11/09/2008

El oficinista sin nombre

Soy cliente habitual de una coctelería a la que acudo, sin falta, todos los lunes. No es corriente que alguien de mi edad acuda a una coctelería, sin falta, todos los lunes. “¿Coctelería?”, exclamó una amiga cuando se lo comenté. “Hacía siglos que no oía esa palabra, es como ‘burgomaestre’ o ‘candelabro’, antes de pronunciarlas tienes que soplarlas para que se les vaya el polvo”. Tiene razón, es un tanto decadente y rara esta costumbre mía. Me hace pensar en los personajes grises de los cuentos de Freiber, que un día deciden vivir en los márgenes y hacer cosas que no se espera que hagan; que se apartan de sí mismos, en definitiva. El caso más extremo es el del protagonista de “El oficinista sin nombre” –lo he releído tantas veces que el proceso de sostener el libro ante mis ojos deviene ya un mero formalismo, pues podría recitarlo de memoria-. Un día como cualquier otro, el oficinista sin nombre decide colgar un espejo en su casa haciendo uso de un taladro. Su torpeza es tal que acaba abriendo un boquete de magnitud considerable. Tan considerable que el oficinista se da cuenta de que entre la pared de su guarida y la del vecino existe un pequeño espacio por el que pasan cables y que contiene pedazos de una suerte de espuma que amortigua, presumiblemente, el ruido. Y preso de la curiosidad, el hombre gris decide hacer más grande el agujero y se introduce en este estrecho mundo que separa unas cotidianidades de otras para que no interfieran entre sí.

Aprende a moverse con soltura como un ratón resbaladizo entre las tuberías, y apartando los cables va alejándose y alejándose del agujero que ha horadado en el pladur para iniciar una polvorienta travesía en la penumbra –una penumbra relativa, apunta Freiber, pues por sólidos que parezcan los tabiques no es raro que se cuelen pequeños pero intensos chorros de luz por el techo o a través de algunos agujeros por los que penetran clavos-. Y totalmente absorto al escuchar las voces, gritos y murmullos ahogados por el yeso en este espacio limítrofe y completamente íntimo, nuestro mediocre oficinista recorre kilómetros y kilómetros sin darse cuenta de lo mucho que se está apartando de sí mismo hasta que olvida de dónde venía y se convierte definitivamente en un parásito, en un habitante solitario de la frontera que separa unas paredes de otras y que no había sido dispuesta para él. “Esto es, al fin y al cabo, un parásito: alguien que se define por estar siempre en lugares que pertenecen a otros”, afirma Freiber, y con toda la razón. Sus propios cuentos son, de hecho, parasitarios: aseguran que cuando empezó en esto de la literatura –antes de convertirse en un autor fagocitado por la industria editorial- escribía sus cuentos en el reverso de las facturas que le llegaban por correo y los vendía a los amigos por el precio que indicaban las mismas.

El caso es que siempre que entro en mi coctelería de cabecera, es decir, todos los lunes, pienso en mí también como en un parásito freiberiano, como alguien que no debería estar allí en ese momento. Y miro siempre a mi alrededor para ver si encuentro otros parásitos como yo. Normalmente no es así, porque siempre hay dos o tres parejas ya maduras (a veces, como supondrán, sólo uno de los dos es ya maduro) que cuadran perfectamente con el ambiente al igual que la moqueta de color verde oscuro o los sofás de skay. Pero hace un mes, justo cuando salía por la puerta del establecimiento, me crucé con un joven que se disponía a entrar. ¡Un joven como yo en la coctelería! Pensé que podía tratarse de un aspirante a barman que quería entregar su curriculum (una excusa como cualquier otra para no sentirme amenazado en mi condición de genuino parásito). Sin embargo, volví a coincidir con él el lunes siguiente, y esta vez le vi en la barra tomando un gintonic –y encima de Hendrick’s, que es mi marca-. Sentí que había llegado el momento de buscar otra coctelería porque aquello había perdido la gracia. Y mientras pensaba en ello, al joven aspirante a parásito habitual no se le ocurrió otra cosa que sacarse del bolsillo una esponja de baño. Arrancó de ella un trozo, como si en vez de una esponja se tratara de un bizcocho (de hecho tuve que fijarme bien para asegurarme de que no era, efectivamente, un bizcocho). Sumergió el trozo en el gintonic, se lo metió en la boca, lo saboreó con deleite y se lo tragó. La cara de Jesús, el barman, destiló una potente mezcla de hilaridad y terror. Y yo, como es fácil suponer, compartí con él la sensación de completo alucine. Pero el chico, ajeno a las miradas circundantes, siguió con lo suyo: con parsimonia, fue arrancando trozos de la esponja de baño, los fue mojando en el vaso y así acabaron extinguiéndose tanto el líquido como la propia esponja. Dedicó después unos minutos a dar cuenta del platito de almendras que acompañaba la bebida, pagó la cuenta y se fue.

Después de aquella escena -que ha quedado grabada a fuego en mi memoria- no hemos vuelto a coincidir, y el barman asegura que el chaval no ha regresado ni regresará. Él cree que se trataba de una apuesta o algo similar. Yo digo que ese joven apareció aquel día en la coctelería para que, al lado de su excentricidad, mi escapadas semanales al mundo de los adultos con hijos y amantes de mi misma edad parecieran rutinas propias de un ser tan mediocre y previsible como un oficinista gris. Como un oficinista sin nombre.