5/17/2007

Juzgue usted mismo

Hoy he visto a un joven en el metro que, mientras leía el último de Auster, iba tachando con un Pilot azul las palabras, las frases o los párrafos que no le gustaban, escribiendo sus propuestas alternativas en los márgenes del libro. Su letra no era muy inteligible, pero acercándome un poco he visto que sustituía, entre otras cosas, sueño por ensoñación (qué lelo es Auster, ¡mira que no pillar el matiz!). Pero me ha parecido muy bien, qué quieren que les diga. Yo hace tiempo que defiendo el tunning literario como práctica saludable, incluso Ernst Portamnor llegó a reproducir textos de Heidegger sustituyendo algunas palabras por otras. A los más puristas les parecerá un sacrilegio, pero por algo nos enseñó Russell a distinguir el tipo del ejemplar: aunque la obra original pertenezca a su autor, el ejemplar es mío porque lo he pagado y hago con él lo que me da la gana.

Al final, todos seremos juzgados.

Sin embargo, deberíamos preguntarnos lo siguiente: ¿qué pasa cuando el que juzga y corrige a los demás es tonto del culo? El propio Heidegger dijo que toda la metafísica occidental había seguido un camino equivocado, pero que no era nada grave porque allí estaba él para solucionarlo. Cuando uno echa un vistazo a lo que escribió después, se da cuenta de que el tipo merecía unas cuantas collejas, las mismas que su madre no le había dado en su momento. Yo mismo, metiéndome con un filósofo de su talla (creo que era metrosesenta), me estoy ganando la enemistad de unos cuantos catedráticos de metafísica. Pero es que esto está de moda, señores. ¿Es que acaso no han visto Factor X? El programa en cuestión se basa íntegramente en el gusto que da ver a Miqui Puig humillando a unos candidatos convenientemente seleccionados para facilitarle el trabajo. Eso sí, Puig es un mero aficionado si lo comparamos con el gran Gregory House, ese genio carismático que desprecia con estilo y con motivos, porque por lo visto todos los que le rodean son tirando a subnormales. Obviamente, los médicos de verdad se tronchan con las tonterías que diagnostica (por si alguien lo dudaba, el rigor científico de la serie está al nivel del de Cuarto Milenio), pero nosotros pasamos un rato agradable descargando tensiones y regocijándonos cuando pone en evidencia a los que no le llegan a la suela del zapato. De pequeño conocí a un chico, también muy carismático, que se dedicaba a perseguir a los gatos de su pueblo para levantarlos dos metros del suelo a base de patadas. Les juro que el placer que obtenía con ello era, en esencia, el mismo que le provoca a Miqui Puig esa sonrisita tan característica de cínico despreciable.