9/15/2008

Pues menuda broma

Hace años escribí un relato que acabó engullendo la papelera de reciclaje de la vergüenza porque era demasiado extraño y tonto, incluso para mí. Narraba la historia de un niño que, al nacer, en vez de llorar como hacen todos exclamaba repetidamente: “¡Reconsidérenlo! ¡Reconsidérenlo!”. El caso atraía la atención de la comunidad científica internacional (pasé por una etapa en la que todos mis relatos incluían a la comunidad científica internacional de un modo u otro). Los progenitores, perplejos, negaban haber pronunciado la palabra “reconsidérenlo” más de lo habitual durante la gestación del feto. La madre, de hecho, afirmaba que no la había pronunciado en absoluto, “y mucho menos tratando a la gente de usted: soy ama de casa y no agente de seguros”. Pero el caso es que la criatura no lloraba, sólo repetía incansable “reconsidérenlo” cuando tenía hambre, frío o sueño. Por lo demás, todo normal.

La comunidad científica internacional [fragmento].

“¿Qué probabilidades hay de que un bebé pronuncie en sus lloros algo que se parezca, aunque sea remotamente, a “reconsidérenlo” en el idioma de su propia comunidad? Siete sobre diez millones, y un poco menos en Asia“, afirmaba un experto bajo el calor de los flashes y con el niño en brazos. La criatura, famosa ya en todo el mundo, fue creciendo y acabó convertida en un usuario competente del lenguaje. “Reconsidérenlo” pasó a formar parte de los cientos de palabras que componían su léxico habitual, y lo cierto es que evitaba pronunciarla aunque muchos, con ganas de reírse, se lo pedían con insistencia. Entonces el estúpido relato presentaba un salto temporal de unos veinte años y nos encontrábamos al protagonista rodeado de botellas de alcohol barato, convertido en un don nadie y revisando amargamente las fotografías del célebre bebé “de la reconsideración” que había sido. Y se ahorcaba en una sombría tarde de diciembre y sus ancianos progenitores, conscientes de la vida infeliz que su hijo había soportado, lloraban su muerte y se lamentaban seriamente por no haberlo reconsiderado todo en su momento. Y así terminaba el cuento porque, como diría Serrat, “no en sabíem més, teníem quinze anys”.
Si he creído oportuno exponer ahora esta vergüenza mía, que había olvidado por completo, es porque justamente me vino ayer a la cabeza al enterarme de que Foster Wallace ha muerto ahorcado, precisamente, dejando huérfanos a todos los que empalmábamos –metafóricamente hablando- con su genial literatura. Él también debería haberlo reconsiderado, creo que en eso estamos todos de acuerdo.