4/22/2008

Los nuevos planetas de siempre

De vez en cuando, alguien descubre un planeta. Y también de vez en cuando, los periódicos se hacen eco de la noticia con solemnidad y hablan de un “paso científico histórico”. Si se sospecha que el nuevo planeta alberga agua, o se comprueba que es similar a la Tierra, enseguida se afirma que “cumpliría todos los requisitos para albergar vida”, o sea, que puede que haya alguien ahí –ladillas, acelgas, gatos persas, no está claro aún, se dice-. Y al cabo de un tiempo, puede incluso que sea al cabo de dos horas, el descubrimiento queda enterrado en las hemerotecas y cae preso del olvido. Los hallazgos planetarios son, en definitiva, como las canciones del verano. Pero los planetas ni se pueden bailar ni tienen nombres sugerentes: GL581C, 2m1207B, 2003BB12… ¿Qué apodos son esos? ¿Es que organizan el Espacio como si fuera una biblioteca municipal?
Dicho todo lo anterior, comprenderán ustedes que no me sorprenda en absoluto la noticia que publica hoy La Vanguardia:
“Astrónomos norteamericanos descubren un planeta en el que sólo hay berberechos.”

¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Saltar de alegría? ¿Felicitar a los descubridores? ¿Qué tendrán esos berberechos que no tengan los nuestros? La comunidad científica internacional se ha centrado ahora en responder preguntas de gran calado filosófico: “¿Nuestros berberechos vinieron de allí o consiguieron emigrar a 150 años luz de la Tierra mientras nosotros nos limitábamos a enviar perros y monos a la Luna?” “¿Se organizan por castas o siguen una especie de dictadura del proletariado?” “Y, a todo esto, ¿qué dieta siguen?” Es de hipócritas preocuparse tanto por los berberechos ajenos cuando a los nuestros no les hemos prestado la más mínima atención. Además, en pocas horas ya nadie se acordará de ellos, a nadie le preocupará lo que comen, lo que sienten o lo que piensen porque se habrá descubierto un nuevo planeta, otro más, que será sustituido a su vez por otro, y otro, y otro más, siguiendo una progresión estúpida hacia el infinito que, dicho sea de paso, es tan monótono, vacío y absurdo como el propio Universo.