3/01/2008

La Tere de plasma

En mi barrio hay un establecimiento que me tiene fascinado. Es enorme, sombrío y está orgullosamente anclado en los años setenta. Se llama Suministros, sin más. Un nombre genérico y valiente, que se permite el lujo de no especificar lo que la tienda ofrece, como estos anuncios tan modernos y atrevidos que publicitan objetos sin mostrarlos. La verdad es que Suministros, aunque vende cosas –y muchas, de hecho- lo que ofrece principalmente son sensaciones. Y dichas sensaciones son las que hacen que en mi barrio haya gente que ame a esa tienda con toda su alma y otra que no se atreva ni a acercarse a ella. La entrada es por sí misma un implacable filtro. Coronada por un aparato de refrigeración General Electric viejo y destartalado que despide un inconfundible olor a legionella pneumophilla –aderezado, eso sí, con toques de varón dandy, ambientador para coche, sudor rancio y plástico de baratillo-, la puerta de la tienda Suministros contiene una sentencia que bien podría haber escrito Jacques Derrida en sus mejores momentos: “si no encuentra aquí lo que busca, es que en realidad no lo está buscando”.

El negocio lo regenta doña Teresa Castro, una gallega con más años que dientes y más lista que el hambre. No me van a creer aunque sea yo quien se lo diga, pero corre el rumor de que expertos universitarios han visitado a esa señora para estudiar sus dotes de vendedora infalible desde el punto de vista de la psicología experimental. El hecho de que siga en activo vendiendo lo que vende demuestra que doña Tere es un verdadero depredador, un monstruo del marketing rural -el término existe, se lo juro, y sirve en parte para describir las técnicas de seducción de los ancianos experimentados, tanto a nivel comercial como afectivo-. “Es como esas llagas que te salen en la boca y que, por mucho que te duelan, no puedes dejar de morderte porque es un dolor un poquito agradable. Poco, pero suficientemente agradable”. Esta reflexión me la servía el otro día un vecino y cliente habitual del establecimiento. Un “suministro”, porque así es como nos llaman a los que estamos enganchados. No me avergüenza reconocer que también yo soy adicto a Suministros. Les parecerá increíble, pero aún teniendo dos carreras universitarias salí de allí hace dos días con una especie de orinal con ruedas. No sé para qué sirve, de hecho creo que voy a tirarlo, pero aún tengo grabada en mi mente la mirada penetrante de doña Tere acompañando y reforzando su discurso embaucador. “Es plástico resilente”, recuerdo que decía, “y esto quiere decir que recupera su forma original aunque reciba un fuerte impacto, ya sabes, como las naves espaciales; es como tener un trozo de nave espacial en casa hecho de material con memoria, lo que ahora llaman inteligencia artificial, como esos trajes de buzo…” ¿Trajes de buzo? ¿A qué demonios se refería? Creo que ni siquiera ella sabía lo que estaba diciendo, pero les juro que deseé aquel objeto inútil con una intensidad que rozaba la histeria. Sentí un afán de posesión impropio de mí. Y les prometo que voy a volver, porque sólo con pensarlo siento ganas de entrar y perderme en los largos y lúgubres pasillos de la Suministros.

Hace un año y medio doña Tere compró un cargamento entero de televisores de plasma. Técnicamente eran de cristal líquido, de marca impronunciable y el eslogan con el que pretendían venderlas era alguna tontería en inglés escrita con faltas de ortografía. “For a best vieu” creo ponía en las cajas, o algo parecido. Un horror, en definitiva. Y doña Tere tardó poco más de dos semanas en deshacerse de ellas. No diré que se las quitaban de las manos porque valían cuatrocientos euros, pero conozco a tres personas que entraron en Suministros para comprar tonterías como un bolígrafo Bic o un paquete de chicles y salieron también con una tele de plasma y una familia incrédula e indignada a partes iguales. De ahí que doña Tere sea conocida también como La Tere de plasma.

Cuando cuento esto a mis amigos lo normal es que pregunten dónde está exactamente esta tienda. Y yo, como todos los de mi especie, me niego a facilitarles la información. No haré una excepción en este caso, y el motivo es doble: por un lado, sé que el efecto que provoca Suministros en el consumidor es nocivo y poco recomendable, y por otro me molesta que haya nuevos “suministros” como yo capaces de arrebatarme la licuadora que he visto en el escaparate esta mañana. Está inspirada en los diseños de la Bauhaus y tiene garantía de dos años. Comprenderán que no es cuestión de irlo difundiendo. Además, doña Tere nunca reserva nada: “lo siento mucho, caballero, pero el primero que lo compra es el que más lo deseaba”. La odio cuando dice eso, pero por mucho que lo niegue sé que siempre la querré como a una madre.