOVELA o, en ocasiones, JODIDA MIERDA EN LA QUE ESTÁ METIDO. Y ello es motivo de júbilo, pues la novela en cuestión, la que le consolidará definitivamente como AUTOR, lleva más de un año y medio resistiéndose. Se resiste tanto que Bifore no deja que nada le distraiga y se niega a llamar a sus amigos y se niega a salir y a follar y a veces incluso se niega a comer para no tener que abandonar su estudio. Cuando ya tenía escrita la mitad del material y cuando, en sus propias palabras, “había cogido carrerilla”, Bifore cometió el error de pararse a leer para no contaminarse de su propia prosa. Y entonces descubrió a un tipo (Mills o Hills, no recuerda ni quiere recordar su nombre) que es realmente BUENO y que le hizo pensar que todo lo que llevaba escrito lo había dicho EL OTRO de una forma mucho más BELLA. Por coherencia y por honestidad, Bifore tuvo que empezar de cero, buscando algo distinto, algo NUEVO. Y tres meses después, habiendo rectificado el rumbo con otras sesenta páginas escritas, se dio cuenta de que estaba demasiado agotado y de que no podía descansar. Se tumbaba en la cama dispuesto a dormir plácidamente y entonces se veía a sí mismo sumergido diez metros bajo el agua con un disfraz de buzo observando atónito el océano; y en aquel instante, NI ANTES NI DESPUÉS, se le ocurría una idea buenísima para una trama de su novela o incluso para un relato breve independiente, y quería nadar hacia arriba para anotarla en su libreta, pero el recorrido era largo y se daba cuenta de que cuanto más subía más rápidamente olvidaba aquella idea tan buena, de modo que, de regreso a la superficie, sólo era capaz de escribir con manos temblorosas por la falta de aire JODER, OTRA PUTA PESADILLA. Esta situación (se regocija ahora recordándolo) le llevó a decir en una entrevista que el suyo era un talento EXCLUSIVAMENTE ACUÁTICO, cosa que, evidentemente, nadie pudo entender y que ayudó a dotar al AUTOR de esa ininteligibilidad que tanto vende.

Bifore tocando las maracas con un colega el día de la publicación de su primera novela "Lo sentit de la becada".

Ahora los momentos más difíciles para el sufrido escritor parecen haber terminado. Sólo falta escribir la ÚLTIMA PALABRA de la maldita novela, concretamente un adjetivo, un buen adjetivo que cierre la obra de forma memorable. Pero hay algo que rompe la concentración. Es un ruidito de fondo que llena el estudio y que, aun siendo casi imperceptible, resulta de lo más perturbador. Es un zumbido agudo y persistente que no desaparece ni metiendo la cabeza bajo el agua. Porque está en la cabeza. Porque es un murmullo que genera su cerebro, el cerebro de un escritor cansado y obsesivo. Y es entonces cuando Bifore acude a su amigo el psiquiatra para que le recete algo, una pastilla que elimine el silbido sin mermar sus cualidades de escritor talentoso. “¿Y cómo es ese ruido?”, le pregunta el tipo. Y él intenta describirlo, que de eso sabe un rato. “¿Y lo oyes ahora?”. “Si te callas, sí”, responde. Y ambos restan mudos, escuchando. Pero entonces viene lo bueno, lo realmente alucinante: resulta que el psiquiatra OYE EL RUIDO, tal y como el otro lo ha descrito, igualmente persistente e igualmente molesto. Llama a la recepcionista: “haga el favor de apagar el aire acondicionado”. Y después: “haga el favor de sentarse aquí y díganos si oye algo”. Y al cabo de un momento la mujer también escucha el ruido, aunque no es capaz de describirlo tan bien como hizo el brillante escritor. Se comprueba, pues, que el sonido existe, que no es una invención ni una ficción ni una maldita paranoia. Incluso cuando bajan a la calle lo siguen percibiendo con la misma intensidad. ¿Pero qué clase de aparato o de animal o de cosa será capaz de generar ese chillido atenuado? La pregunta circula velozmente a través de la ciudad, la población se asusta al darse cuenta de eso tan raro que se oye cuando todos callan, cuando nada más lo eclipsa. EXPERIMENTOS NUCLEARES O FUERZAS DESCONOCIDAS, PUEDE QUE ALIENÍGENAS, aseguran algunos imprudentemente. FENÓMENO FÍSICO INEXPLICADO, lo llaman los presentadores bien vestidos del telediario de las nueve. Pero nadie sabe nada. Y todos permanecen atentos, la gente escuchando en los salones y en los autobuses, los expertos midiendo la intensidad del ruido, siempre constante, y el escritor intentando elegir el jodido adjetivo para su novela. Hasta que, inesperadamente, el pitido cesa de repente. Nada parece haber cambiado, nada raro se ha movido, pero el ruido misterioso, tal y como vino, se ha marchado. Las autoridades se mantienen expectantes y la población intuye que algo gordo va a ocurrir. Pero Bifore vive ajeno a toda esta tensión que flota en el ambiente porque ahora, NI ANTES NI DESPUÉS, ha sido capaz de elegir, tras meses y meses de lucha continuada, el adjetivo que coronará y que dará nombre a su segunda y aclamada novela: PAJILLERO.

8/14/2006

James O. Incandenza

Como decía mi compañero de fatigas en un post anterior, faltan poco más de dos meses para que se elija al ganador del Festival Petit Écolier de Cinéma. Hemos recibido más de veinte cortos, sé que hay gente que está preparando los suyos, y yo estoy convencido de que el festival servirá para descubrir y consagrar la Parodia Definitiva del Cine de Arte y Ensayo. Pero también sé que no basta con regalar una camiseta y un pack de deuvedés. La gente necesita inspiración, necesita dar con una idea de esas que le levantan a uno el culo del sofá. Y para que eso ocurra, señores, no hay nada mejor que fijar la mirada en los maestros, en los que realmente saben. Yo les propongo un acercamiento a la figura de James O. Incandenza, el individuo que, sin duda, hubiese ganado el Petit Écolier de no haberse suicidado en el Año de la Muestra del Snack de Chocolate Dove.

Incandenza según Google.

Podría estar hablando horas y horas de Incandenza, pero no diría mucho más de lo que David Foster Wallace explica en “La broma infinita”, una obra magnífica que lleva el título de uno de los filmes de Incandenza. Wallace repasa la vida del cineasta, que era también doctor en física óptica, y describe brevemente su filmografía. Me limitaré a reproducir aquí el argumento de algunas de sus obras de arte y ensayo, esperando que el legado de Incandenza sirva para motivarles a todos.

“Jaula II” (blanco y negro; sonora): sádicas autoridades penitenciarias ponen a un convicto ciego (Watt) y a un convicto sordomudo en una celda incomunicada y los dos intentan inventar modos de comunicarse.

“Diversión con dientes” (blanco y negro; muda con gritos y chillidos inhumanos): un dentista (Birch) realiza dieciséis procedimientos sin anestesia en las raíces dentales de un académico (Tolan), de quien sospecha que tiene un lío con su mujer (Heath).

“Dominio inmanente” (blanco y negro con microfotografía; sonora): tres neuronas de la memoria (Fukuoka-Hearn, Heath, Voorheis con disfraces de poliuretano) en el lóbulo frontal del cerebro de un hombre (Watt) luchan heroicamente para evitar su desplazamiento a manos de nuevas neuronas de la memoria mientras el hombre se somete a un intenso tratamiento psicoanalítico.

“Homo Duplex” (blanco y negro; sonora): parodia de los “antidocumentales postestructurales” de Woititz y Shulgin, entrevistas con catorce norteamericanos llamados John Wayne, pero que no son el legendario actor del siglo XX John Wayne.

“Ceremonia del té con gravedad cero” (blanco y negro/color; muda): la completa ceremonia Ocha Kai es celebrada a dos centímetros y medio por encima del suelo de la cámara de simulación de gravedad cero del Johnson Space Center.

“El hombre que empezó a sospechar que estaba hecho de cristal” (blanco y negro; sonora): un hombre sometido a una intensa psicoterapia descubre que para los demás es frágil, vacuo y transparente y se vuelve trascendentalmente iluminado o esquizofrénico.

“El siglo americano a través de un ladrillo” (color con filtro rojo y oscilofotografía, muda con narración): a las calles históricas del centro de Boston en Back Bay se les arrancan los ladrillos y se los reemplaza con cemento polimerizado. Se filma la resultante carrera de un ladrillo individual desde su recogida como parte de una instalación artística temporal a su desplazamiento por la catapulta EWD a un vertedero en el sur de Québec hasta su uso en los disturbios anti-ONAN de enero/Whopper a instancias del FLQ, todo intercalado con ambiguas tomas de las alteraciones de un índice humano atado fuertemente con un cordel.

“Despídete del burócrata” (blanco y negro; sonora): un apurado empleado de camino al trabajo es confundido con Cristo por un chico al que ha tirado al suelo.

“En otros tiempos” (blanco y negro/color; sonora): un instructor de tenis de mediana edad, preparándose para instruir a su hijo en el arte del tenis, se intoxica en el garaje de la familia y somete a su hijo a un delirante monólogo mientras el hijo solloza y transpira.

“(El) deseo del deseo” (blanco y negro; muda): un patólogo (Lindsey) se enamora de un hermoso cadáver (“Madame Psicosis”) y de su hermana paralítica (Chumm), por la que murió al rescatarla del ataque de un niño salvaje de tamaño descomunal.

“País insustancial” (blanco y negro; muda/sonora): un impopular cineasta après-garde (Watt) sufre un ataque en el lóbulo temporal o enmudece o es víctima del error de todos de que el ataque en el lóbulo temporal (el de Watt) lo ha dejado mudo.

8/09/2006

Arboescultura

En verano, se acaban las clases, se cierran las tiendas y los jefes se van de vacaciones. Con todo, uno se aburre mucho. Por este motivo existen los hobbies, pequeñas actividades lúdicas para desarrollar cuando se está cansado de tanta consola y de tanta tele. Como no puedo ponerme a rodar cortos (quedaría muy mal que un miembro del jurado ganase el festival), he estado buscando una ocupación digna de mi tiempo. Tras largas consideraciones, he dado con ella. Quisiera presentarles mi nueva afición: la arboescultura. La arboescultura, para los que todavía no lo sepan, es el arte de esculpir árboles, dándo forma al tronco mientras crece para crear piezas decorativas y hasta objetos funcionales como mesas o taburetes.

Es el hobbie ideal ahora que está tan de moda el diseño sueco. Yo ya he plantado mi primera silla. Calculo que dentro de diez años podré sentarme en ella.

Que se preparen los demás esponjiformes porque también estoy cultivando algo para a ellos. Nada, un detallito para decorar, no se crean. Pero podrán ponerlo al lado del cuadro que les hice cuando me dió por el punto de cruz. Qué bonito, si es que ya lo veo.

8/06/2006

Nos quedamos cortos

Quedan dos meses para que finalice el plazo de entrega del Festival Petit Ecolié. Hemos ido recibiendo cositas, pero aún esperamos que nos lleguen más tras las vacaciones. No sé quién ganará el concurso, pero lo cierto es que si se presentara Godard arrasaba. Lo digo porque hoy me he encontrado el siguiente video por pura casualidad. Ya verán que hagamos lo que hagamos nos quedaremos cortos parodiándole.
La única duda es sobre si nuestro amigo Jean Luc realmente sabía que su cine era una parodia en sí mismo.

8/01/2006

Cólicos, percheros y poetas muertos

Estoy inmerso en la traducción de una obra de Alasdair Larventer dedicada a compilar anécdotas profesionales recogidas en distintos lugares del mundo. Les ofrezco en primicia una breve selección de las mejores historias.

El autor del libro con un viejo amigo.

El cólico inoportuno.

En 1996 se celebró en Illinois un juicio en el que un hombre era acusado de matar al perro de su vecina con un hueso de pollo envenenado. La mujer relataba entre sollozos la lenta y dolorosa agonía del animal cuando, de repente, el juez se levantó tembloroso de su silla y exclamó: “disculpen, me he cagado”. Acto seguido, y ante los rostros alucinados de la audiencia, se encaminó hacia los lavabos del juzgado andando a trompicones e intentando no mostrar la mancha informe que se extendía en la parte trasera de sus pantalones.

El paciente en el perchero.

Un paciente acobardado acudió a la consulta de un reputado digestólogo para que se le practicara una laparoscopia. La enfermera le condujo hasta la sala en la que se realizaría la exploración y le dijo: “Quítese la ropa y estírese aquí. El doctor estará con usted en unos minutos”. Cuando el médico entró en la sala se encontró al paciente desnudo y abrazado a un perchero de diseño. Al parecer, había entendido mal las instrucciones de la enfermera y, confundiendo el perchero con algún aparato sofisticado, se había subido a él en vez de estirarse en la camilla.

El comensal enano.

Robert J. recordará siempre el día en que metió la pata de forma escandalosa cuando un grupo de ejecutivos visitó su restaurante de lujo. Eran tres hombres y una mujer vestidos con sus mejores galas e iban acompañados de lo que parecía ser un niño con camiseta a rayas. Robert les entregó las cartas y añadió cortésmente: “disponemos también, si lo desean, de un menú especial para el niño”. La mujer que estaba sentada precisamente al lado de la criatura respondió: “¿A qué niño se refiere?”. El camarero se dio cuenta entonces del error: el enanismo y la indumentaria más bien informal de uno de los comensales hizo que Robert le confundiera con una criatura. Se produjo un silencio incómodo, tras el cual el enano exclamó: “el niño tomará un Johnnie Walker etiqueta negra en vaso corto, si es usted tan amable”. Robert asintió avergonzado y se retiró con la cabeza gacha.

El librero malvado.

Al encargado de la sección de libros de un centro comercial alemán le comunicaron un buen día que no le renovarían el contrato. Indignado por el trato de sus superiores, y con el apoyo de los compañeros que tanto le apreciaban, planeó una gamberrada histórica. Colocó una obra de Hölderlin en la sección de novedades de la librería, con una nota al lado que rezaba lo siguiente: “a las seis de la tarde, el autor estará firmando libros en el hall principal”. Algunos clientes incautos adquirieron la obra y se dirigieron al hall a la hora indicada. Al llegar allí, el propio encargado les recibía con una gran pancarta que decía: “¡Hölderlin murió en 1843, incultos hijos de puta!”.