4/21/2007

Literatura preventiva

“El uso de esta máquina, como así también cualquier producto eléctrico, comporta la observación de algunas reglas fundamentales:

- No tocar el aparato con manos o pies mojados o húmedos.
- No tirar del cable de alimentación para desconectar el enchufe de la toma, no tirar del cable de alimentación para comprobar que esté fuertemente acoplado, no tirar, en general, del cable de alimentación para comprobar nada.
- No rociar el aparato con líquidos inflamables (gasolina, alcohol, etcétera). Podría prender.”

Lavadora Fagor f1905, Septiembre de 1960.

“La fuga del ácido de batería puede causar daño personal y daño a su control remoto. Mantenga el ácido de batería lejos de sus ojos y boca. Las baterías que tengan una fuga pueden hacer ruidos como "pop"”.

Consola Nintendo Wii, Enero de 2006.

Cuarenta y seis años separan el primer texto del segundo, pero en ambos permanece el sello inconfundible de su autor: Henry R. Ipnice. Su obra ha sido ampliamente difundida y traducida, pero no ha recibido el reconocimiento que, sin duda alguna, merece. Ipnice ha dedicado su vida a la redacción de instrucciones para todo tipo de aparatos eléctricos, procurando combinar la claridad expositiva con un estilo personal y una concepción particular de lo que él mismo denomina “literatura preventiva”. Sus textos, analizados adecuadamente, son el reflejo de una época marcada por la relación, en ocasiones conflictiva, del hombre con la tecnología. Les ofrecemos a continuación el fragmento de una entrevista que será publicada próximamente en la revista Coolture:

P. Hay quien dice que sus primeros textos son asombrosamente ingenuos. Nadie en sus cabales rociaría su lavadora recién estrenada con un líquido inflamable.

R. Es un error analizar estos primeros escritos desde la perspectiva actual. El consumidor de hoy no es el de entonces. La sociedad ha cambiado mucho. El buen crítico literario tiene siempre en cuenta el contexto.

P. También se dice que parte de su ingenuidad tenía fines más bien cómicos. Le recuerdo aquellas instrucciones de un gorro de ducha que rezaban “vale para una sola cabeza”.

R. Aquel modelo era cuatro centímetros más ancho que el anterior. Quise dejar claras las cosas, cualquier cambio sugiere nuevos riesgos, nuevas posibilidades de usar mal el producto. Mi trabajo es acotar, marcando siempre el límite.

P. En los años ochenta, fue muy criticado por incluir la frase “no voltear el envase” justo en la parte de debajo de los envases. Es decir, cuando el consumidor leía la inscripción el producto ya había sido…

R. Lo sé, lo sé. No es que quiera liberarme de toda culpa, pero en este caso debo aclarar que yo redacto las instrucciones pero no soy quien decide dónde se insertan. A veces existe una falta de comunicación entre el autor y el editor, si me permite la analogía. El resultado es un sinsentido, pero yo no puedo predecirlo.

P. ¿No está dispuesto a admitir que llegó a extremos un tanto paternalistas? El paquete de frutos secos con la frase “abrir el paquete, comer los frutos secos” fue interpretado como un insulto.

R. Póngase en mi lugar. Le encargan unas instrucciones para una bolsa de frutos secos. Tiene que usar su imaginación pero dispone de poco tiempo. ¿Qué demonios habría puesto usted? La bolsa era muy pequeña como para ahogar a un niño. No pude usar las fórmulas más típicas.

P. Dicen que la gente cada vez lee menos las instrucciones de los aparatos. ¿En qué medida afecta esto a la literatura preventiva? ¿Cree que su trabajo va a resentirse?

R. La gente cada vez lee menos, en esto tiene usted toda la razón. Es descorazonador, pero hay que ser realista. El otro día estaba en mi mesa de trabajo redactando y me llamó mi superior. Quería que habláramos en su despacho. El tipo me miró fijamente y me dijo: “Henry, hombres como usted ya no quedan”. Le pregunté qué quería decir con aquello e insistió: “Cada vez es más difícil encontrar a gente como usted, Henry”. Y así todo el rato. Hasta que finalmente dijo: “¿Y por qué será eso, Henry? ¿Por qué será que cada vez quedan menos hombres como usted, Henry? Me lo pregunto cada vez que le veo allí, tan concentrado, escribiendo. La gente como usted ha ido desapareciendo y, sin embargo, usted sigue aquí, sentado en su mesita. ¿Por qué, Henry?”. Aquello me dio mala espina. Parecía que quería decirme algo pero no acababa de soltarlo. No sé, tuve una intuición. De repente pensé que no todo es para siempre. Un día estás aquí, otro día allí y, finalmente, ya no estás. Y es bueno verlas venir, es bueno que las cosas no le sucedan a uno de forma inesperada.

4/18/2007

Mi nueva amiga Anna

Si han visitado recientemente la página web de IKEA habrán comprobado que la inteligencia artificial existe y atiende al nombre de Anna. Anna es una dependienta virtual que responde educadamente a todas las preguntas o demandas que se le hacen. Sí, cuando digo todas me refiero también a estas en las que usted, querido lector de mentalidad rupestre, está pensando ahora mismo.

Debo reconocer que he puesto a prueba la inteligencia de Anna en situaciones límite, y aunque no siempre me ha facilitado la respuesta que le pedía, sí se ha mostrado consciente de sus propias limitaciones. Esto es ya una muestra de inteligencia, con lo cual podemos darle el aprobado.

Anna es paciente, educada y servicial, pero lo que más valoro de ella, por encima de todo, es su sinceridad. Fíjense:

Gracias Anna, gracias por ser como eres.

4/15/2007

Todos los recuerdos relevantes que conservo de mi infancia reproducidos en poco más de un folio

Mi memoria a largo plazo es nula. De toda mi infancia, no recuerdo con nitidez más que tres elementos sin relación aparente: el hotel donde pasé mis primeras vacaciones, el Opel Corsa negro de mi madre y Jordi Pujol. Sin embargo, en ocasiones, si me esfuerzo un poco, me vienen a la mente ciertos episodios que viví, cosas que me marcaron bastante en su momento y que mi memoria, sabia ella, había censurado. Entre ellas, figura el episodio al que yo denomino “extraña reunión de viejos”. Tuvo lugar en los años ochenta, yo no era más que una criatura inocente. Mis abuelos me metieron en un SEAT Supermirafiori y me llevaron lejos, muy lejos de casa, en un viaje por carretera que me pareció eterno. Yo no sabía adónde íbamos, pero tampoco lo pregunté. Casi nunca preguntaba nada, dejaba que las cosas siguieran su curso. A veces tenía suerte y me llevaban al cine. En otras ocasiones no era tan afortunado y me apuntaban a una escuela de mimos para que aprendiera a expresarme. Dependía mucho.

"Importante. No importado"

Pero bueno, a lo que íbamos: después de recorrer durante dos horas las carreteras sinuosas, polvorientas y con baches de mi querida Cataluña rural, llegamos a un pueblo, o más bien a las afueras de un pueblo. Aparcamos delante de un restaurante de carretera, de estos que están decorados al estilo de los años setenta y que tienen animales disecados colgando de las paredes. El local estaba repleto de viejos y, por increíble que pueda parecer, entramos en él. Había viejos de todos los tipos pastando por allí: tipos de esos encorvados que parecen dispuestos a saltar de un trampolín, otros con manchas moradas en la cara, como si acabaran de enfrentarse solos a un ejercito de ardillas, y también mis preferidas, esas viejecitas que llevan el pelo teñido de color lila, algo que nunca he entendido pero que, obviamente, y como supondrán, nunca me molesté en preguntar. Mis abuelos, que también eran viejos españoles comunes, no conocían a ninguno de los allí presentes, pero sonreían a todo el mundo con sus precarias dentaduras. Mi abuelo consultó un panel que indicaba las mesas del restaurante en las que cada uno debía sentarse y nos condujo hasta la que teóricamente nos tocaba a nosotros. Comimos con cuatro parejas de ancianos con los que, aparentemente, no teníamos nada que ver. Supongo que hablaron del tiempo, de lo buena o mala que estaba la comida, no lo sé. Yo estaba pendiente de otras cosas. Intentaba localizar las salidas de emergencia o simplemente me ausentaba de la realidad mirando atentamente un punto fijo del espacio. Cuando los viejos ya se habían puesto hasta el culo y se disponían a encender el purito de rigor, apareció alguien en un escenario que yo ni siquiera había visto y llamó la atención de todo el mundo. Era un tipo viejo, por supuesto, y estaba tan eufórico que parecía uno de esos telepredicadores que salen en las cadenas americanas del satélite. Soltó un discurso que yo no entendí y, después, ayudado por la que parecía su esposa, empezó a repartir a cada uno de los comensales un platito que tenía dibujado un escudo. Cuando me dieron mi platito (sí, yo también era considerado parte de la “comunidad”), pude ver que en el escudo había un gallo y que, debajo de él, aparecía en letra gótica la palabra “Ripoll”, que es mi segundo apellido. Apareció una banda de músicos, la gente se puso a bailar Los pajaritos y yo me encerré en el lavabo.

Ya en el coche, de vuelta a casa, me atreví a preguntarle a mi abuela qué significaba el escudo del gallo. Me dijo que representaba el apellido de la familia y se calló. Me extrañó que existieran escudos para representar cosas tan estúpidas como un apellido. Normalmente los escudos representan naciones, ejércitos, bandas callejeras, cosas que molan. Ya entonces fui incapaz de comprender por qué un apellido tan tonto como Ripoll merecía poseer un escudo propio. Pasaron los minutos y yo seguía intrigado con todo aquello, de modo que volví a preguntar: “¿entonces, todos los de la comida eran de la familia?”. Mi abuela se giró y respondió negativamente a la pregunta, sorprendida de que, por un momento, hubiera podido pensar algo así. Se hizo de nuevo el silencio. Pasaron los minutos, las horas, y mi abuelo, cansado de ver a través del retrovisor que yo no paraba de observar el dichoso escudo del gallo, se dignó a revelarme la verdad de todo aquello: “todos los de la comida nos apellidamos Ripoll, es lo que hemos venido a celebrar”.

Lo único que tenían en común aquellos viejos era, pues, el apellido. No se habían visto en la vida, no compartían nada excepto las arrugas y la palabra Ripoll inscrita en el DNI, pero habían contactado entre ellos -vayan a saber cómo, aún no existía Internet- y habían decidido organizar inexplicablemente una comida multitudinaria. Me pareció misterioso entonces y me lo sigue pareciendo. ¿También se reúne la gente que compra los zapatos de la misma marca? ¿Organizan las vacaciones juntos los que compran la verdura en la misma parada del mercado? ¿Existe un escudo que represente a los que pronuncian mal las eses? Aparecerá en él una serpiente, supongo. En fin, son preguntas en las que pensé entonces, enigmas de estos que nunca reciben una respuesta satisfactoria. Por eso yo no preguntaba nunca. Dejaba que las cosas siguieran su curso. A veces iban bien y a veces iban mal. Y eso es todo lo que recuerdo de mi infancia.