9/15/2008

No hubo dolor en el abrazo del cactus

“La poesía es un arma cargada de futuro”, Gabriel Celaya.
Laurent Blain escribe como si se estuviera desangrando. Estampa en cada página, con trazos frenéticos, lo que vomita su cerebro como si no hubiera un mañana, como si la tinta que da forma a sus tramas delirantes fuera a evaporarse, a reducir todo su esfuerzo a la nada. Esclavo de una prisa autoimpuesta y visceral, contagia su enfermiza inestabilidad al lector y por eso confieso que soy uno de los que ha desertado por culpa de la fatiga y del asco. No puedo con él, me entusiasma pero me turba porque es producto exclusivo para mentes temerarias, vidas oscuras y amantes del abismo. Además, se da el caso de que Blain no distingue la ficción de lo que no lo es, y por lo tanto considera que su literatura es una prolongación de su vida y viceversa. Sus obras, digámoslo claramente, están colonizadas por hijos de puta y la existencia del autor probablemente también. Por lo tanto, hay que estar muy reforzado emocionalmente para dejarse impregnar de este ambiente antipático y mezquino, para asumir que uno está consumiendo deliciosos pero indigeribles manjares previamente cocinados por un sádico implacable. Un sádico que existe de verdad.


La fotografía más conocida y misteriosa de Laurent Blain, en la que posa junto a dos ancianas ebrias y anónimas.

Se dice que las atrocidades que cuenta las ha vivido realmente, aunque yo no concibo tal cosa. No, al menos, radicalmente. Pero algo de verdad hay en ello si tenemos en cuenta algunos hechos. En 1990, por ejemplo, su hijo de cuatro años tuvo que ser hospitalizado de urgencia con severas quemaduras, atribuidas inicialmente a un accidente doméstico del que la prensa no dio demasiados detalles. La obra que Blain publicó medio año después, “El hombre a medio hacer” (Áurea, 1991), es una novela futurista ambientada en un contexto en el que los niños maduran física y mentalmente calentándose cinco minutos en el microondas e hinchándose como un soufflé de chocolate. Un mundo dominado por la inmediatez y en el que los procesos, por complejos que sean, no se prolongan más que unos pocos segundos:

“Ni viajes ni esperas ni proyectos ni largos desarrollos, tampoco distancias ni perspectivas ni momentos para el tedio. Ni especies en peligro (extinguidas) ni moribundos (ya muertos) ni negociaciones (contratos) y mucho menos esposas con largos embarazos (hijos casi adultos casi viejos y casi cadáveres con vidas efímeras de larva de mariposa). Lo que se podría barajar se ha decidido, lo que habría que explicar ya se ha entendido y lo que podía pasar ya ha sucedido. Y cuando empieza a dolerte la barriga en el metro es porque ya hace rato que te has cagado encima, grandísimo y caduco hijo de puta”.

Cuando este libro salió a la luz, a nadie se le ocurrió relacionar el incidente de las quemaduras con los bebés madurados en el microondas. Sin embargo, un año más tarde la madre del autor aparecía en su domicilio muerta por deshidratación y con el cuerpo extrañamente lleno de pinchazos. Siete meses después, Blain presentaba “No hubo dolor en el abrazo del cactus”, una cruel fábula protagonizada por un prisionero cuya fortaleza inhumana le permite soportar cualquier tortura, incluso la de ser abandonado en pleno desierto. Fueron muchos los que vieron entonces el paralelismo entre la vida y la ficción de Laurent Blain. Y fue en aquel momento, además, cuando el autor decidió que no hablaría más de su obra en las entrevistas, que se centraría sólo en el tenis. Lo cual, dicho sea de paso, ha dado lugar a asombrosos documentos periodísticos:

- En el último set acusó el cansancio. Pero no el cansancio físico, sino sobre todo el emocional. Y el tenis es deporte a sangre fría.

- Y tenacidad, como la que muestra el doctor Flensh en Devuelto al remitente, su último relato publicado en...

- … habiendo remontado un seis a uno, objetivamente podía haber superado ese último juego.

- Sin embargo, en el fondo no hay objetividad en sus universos literarios, todo son conjeturas y probabilidades, no se pisa suelo firme.

- La tierra batida tuvo algo que ver con el desarrollo del partido, eso no lo niego. Por supuesto que hay cosas que influyen, y él es claramente un jugador de hierba. Pero cuando estás en la élite ni siquiera esas cosas deberían detener tu avance.

- Hablando de avances, ¿podría adelantarnos el tema de su próxima novela?

- Hay que centrarse en las jugadas sin mirar el marcador. Sólo hay que mirar a la pelota, lo demás está de más.

Eastern Review,
núm. 38, 1998; 38: 7-10.

Quizá sabiendo que la gente aguardaba al próximo incidente para prever los contenidos de sus futuros libros, Blain decidió de repente invertir el proceso. En 2006 publicó “La lentitud del frío” y dos días después de que la obra saliera de la imprenta un abogado residente en Long Island, vecino del escritor, descubría en el congelador de su casa un paquete lleno de tortugas petrificadas por el hielo. En la novela no hay tortugas -el argumento sitúa al mundo en una especie de jet lag a gran escala que hace que Europa esté dos años adelantada en el tiempo respecto a los Estados Unidos- pero el título sin duda refleja con cinismo el suceso posterior.
Hasta el momento, nadie ha podido acusar de nada a Laurent Blain. Está cubierto, tiene todas las coartadas posibles y, de no ser por lo que escribe, parecería que no ha roto un plato en su vida. Sólo en una ocasión estuvo a punto de tener problemas con la justicia: quemó el coche de su mujer rociándolo con un líquido altamente inflamable y las cámaras de vigilancia le delataron. Su mujer no le denunció y él justificó su comportamiento diciendo que se trataba de una simple licencia literaria. “Son cosas que tiene el hecho de vivir como se escribe, o de escribir como se vive”. Dos meses y medio más tarde, el autor publicaba en internet un relato breve en el que unos incendios espontáneos sembraban el terror en Texas. Y hablando de internet, hace unos meses que circula por ahí una breve lista que recoge, según dicen, los títulos de las seis próximas publicaciones de Laurent Blain. Nadie se la tomó en serio hasta que el propio autor, pillado en un renuncio mientras comentaba el Roland Garros, dijo que tenía pensado dedicarse a la poesía y que su próximo libro sería una colección de letras de himnos para ficticios equipos locales de rugby. Puede que el escritor conociera esa lista previamente y se esté quedando con todos nosotros, pero yo les facilito los títulos para que intenten prever las inminentes atrocidades que este sujeto debe de estar ya maquinando. Por suerte o por desgracia, el tiempo nos dirá quién ha acertado esta quiniela del horror. Yo, por lo que pueda ser, prefiero mantenerme al margen.

Cánticos y campeonatos.

Infancia y asfixia en Portlligat.

Nadar en alquitrán.

Visceralia.

Cristal en la mirada.

La Segunda Guerra Mundial y otras insignificantes anécdotas comparadas con ESTO.

Pues menuda broma

Hace años escribí un relato que acabó engullendo la papelera de reciclaje de la vergüenza porque era demasiado extraño y tonto, incluso para mí. Narraba la historia de un niño que, al nacer, en vez de llorar como hacen todos exclamaba repetidamente: “¡Reconsidérenlo! ¡Reconsidérenlo!”. El caso atraía la atención de la comunidad científica internacional (pasé por una etapa en la que todos mis relatos incluían a la comunidad científica internacional de un modo u otro). Los progenitores, perplejos, negaban haber pronunciado la palabra “reconsidérenlo” más de lo habitual durante la gestación del feto. La madre, de hecho, afirmaba que no la había pronunciado en absoluto, “y mucho menos tratando a la gente de usted: soy ama de casa y no agente de seguros”. Pero el caso es que la criatura no lloraba, sólo repetía incansable “reconsidérenlo” cuando tenía hambre, frío o sueño. Por lo demás, todo normal.

La comunidad científica internacional [fragmento].

“¿Qué probabilidades hay de que un bebé pronuncie en sus lloros algo que se parezca, aunque sea remotamente, a “reconsidérenlo” en el idioma de su propia comunidad? Siete sobre diez millones, y un poco menos en Asia“, afirmaba un experto bajo el calor de los flashes y con el niño en brazos. La criatura, famosa ya en todo el mundo, fue creciendo y acabó convertida en un usuario competente del lenguaje. “Reconsidérenlo” pasó a formar parte de los cientos de palabras que componían su léxico habitual, y lo cierto es que evitaba pronunciarla aunque muchos, con ganas de reírse, se lo pedían con insistencia. Entonces el estúpido relato presentaba un salto temporal de unos veinte años y nos encontrábamos al protagonista rodeado de botellas de alcohol barato, convertido en un don nadie y revisando amargamente las fotografías del célebre bebé “de la reconsideración” que había sido. Y se ahorcaba en una sombría tarde de diciembre y sus ancianos progenitores, conscientes de la vida infeliz que su hijo había soportado, lloraban su muerte y se lamentaban seriamente por no haberlo reconsiderado todo en su momento. Y así terminaba el cuento porque, como diría Serrat, “no en sabíem més, teníem quinze anys”.
Si he creído oportuno exponer ahora esta vergüenza mía, que había olvidado por completo, es porque justamente me vino ayer a la cabeza al enterarme de que Foster Wallace ha muerto ahorcado, precisamente, dejando huérfanos a todos los que empalmábamos –metafóricamente hablando- con su genial literatura. Él también debería haberlo reconsiderado, creo que en eso estamos todos de acuerdo.

9/08/2008

Nuestros queridos lectores: el Dr. Zito

El Dr. Zito padeció de los 3 a los 12 años de edad un rarísimo síndrome que, en palabras de su pediatra, le impedía “distinguir una potencia de un acto”. Aunque dicho impedimento podría parecer únicamente relevante en el restringido y accesorio ámbito de la Filosofía, el médico recomendó a sus progenitores que lo mantuvieran encerrado en casa por prudencia. Su abuela Gertrudis Zito se encargó del niño hasta que ya no era ni tan siquiera un niño; sus padres apenas residían en el hogar familiar porque se dedicaban a la diplomacia textil -oficio que a día de hoy realizan de forma exclusiva las máquinas-. Como suele acontecer en casos como el suyo, el Dr. Zito construyó un mundo interior complejo e inaccesible. Inventó un idioma propio –entretenimiento bastante común entre los niños y que se concreta, generalmente, en la sustitución de las letras del alfabeto corriente por cenefas o dibujos esquemáticos- añadiéndole registros, dialectos y escribiendo el Primer diccionario Gorgolón-Castellano / Castellano-Gorgolón. Como peculiaridad, cabe destacar que en la lengua del Dr. Zito los artículos se sustituyen por manchas y no tienen sentido los superlativos porque, tal y como él mismo se encargó de advertir en el prólogo de su diccionario, “todo está de por sí convenientemente amplificado, doblando como medida compensatoria el alcance de los diminutivos”. El Dr. Zito era tan alto que añadía alzas a sus peluches. Su principal defecto era y sigue siendo la incapacidad para escuchar, debida más que probablemente al exceso de ruido que acompañó a su infancia: el Dr. Zito vivía al lado de un centro de refecación -un tratamiento químico del cemento muy ruidoso que a día de hoy se realiza sólo en Marruecos-. Su abuela, además, era conocida en el barrio como “La decibelios”, por motivos que no cabe explicitar porque todas las abuelas suelen hablar demasiado alto, a no ser que sean del tipo pasivo-agresivo –y la suya, además, era de pueblo-. El Dr. Zito se mostraba, pues, incapaz de distinguir los ruidos relevantes de los que no lo eran –defecto que quizá potenció su extraño síndrome, aunque esto es sólo una hipótesis- y, consciente de ello, decidió registrar con una grabadora todo lo que oía en casa con la esperanza de que en un futuro, habiendo asimilado el difícil arte del discernimiento sonoro, pudiera volver sobre todo lo vivido para desentrañar el sentido de las cosas. Su empeño y su constancia le han proporcionado a lo largo de su vida la colección de sonidos mundanos más completa que existe -disponible en el Emule-, que él mismo ha remasterizado recientemente añadiéndole comentarios en gorgolón. El Dr. Zito se hace llamar doctor porque a los cinco años quiso estudiar medicina. A los trece entendió que era necesario algo más que eso para recibir el título, pero el amor propio y la fuerza de la costumbre hicieron que permaneciera dicha denominación.