11/12/2008

Cosas que brillan

En 1996, una cadena local de Nevada llamada WTR decidió sustituir la clásica carta de ajuste por fotografías de sus telespectadores. Cada día, cuando finalizaba la programación, se exhibía el retrato congelado de un señor o una señora que había cedido su imagen para tal efecto junto a un reloj sobreimpresionado en pantalla. El ahora reputado periodista Weiner Grimt, presentador de That’s your turn en la ABC, trabajaba por aquel entonces en la WTR en calidad de becario y se encargaba precisamente de seleccionar la ingente cantidad de fotografías que llegaban al canal local. “Nadie pensó que aquella iniciativa llegaría a tener tanto éxito, al fin y al cabo las fotos sólo se emitían a horas intempestivas”, apunta Grimt en “Fábrica de egos”. El periodista llegó a recibir ciento cincuenta fotos al día, una cantidad considerable teniendo en cuenta que la cobertura del canal era limitada y que entonces el uso del correo electrónico para enviar archivos a golpe de click no estaba tan generalizado. “Recibimos culos, muchos culos, y también fotos de ex novias en situaciones comprometedoras”, afirma Grimt en una entrevista para el Boston Globe. “Pero lo que más me impresionó fue la fotografía de un cagarro del tamaño de un gato y con pinta de pesar lo mismo que un señor de mediana edad. A veces pienso en este cagarro, me viene a la memoria de forma fortuita como si se tratara del estribillo de una canción de la adolescencia. Por supuesto, todo esto no lo emitíamos, pero hoy en día se emiten cosas peores.”
Sin duda, aquella carta de ajuste alternativa era una muestra clarísima del potencial que tenían los programas destinados a la exhibición de personas supuestamente normales y corrientes. Pero también constituía una advertencia sobre los riesgos que entraña la difusión incontrolada de la propia intimidad: el 23 de septiembre de 1998, una avería en la sala de continuidad de la cadena obligó a suspender la programación repentina e indefinidamente. En su lugar, el protocolo exigía la emisión de la carta de ajuste y, por una simple cuestión de coherencia, se tomó la decisión de mostrar el retrato del telespectador que se había emitido la noche anterior. El afortunado fue Richard Lamberto, contable en una empresa fabricante de gomas para automóviles cuya hija mayor había decidido enviar una fotografía suya a la WTR a modo de obsequio. “La pobre niña envió la foto de su papá como quien juega a la lotería. Y le tocó. Pero le tocó el premio gordo, realmente, y acabó viendo cómo el regalito se convertía en una verdadera putada para su padre”, asegura Grimt. La WTR exhibió la fotografía de Lamberto a pantalla completa durante 23 horas, 25 minutos y 32 segundos, hasta que la avería en continuidad pudo ser reparada. “Warhol dijo que todos tenemos derecho a 15 minutos de fama. Richard Lamberto tuvo derecho a convertirse en la noticia del día, el problema es que nunca lo pidió.”

Lamberto se convirtió, efectivamente, en un mito. Sobre todo en Carson City, ciudad en la que residía. Así describió él mismo su odisea en una visita al programa That’s your turn: “Recuerdo que llegué al trabajo y, lo típico, la gente me dijo que me había visto en la carta de ajuste. Y a media mañana, cuando la anécdota ya no era el tema de conversación, un amigo me llamó y me comentó que me estaba viendo. Yo le contesté que sí, que gracias, no le di importancia al tiempo verbal. Pero él insistió en que me estaba viendo en aquel preciso instante. Y bueno, el resto de la historia ya lo saben. Me fui a casa y había como cien personas esperándome.” De Richard Lamberto se hicieron pegatinas, camisetas e incluso gorras, todas ellas sin su consentimiento expreso. Se convirtió en un icono popular. De hecho, un miembro del equipo de rodaje de El sexto sentido, amigo personal suyo, consiguió convencerle para que apareciera en la película como figurante con frase. Pero siempre que Lamberto hablaba de su fama repentina lo hacía con hastío, consciente de que en el fondo la gente se reía de él. “Puede que a un actor le compense la fama porque, al fin y al cabo, sabe que la gente le admira o le odia por lo que hace. A mí la gente me admira porque tengo esa cara y ese bigote y porque ambos salieron por la tele durante horas. Un besugo en una pescadería no tiene la más mínima trascendencia. Pero exhibe ese mismo besugo en el Rockefeller Center y verás cómo se convierte en una especie de Winston Churchill del star system acuático.” Esa ingeniosa a la par que amarga reflexión de Lamberto acabó inspirando “Cosas que brillan”, un ensayo magistral sobre la potencia discursiva del fuera de contexto escrito por Marcel Lonegan, profesor de la Universidad de Stanford y artífice de otros artículos brutalmente inspirados como “Naked and Faked” o “Beaches, Bitches and other essays for Alice”. El ensayo define la carta de ajuste de la WTR como un “protoreality” y compara el “caso Lamberto” con ciertas parodias difundidas en internet en las que personajes anónimos dan la vuelta al mundo, en ocasiones muy a su pesar.

“Lo bueno -y también lo malo- de Richard Lamberto es que es un tipo muy inteligente. Es capaz de analizar su propio caso desde la distancia y por lo tanto se da cuenta de que todo es completamente absurdo, completamente vacío. De ahí esa pose tan trágica. Y de ahí también que la entrevista que le hice en That’s your turn sea la mejor que he hecho nunca.” Esas declaraciones de Weiner Grimt están declinadas en presente pero, lamentablemente, Richard Lamberto ya es cosa del pasado. Ha muerto esta mañana a causa de un infarto de miocardio. Probablemente su mito se revalorizará ahora y su club de fans en Facebook le dedicará un sentido homenaje. Pero, en el fondo, como él mismo decía, la gente estará homenajeando a una cara y a un bigote que aún hoy siguen pareciendo divertidos porque salieron en la tele cuando no tocaba. El verdadero Richard Lamberto, contable de mirada lúcidamente triste, ha encontrado al fin un rincón para la intimidad acompañado, eso sí, de un centenar de anónimos cadáveres.