Nuestros queridos lectores: don Airos

Don Airos sólo compra productos de más de treinta euros si los anuncian mujeres guapas. Cuando habla con desconocidos se acaricia la nariz con la mano derecha y repite con frecuencia “efectivamente” durante las conversaciones. Es incapaz de enfadarse con las teleoperadoras y participó en una subasta pública. Tuvo un amigo que ahora es ingeniero. Él no es ingeniero. Una vez se probó unos pantalones anchos que le hacían sentir guapo pero le avergonzaban. Se ríe de los chistes sobre filipinos y le asustan las noticias de la ETA. En su última pesadilla le hacían ministro pero no se desenvolvía bien en las reuniones de trabajo. Oía al ministro de industria decirle a Zapatero que con fichajes así no podía afrontarse una crisis ni nada, “pero es que ni una crisis ni nada en absoluto”, añadía el ministro de industria. Pero él no había pedido aquel puesto, argumentaba para sus adentros mientras despertaba. En una ocasión ayudó a su madre a abrillantar una mesa de caoba con un producto de droguería y durante los días posteriores creyó falsamente que se había intoxicado. Don Airos recorre los museos como se recorren los pasillos de un supermercado. Pero los recorre. Cuando le ofrecen una copa acostumbra a declinar la oferta cortésmente. Si insisten, aduce que su historial familiar está lleno de adictos a sustancias de todo tipo. Su hermano murió porque era adicto a la adrenalina, añade. Airos no tiene coche porque no tiene carné. No sabe lo que es un adverbio y le dan miedo los perros. Don Airos no soporta los manjares gratinados.



































































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