5/26/2007

La Dama de la Guadaña

Hoy he recibido un correo electrónico de esos en cadena que decía: “si no reenvías este mensaje a todos tus conocidos en las próximas 48 horas, morirás”. Y esto me ha hecho reflexionar seriamente sobre lo cerca que estamos del abismo. La muerte nos acecha a cada momento. Si hubiese estado de vacaciones en un lugar exótico, sin internet ni nada, no habría podido reenviar el e-mail. Y no quiero ni imaginar lo que hubiera ocurrido. Lo mejor es decir: “bueno, no ha pasado nada, chicos, sigamos adelante”. Pero somos frágiles, realmente. Puedes practicar culturismo y lo que quieras, sigues siendo frágil mientras tengas cuenta de correo. Los cementerios están llenos de culturistas. Bueno, no tengo estadísticas, pero vamos, casi seguro que sí. Es probable que en los cementerios de pueblo no haya tantos, pero en las grandes ciudades me apuesto lo que sea a que podríamos encontrar, entre otras cosas, bastantes cadáveres en tanga.

La muerte traicionera ataca también por la espalda.

Epicuro decía que no temía a la muerte porque cuando ella viene tú ya no estás, y cuando estás es porque ella no ha venido aún. En este sentido, son peores las almorranas, o la regla. Aunque cuando mi novia tiene la regla yo procuro no estar, esto también es verdad. Pero en el caso de las almorranas, que son una cosa jodida, pues no sé, aunque yo esté cuando aparecen, lo llevo más o menos bien. Y aún así, teniendo almorranas y llevándolo bien, la muerte viene igual a joderte, y tu estás allí esperándola de pie, con cara de tonto.
No nos engañemos, por mucho que Epicuro dijera que ya no estás, pues es un poco como cuando suena el teléfono y gritas: “no estoooy”. En el fondo estás, y te jode igual que te estén llamando insistentemente. Quizá sin correo electrónico y sin teléfono las cosas serían más fáciles, pero Epicuro no tenía ni una cosa ni la otra y, después de sufrir almorranas durante toda su vida, la acabó palmando como todos.