Nuestros queridos lectores: el Dr. Zito

El Dr. Zito padeció de los 3 a los 12 años de edad un rarísimo síndrome que, en palabras de su pediatra, le impedía “distinguir una potencia de un acto”. Aunque dicho impedimento podría parecer únicamente relevante en el restringido y accesorio ámbito de la Filosofía, el médico recomendó a sus progenitores que lo mantuvieran encerrado en casa por prudencia. Su abuela Gertrudis Zito se encargó del niño hasta que ya no era ni tan siquiera un niño; sus padres apenas residían en el hogar familiar porque se dedicaban a la diplomacia textil -oficio que a día de hoy realizan de forma exclusiva las máquinas-. Como suele acontecer en casos como el suyo, el Dr. Zito construyó un mundo interior complejo e inaccesible. Inventó un idioma propio –entretenimiento bastante común entre los niños y que se concreta, generalmente, en la sustitución de las letras del alfabeto corriente por cenefas o dibujos esquemáticos- añadiéndole registros, dialectos y escribiendo el Primer diccionario Gorgolón-Castellano / Castellano-Gorgolón. Como peculiaridad, cabe destacar que en la lengua del Dr. Zito los artículos se sustituyen por manchas y no tienen sentido los superlativos porque, tal y como él mismo se encargó de advertir en el prólogo de su diccionario, “todo está de por sí convenientemente amplificado, doblando como medida compensatoria el alcance de los diminutivos”. El Dr. Zito era tan alto que añadía alzas a sus peluches. Su principal defecto era y sigue siendo la incapacidad para escuchar, debida más que probablemente al exceso de ruido que acompañó a su infancia: el Dr. Zito vivía al lado de un centro de refecación -un tratamiento químico del cemento muy ruidoso que a día de hoy se realiza sólo en Marruecos-. Su abuela, además, era conocida en el barrio como “La decibelios”, por motivos que no cabe explicitar porque todas las abuelas suelen hablar demasiado alto, a no ser que sean del tipo pasivo-agresivo –y la suya, además, era de pueblo-. El Dr. Zito se mostraba, pues, incapaz de distinguir los ruidos relevantes de los que no lo eran –defecto que quizá potenció su extraño síndrome, aunque esto es sólo una hipótesis- y, consciente de ello, decidió registrar con una grabadora todo lo que oía en casa con la esperanza de que en un futuro, habiendo asimilado el difícil arte del discernimiento sonoro, pudiera volver sobre todo lo vivido para desentrañar el sentido de las cosas. Su empeño y su constancia le han proporcionado a lo largo de su vida la colección de sonidos mundanos más completa que existe -disponible en el Emule-, que él mismo ha remasterizado recientemente añadiéndole comentarios en gorgolón. El Dr. Zito se hace llamar doctor porque a los cinco años quiso estudiar medicina. A los trece entendió que era necesario algo más que eso para recibir el título, pero el amor propio y la fuerza de la costumbre hicieron que permaneciera dicha denominación.



































































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