1/08/2009

Lo moderno

Yo no soy precisamente un experto en cosas modernas, pero tengo un iPod y algo que se llama “replicador de puertos” que se ve que va muy bien cuando tienes pocos puertos y quieres vivir como si tuvieras más. También uso a menudo expresiones como “bajarse del Emule”, “darle a Aceptar” o “transversalidad en el arte”. Sin ser, pues, un especialista en lo último, sí me considero un ser de mi tiempo porque me adapto más o menos al entorno. Pero aún sabiéndolo, en ocasiones siento cierta envidia cuando me comparo con personas más modernas que yo. Personas que tienen blogs en inglés, que toman sorbete de gintonic y que leen Feeds –cuando yo he sido incapaz de encontrar reseñas de esta novela, porque ignoro incluso cuáles son las revistas culturales de referencia-.

El elefante de marfil sobre fondo blanco es signo de modernidad.

Estas navidades he vuelto a Barcelona y la he encontrado más moderna que nunca, más moderna que yo mismo. Incluso para desplazarme de un sitio a otro he tenido que aprender, por exagerado que les suene esto. Hace ya unos años, cuando aún vivía allí, las autoridades introdujeron un nuevo sistema de transporte llamado tranvía, que es como un metro pero que se desplaza por el exterior, una especie de sublimación del autobús. El conductor está separado de los viajeros por una puerta de cristal, y un señor y una señora van anunciando las paradas al alimón (¡Un sistema paritario!). El señor siempre dice “Pròxima estació…”, como haciéndose el interesante, y cuando ya estás a punto de gritar “¡Cuál es! ¡Cuál es la pròxima estació, please!” interviene la señora que, reconfortante y rompiendo abruptamente el suspense generado, dice algo así como “¡Pius XII!” o “¡L’Illa!”, que es un centro comercial también futurista del que quizá les hablo en un futuro, valga la redundancia. Ah, y otro detalle que me dejó con la boca abierta: en las paradas se oye la radio, sin que haya ningún aparato receptor visible, ni siquiera una antena. Salen voces de no se sabe dónde, y además gratis. Yo creía que todo esto del tranvía era el colmo, porque no lo había visto en ningún sitio. No imaginé que se pudiera superar aquello. Pero la semana pasada fue pisar la Diagonal y descubrir otra innovación asombrosa. Se llama Bicing y es un sistema complejísimo por el cual los barceloneses de pro se desplazan sin contaminar, subidos a un dispositivo de dos ruedas al que cariñosamente llaman “bici”, aunque técnicamente se denomina “bicicleta” según la Wikipedia. Recogen el artefacto en una suerte de dispensador y con él llegan a su destino, donde se supone que hay otro receptáculo donde dejar el aparato. Podemos decir que con ello se ha creado el concepto de “transporte self-service”, algo que sin duda favorecerá la independencia y la liberación del individuo, como en su día hizo la comida rápida. Algunos atrevidos dicen incluso que el servicio va a perfeccionarse ofreciendo cuatro ruedas o versiones de dos ruedas pero propulsadas por caballos, ya que al parecer la “bici” no es práctica en subida al carecer de motor por cuestiones de sostenibilidad. Esa opción mejorada –creo que se llama “movilidad por carruaje”- ya no necesitaría el esfuerzo físico del pasajero y tendría, por lo tanto, todas las ventajas de lo moderno: respeto por el medio ambiente (por lo de los caballos), usabilidad y “plug and play”.

Esta señora, moderna, combina dos elementos "plug and play": la bici y el coño, un aparato ya bastante manido.

Y siguiendo con el tema de la movilidad (algo que nunca me interesó pero que Barcelona me ha obligado a tener en suma consideración), he descubierto también el concepto de “zona verde”, que los paletos como yo asociamos a la palabra “parque” pero que los modernos vinculan al término “parquímetro”, que como ven es mucho más complejo y tiene relación incluso con la matemática y la física (por lo de medir). Pagando una cantidad de dinero irrisoria (a veces incluso bastan unas monedas) el parquímetro te indica con total exactitud (¡Y usando reloj digital!) el tiempo que tu coche ha permanecido aparcado en la calle. No conozco a nadie que lo haya probado, pero imagino que en breve lo usarán también para el Bicing o el tranvía, así podrás saber cuánto tiempo has estado usando el transporte y batir tus propias marcas. La verdad es que todos esos inventos son sólo una muestra de lo que he visto, y la falta de espacio me impide reseñarlo todo. No puedo hablarles de las librerías con cafetería (en serio, venden libros pero también son como bares), de unos árboles de navidad que funcionan con energía solar (como los de siempre, pero se ve que con un sistema más ecológico que la anticuada fotosíntesis), de los músicos del metro equipados con Minidisc y amplificadores (¡Brutal!) o de los llamados Mossos, los nuevos policías que multan preservando las lenguas minoritarias. En todo caso, lo que me interesaría que asimilaran es que lo que les he descrito no son prototipos, son cosas que los barceloneses usan a diario, con toda la naturalidad del mundo. ¡Si hasta las Campanadas de Fin de Año las da un edificio novísimo de Jean Nouvel!

Como comprenderán, yo sigo afectado por el síndrome de Stendhal de lo moderno, al que quizá habría que llamar Síndrome de Coldplay. Mucho me temo que si tardo dos años más en pisar la Ciudad Condal aquello será ya otro mundo para mí, con aparatos imposibles, jerga de última generación y servicios tan sostenibles que, paradójicamente, harán que me caiga de culo de pura admiración. Si los premios Nobel tuvieran una categoría para alcaldes, Jordi Hereu sería un digno aspirante. De hecho, ahora mismo me haré fan suyo en el Facebook, si es que consigo saber cómo funciona.