Mi filosofía del ahorro
Esta mañana, leyendo el periódico, he dado con un artículo que empezaba tal que así:
Si, como indica Baudrillard, en última instancia “el asesino y la víctima son una misma persona”…
Al leer “Baudrillard”, he sabido que no hacía falta continuar: lo que aquel artículo tenía que decirme no me interesaba en absoluto. En otros tiempos probablemente me hubiera sorprendido la cita, hubiese pensado que detrás de la aparente tontería de identificar asesinos y víctimas en una misma persona había algo más, una perspectiva novedosa y reveladora sobre la violencia, la condición humana o vayan a saber qué otros mensajes profundos. Puede que el nombre “Baudrillard” hubiera bastado para seducirme: está claro que los buenos pensadores lucen complicados apellidos franceses o alemanes (tenemos a Kierkegaard, tenemos a Derrida, tenemos al propio Nietzsche, y después tenemos a Rodolfo Mondolfo, que no se come un rosco). Sin embargo, gracias a mi licenciatura en Filosofía, sé qué dijo este tal Baudrillard y sé también que no dijo más que tonterías. Por lo tanto, he podido salvar esos cinco minutos de mi vida que se hubieran ido al traste leyendo necedades. Me he dado cuenta, en definitiva, de que es cierto que perdí mucho tiempo estudiando la carrera, pero también lo es que gracias a ella identifico rápidamente aquellos artículos que no necesito leer, aquellos libros que no necesito comprar y aquellas conferencias a las que no necesito asistir. Y no se imaginan la cantidad de tiempo que me ahorra todo esto. Decía Plotino que a Dios sólo se le podía definir en negativo. Quizá es así como defino yo a la intelectualidad europea. No es por provocar, se lo juro. Es simplemente que no tengo tiempo.
Si, como indica Baudrillard, en última instancia “el asesino y la víctima son una misma persona”…
Al leer “Baudrillard”, he sabido que no hacía falta continuar: lo que aquel artículo tenía que decirme no me interesaba en absoluto. En otros tiempos probablemente me hubiera sorprendido la cita, hubiese pensado que detrás de la aparente tontería de identificar asesinos y víctimas en una misma persona había algo más, una perspectiva novedosa y reveladora sobre la violencia, la condición humana o vayan a saber qué otros mensajes profundos. Puede que el nombre “Baudrillard” hubiera bastado para seducirme: está claro que los buenos pensadores lucen complicados apellidos franceses o alemanes (tenemos a Kierkegaard, tenemos a Derrida, tenemos al propio Nietzsche, y después tenemos a Rodolfo Mondolfo, que no se come un rosco). Sin embargo, gracias a mi licenciatura en Filosofía, sé qué dijo este tal Baudrillard y sé también que no dijo más que tonterías. Por lo tanto, he podido salvar esos cinco minutos de mi vida que se hubieran ido al traste leyendo necedades. Me he dado cuenta, en definitiva, de que es cierto que perdí mucho tiempo estudiando la carrera, pero también lo es que gracias a ella identifico rápidamente aquellos artículos que no necesito leer, aquellos libros que no necesito comprar y aquellas conferencias a las que no necesito asistir. Y no se imaginan la cantidad de tiempo que me ahorra todo esto. Decía Plotino que a Dios sólo se le podía definir en negativo. Quizá es así como defino yo a la intelectualidad europea. No es por provocar, se lo juro. Es simplemente que no tengo tiempo.



































































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