Siete toneladas de amargura
"Desde abajo te devora", Buffy Cazavampiros.
La gente hace como que no se da cuenta pero tenemos un problema, señores. Un problema de mierda. Me disgusta tener que ser yo quien saque el tema, francamente, pero no soy de los que esconden las miserias bajo la alfombra. Tolero mejor la vergüenza que la irresponsabilidad, de modo que voy a decirlo y espero que los que han estado haciendo como si nada hasta ahora se dignen a apoyarme. La cuestión es que muchos de los honrados y respetables ciudadanos de la ciudad madrileña de Madrid hemos crecido, como mínimo, quince centímetros en los últimos días. Y no hay que buscar las causas del fenómeno en la dieta ni en factores demográficos. Hemos crecido porque en vez de desplazarnos sobre el llano pavimento como acostumbran nuestros compañeros de civilización, caminamos elevados por montones irregulares y hediondos de mierda. De mierda de la buena. Que no es otra que la mierda del metro de Madrid.
La gente hace como que no se da cuenta pero tenemos un problema, señores. Un problema de mierda. Me disgusta tener que ser yo quien saque el tema, francamente, pero no soy de los que esconden las miserias bajo la alfombra. Tolero mejor la vergüenza que la irresponsabilidad, de modo que voy a decirlo y espero que los que han estado haciendo como si nada hasta ahora se dignen a apoyarme. La cuestión es que muchos de los honrados y respetables ciudadanos de la ciudad madrileña de Madrid hemos crecido, como mínimo, quince centímetros en los últimos días. Y no hay que buscar las causas del fenómeno en la dieta ni en factores demográficos. Hemos crecido porque en vez de desplazarnos sobre el llano pavimento como acostumbran nuestros compañeros de civilización, caminamos elevados por montones irregulares y hediondos de mierda. De mierda de la buena. Que no es otra que la mierda del metro de Madrid.
Los lunes en el metro de Madrid son lunes Dead Rising. Transeúntes con cara de zombie arrastran pasmados bajo sus pies fragmentos de periódico, decorados todos ellos con una amalgama de material orgánico tan sólo descriptible mediante arcadas, y las papeleras -¡ay, las papeleras!- son ellas las que vomitan ahora en las caras de los borrachos, ejecutando con ello una venganza gestada durante siglos. Yo amo a la vida más que a mí mismo, pero cada vez que bajo al metro siento el irrefrenable impulso de arrojarme a las vías para librarme así de las garras de este nuevo imperio subterráneo de la roña. Ignoro el umbral de porquería acumulada que el ser humano es capaz de tolerar. Me aterra pensar que mi capacidad de adaptación está por debajo de la de mis congéneres. Piensen que en nuestro país se soportaron treinta y seis años de dictadura. Entiendo, pues, que para muchos la mierda sea ahora pan comido. Lo parece, en todo caso, a juzgar por el comportamiento, totalmente impasible e indiferente, de quienes me han acompañado estos días en mis sufridos viajes suburbanos. En el periódico dicen que toda esta basura alcanza ya las siete toneladas. A mí me parece magnífico el periodismo de investigación, pero sólo pido una cosa: que el mismo que se está dedicando a pesarla, haga el favor de apartarla de mi vista, ya que está puesto.



































































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